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USHEBTIS: TRABAJADORES PARA LA ETERNIDAD
Nacho Ares
Publicado en el número 268 de Revista de Arqueología, agosto 2003
El
Museo del Louvre de París acogió en 2003 la exposición
"Chauabtis. Des travailleurs pharaoniques pour l’éternité",
la primera dedicada exclusivamente a estas singulares figurillas funerarias
que reciben el nombre de shauabtis, shabtis o ushebtis, dependiendo del
período histórico al que pertenezcan. No es una cuestión
de capricho del egiptólogo sino que fueron los propios egipcios los
que cambiaron la denominación de estas figuras a lo largo de su historia.
En este trabajo nos referiremos a estas estatuas funerarias como ushebtis,
siguiendo así la terminología adoptada en el título
de la exposición por el comisario de la misma Jean-Luc Bovot, uno
de los máximos expertos en esta materia y actual director del proyecto
BIS (Base Internacional de ushebtis), un ambicioso proyecto que pretende
recoger en una base de datos todas las figurillas guardadas tanto en museos
como en colecciones privadas del mundo.
El significado de la palabra ushebti es en esencia desconocido. Al parecer
las dos primeras denominaciones están, ushebtis y shabtis, ligadas
a la palabra egipcia “madera”, mientras que la última
y más conocida de todas, ushebti, podría significar el “respondedor”,
un sentido más ligado a la funcionalidad de esta estatuilla funeraria.
En esencia los ushebtis son unas figuras normalmente momiformes fabricadas
en fayenza, cerámica, piedra o madera, entre otros materiales, que
representaban a los sirvientes de la persona enterrada. Con ello se pretendía
que el difunto no realizara ningún tipo de trabajo pesado cuando
fuera admitido en los cultivos de Osiris y que fuera este sirviente el que
realizara por él los trabajos manuales.
Al igual que sucedía con los escarabajos, en el antiguo Egipto los
ushebtis se fabricaron por millones a partir del Imperio Medio (2033-1710
a. de C.), que es el momento en que aparecen estos sirvientes. Gracias a
ellos, el difunto tenía cubiertas todas las necesidades en el reino
de Osiris.
Trabajadores faraónicos
El Museo del Louvre cuenta con una de las mejores colecciones de ushebtis.
Son más de 4.200 las piezas con que cuenta el museo parisino de las
que apenas una pequeña parte está en la exposición
permanente. En “Trabajadores faraónicos para la eternidad”
solamente se han expuesto unos 800, entre los que hay que sumar también
los provenientes de colecciones ajenas al Louvre como el Museo Británico
de Londres, el Egipcio de Turín y el de Arqueología del Mediterráneo
de Marsella.
La exposición se desarrolló en cuatro salas del ala Richelieu
del Museo del Louvre en donde se presentaban catorce vitrinas con los objetos.
Un espacio relativamente pequeño para estas figuras, algunas de ellas,
de tamaño realmente diminuto.
La Sala 1 de la exposición recogía la evocación de
un enterramiento egipcio al mismo tiempo que servía de excusa para
presentarnos algunas de las líneas base de las creencias egipcias
en el Más Allá. Según estas ideas generalizadas en
el Egipto faraónico, el difunto debía de enterrarse rodeado
de un mínimo de objetos destinados a ser empleados en su tránsito
y vida eterna. Entre ellos hay que destacar el ataúd o el sarcófago.
Su tipología variaba según el período y la región
en donde fueran fabricados. No tenían que faltar los llamados vasos
canopos, cuatro recipientes en donde se depositaban las vísceras
obtenidas de la momificación del difunto. Igualmente importante era
el reposacabezas, un extraño artilugio curvado empleado por los habitantes
del Valle del Nilo para descansar la cabeza. A toda esta parafernalia hay
que añadir los papiros funerarios, especialmente el llamado Libro
de los Muertos o Libro para salir al día, en el que se describen
los pasos que debía de seguir el difunto para alcanzar con éxito
su meta en el Más Allá.
Finalmente, en la tumba de cualquier persona que se preciara no tenían
que faltar los ushebtis. Éstos solían colocarse en diferentes
lugares de la tumba. Bien dentro del ataúd, a su lado, en el mismo
suelo de la tumba o incluso en una caja especialmente hecha para ellos (sobre
todo en el Imperio Nuevo, 1550-1069 a. de C.). En esta primera sala de la
exposición podemos disfrutar de varios ejemplos magníficos
de cajas de ushebtis, como la de Uabet, en cuyo lateral vemos a esta cantora
de Amón adorando a Osiris. No lejos de ella tenemos otra caja de
ushebtis, la de Tchauenhuy, Superior de los Escribas del dominio de Amón,
sobre cuya pared vemos la representación del pasaje CXXV del Libro
de los Muertos y el pesaje del alma, gracias al cual el difunto conseguía
una especie de título o apelativo denominado Justo de Voz, que aparece
sobre casi todos los ushebtis. Ambos ejemplos reconstruyen en madera el
aspecto de las capillas que los antiguos egipcios identificaban con el Bajo
Egipto: una caja con tapa abombada, cuyos lados sobresalían en altura
a esta tapa.
Con todos estos ingredientes el difunto podía hacer frente a ese
viaje tan especial que le estaba esperando. Estos dispositivos formaban
un conjunto gracias al cual los diferentes elementos que comprendían
la esencia del ser del muerto, el espíritu Ka, el alma Ba y la iluminación
del Akh, cobraban vida gracias a su presencia y a la magia.
Tipologías
de los ushebtis
Contándose por millones los ejemplos que han llegado hasta nosotros
de estas esculturas funerarias, no es de extrañar que su tipología
sea, del mismo modo, desorbitadamente amplia. Dentro de cada período
de la historia de Egipto podemos encontrar ushebtis más o menos
afines a una serie de divisas concretas, detalles que permiten a los investigadores
facilitar la cronología de estas piezas cuando la inscripción
jeroglífica que los acompaña no resulta útil en este
sentido.
A estas características está dedicada al completo la Sala
2 de la exposición. Los ushebtis reales, por ejemplo, se distinguen
por una serie de detalles inconfundibles como son el uraeus, o cobra real,
sobre la frente, el que lleve una o las dos coronas típicas de Egipto,
la del Alto y la del Bajo Egipto, la peluca, el tocado de la cabeza, la
barba postiza, etcétera; además, lógicamente, del propio
texto que puede acompañar al shauabti. En este sentido, las vitrinas
4, 5, 6 y 7 de la exposición ofrecían un barrido amplísimo
de las diferentes tipologías de ushebtis.
Quizás uno de los detalles más característicos son
las vestiduras. Normalmente las figuras funerarias presentan el aspecto
de una momia, la del dios Osiris identificada en cada caso con el difunto.
No obstante, a partir del Imperio Nuevo y en especial tras el reinado de
Amenofis III, es más común que estas estatuillas luzcan vestidos
de la vida cotidiana. Así, los trajes plisados con el faldellín
trapezoidal en el frente son muy comunes en ushebtis de finales de la XVIII
y comienzos de la XIX dinastía (1550-1069 a. de C.). Esta costumbre
irá desapareciendo poco a poco en la Época Baja (664-323 a.
de C.) cuando las figuras funerarias vuelven a tener el aspecto momiforme
de siempre.
Para la elaboración de estas piezas se utilizaron casi todos los
materiales conocidos en la época y dentro de cada material, todos
los tipos posibles. De la madera, por ejemplo, conocemos servidores funerarios
de tamarindo, acacia, sicómoro o ébano. Lo mismo sucedía
con la piedra. Hasta nosotros han llegado modelos en piedras duras como
el granito, la grauvaca, dioritas u otras más fáciles de trabajar
como la calcita o la caliza.
El empleo de la piedra desaparece en la dinastía XXV (780 a 715-656
a. de C.) dando paso de forma espectacular a la fayenza. La ventaja de este
material cerámico es su amplísima variedad de color. Esencialmente,
la fayenza es una pasta de arena, agua y sales de cobre que, una vez horneada,
adquiere, gracias a esas sales, un color entre azul y verde dependiendo
de la cantidad de cobre que se haya empleado en la mezcla. Por ejemplo,
es muy conocido el llamado “azul egipcio”, un color característico
en los ushebtis del Tercer Período Intermedio (dinastía XXI,
1069-945 a. de C.).
Las
herramientas del trabajador
La vitrina 8 de la Sala 3 de la exposición “Trabajadores faraónicos
para la eternidad” del Museo del Louvre contenía un despliegue
amplio de las diferentes herramientas que solía portar el shauabti
para desarrollar los trabajos agrícolas en el Más Allá
en lugar de su señor. Al contrario de los ejemplos reales, en los
que la figura solamente lleva en cada mano los cetros de poder, el resto
de ushebtis solía portar azadones para el cultivo de la tierra.
Junto a esta herramienta algunos ejemplos estaban acompañados de
una pequeña bolsa para las semillas, grabada sobre la espalda de
la estatuilla funeraria.
La evolución y expansión de las tipologías generó
la aparición en el Tercer Período Intermedio del reis o contramaestre,
literalmente, el jefe de un grupo de ushebtis. Éstos se encargaban
de controlar el trabajo de diez de sus compañeros, caracterizándose
por llevar en su mano no un azadón sino un látigo como símbolo
de jerarquía sobre el resto del personal.
Algunas figuras no reales portaban en las manos símbolos mágicos
como el pilar djed de Osiris o el nudo tyet de la diosa Isis, elementos
protectores de extraña interpretación, muy comunes en la tipología
de amuletos en todos los períodos de la historia de Egipto.
A modo de curiosidad, en esta misma Sala 3 podemos encontrar algunas de
las falsificaciones más curiosas realizadas de estas figuras funerarias.
La egiptomanía hizo eclosionar hace un par de siglos su colección
debido a la enorme cantidad de ejemplos de que se disponía en el
mercado de antigüedades. No obstante, esa misma eclosión favoreció
la aparición de falsificaciones que, como menciona el comisario de
la exposición, Jean-Luc Bovot, generó una industria de la
falsificación que no ha conocido freno, por lo que no es extraño
encontrarse con algunos ejemplos en museos y anticuarios, ejemplos que todavía
hoy siguen pasando por buenos a los ojos del especialista menos avezado
en estas esculturas funerarias.
Un ejército para la eternidad
La última sala de la exposición, la número 4, hace
un recorrido por el mundo de los ushebtis privados. A lo largo de los diferentes
períodos de la historia de Egipto podemos encontrarnos con ejemplos
realmente curiosos como los que se conservan en el propio Museo del Louvre,
unos insólitos ushebtis con cabeza de buey Apis procedentes del
Serapeum de Sakkara, fechados todos ellos en el Imperio Nuevo.
Sin embargo, una de las grandes atracciones de esta exposición, por
su singularidad y espectacularidad, es el ejército de ushebtis reconstruido
en la vitrina 10 de esta última sala. Tal motivo, que sirvió
de póster para la propia exposición y que hemos empleado de
apertura en la doble página inicial de este artículo, está
compuesto por 438 figuras funerarias de entre 10 y 18 centímetros
de altura, procedentes de dos tumbas de Baja Época, las de Neferibreemheb
y Horemakhbit.
Contamos con un par de documentos del Tercer Período Intermedio en
donde se hace referencia al número exacto de ushebtis que debían
de ser depositados junto al difunto en la tumba. En las tablillas de madera
McDullum y Rogers, también expuestas en esta exhibición, podemos
leer que los “esclavos” eran agrupados en cofradías lideradas
por contramaestres que bajo el título de “Grande de Diez”
estaban encargados de liderar a un grupo, precisamente, de diez ushebtis.
Como había uno por cada día del año egipcio, 360, había
pues 36 de estos contramaestres. Si a éstos les sumamos los cinco
correspondientes a los cinco días epagomenales que conformaban la
totalidad del año de 365 días de los egipcios, obtenemos la
siguiente suma: 360 + 36 + 5 = 401 ushebtis.
En muy pocas ocasiones la arqueología ha conseguido confirmar en
alguna tumba este número estandarizado de estatuillas funerarias.
Cuando el inglés Howard Carter descubrió la tumba de Tutankhamón
en 1922 en el Valle de los Reyes de Tebas, se topó con un ejército
de 471 estatuillas funerarias de este tipo. Todas ellas estaban en el interior
de varias cajas depositadas en diferentes salas de la tumba. Pero los casos
más espectaculares son, por ejemplo, los de algunos faraones kushitas
de la dinastía XXV como Sheskemanesken quien depositó en su
pirámide nubia 1.277 de unos ushebtis enormes de piedra de más
de 20 centímetros de altura.
A los ushebtis que aparecían en las propias tumbas de los interesados
hay que añadir depósitos votivos de estas figuras dejados,
por ejemplo, en Sakkara junto al Serapeum, como los conocidos de época
ramésida de Khamwaset, uno de los hijos principales de Ramsés
II de la dinastía XIX (1295-1186 a. de C.), de quien conservamos
unos cincuenta, y Pazair, del mismo período, de quien se cuentan
unas pocas decenas.
Los últimos ejemplos de ushebtis los encontramos en el siglo I de
nuestra era, momento en el que, debido al cambio generalizado de las ideas
funerarias en el país, su utilización ya no tenía una
justificación clara.
Textos para el Más Allá
Los ushebtis, en ocasiones, iban cubiertos con textos religiosos, fórmulas
mágicas que propiciaban el uso del difunto de estos siervos en el
Más Allá. La más común de todas estas fórmulas
es la que aparece en el pasaje número VI del conocido Libro de los
Muertos. En ella podemos leer: “¡Oh, shauabti a mí designado!
Si soy llamado o soy destinado a hacer cualquier trabajo que ha de ser hecho
en el reino de los muertos, si ciertamente además se te ponen obstáculos
como a un hombre en sus obligaciones, debes destacarte a ti mismo por mí
en cada ocasión de arar los campos, de irrigar las orillas, o de
transportar arena del este al oeste: ‘Aquí estoy’, habrás
de decir”.
Esta fórmula
mágica deriva a su vez del pasaje 472 de los Textos de los Sarcófagos,
un poco anteriores en el tiempo a la aparición del Libro de los Muertos
en el Imperio Nuevo.
Además de estos textos funerarios, los ushebtis también solían
llevar el nombre del difunto, vinculado casi siempre con el dios Osiris.
De esta forma, en muchos de ellos podemos leer la inscripción estandarizada
Sejd Wsir N, es decir, “que brille (o resplandezca) el Osiris N (el
nombre del difunto)” a lo que solía seguir bien el pasaje número
seis del Libro de los Muertos descrito más arriba o la filiación
del difunto aportando los nombres del padre o de la madre.
Los textos se colocaban a lo largo de las piernas de la figura en una o
varias columnas. También es muy común encontrar el texto en
líneas horizontales paralelas sobre el cuerpo del shauabti e incluso
en el pilar dorsal sobre el que reposaba la figura. Tampoco es extraño
encontrar, aunque son los casos menores, ushebtis totalmente anónimos
sobre los que no se dejó ninguna inscripción alusiva a la
identidad del difunto.
Ushebtis: reminiscencias de antiguos sacrificios
Los antiguos egipcios desarrollaron prácticas de autosacrificio en
los albores de su época histórica.
A unos 120 kilómetros al norte de Luxor se encuentra la región
de Abydos. Allí, el arqueólogo E. Amileneau entre 1896 y 1902
excavó varias tumbas de la I dinastía (3100 a. de C.). Especial
interés tenían 36 tumbas anexas a la tumba del faraón
Horus Aha, en donde reposaban los restos de todos sus sirvientes. Los estudios
realizados por el francés no dejaron dudas acerca de aquel macabro
descubrimiento. Habían sido sacrificados para acompañar a
su señor en el Más Allá. Las estelas que acompañaban
a las tumbas ofrecieron información sobre los desdichados sirvientes
que allí reposaban. Había muchos enanos —de especial
consideración por los antiguos egipcios para el servicio doméstico—,
mujeres, e incluso algunos perros.
El sucesor de Horus Aha, el faraón Djer (3050 a. de C.) continuó
con la misma tradición. Alrededor de su tumba de Abydos había
338 enterramientos subsidiarios con los cuerpos de otros tantos servidores
sacrificados. La mayoría de ellos eran mujeres y junto a sus cuerpos
se descubrieron estelas con los nombres grabados.
Esta práctica, que seguirá dando coletazos hasta finales de
la I dinastía (2900 a. de C.), podría encauzar con otra tradición
mucho más antigua descubierta por Flinders Petrie en la región
de Hieracómpolis, a 65 kilómetros al sur de Luxor. El arqueólogo
británico descubrió sobre el nivel que se correspondía
con el 3500 a. de C. (Naqada II), varias necrópolis de notables.
En una de ellas, el llamado “cementerio T”, Petrie dio con pruebas
de que en esos sepulcros se habían dado ritos de canibalismo y desmembración
de cuerpos.
No son pocas las tradiciones que perduraron a lo largo de la historia faraónica,
las que recuerdan de alguna manera las antiguas usanzas de los sacrificios
humanos. Precisamente, la presencia de los ushebtis puede estar relacionada
con un sentido más humano de estas estatuas funerarias. Es muy probable
que estos ushebtis sustituyeran a los sacrificios humanos estudiados en
las primitivas tumbas de Abydos.
© Nacho Ares 2004