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La escritura en el antiguo Egipto: "Palabras del dios"
Nacho Ares
Publicado en la revista Enigmas en el año 2001.
El
carácter sagrado y mágico de los ideogramas egipcios es una
particularidad que no ha repetido ningún otro pueblo de la Antigüedad.
Los egipcios los llamaban Medu Necher, que viene a querer decir “Palabras
(venidas) del Dios”; una prueba clara del origen cósmico de
su escritura.
Cuentan los textos más antiguos del Egipto faraónico que esta
civilización fue fundada por una serie de dioses que descendieron
del cielo en la mítica tierra del Punt. Cada uno traía consigo
un presente para los habitantes del Valle del Nilo. Osiris trajo la agricultura
y la civilización. Por su parte, la diosa Isis aportó el increíble
poder de la magia. Ptah regaló la palabra creadora. Pero de entre
lo regalos más preciados había uno que tenía la virtud
de aglutinar a todos los demás: la escritura. Ésta vino de
la mano del dios Thot, divinidad representada por los antiguos egipcios
con cuerpo humano y cabeza de ibis, el ave de pico curvo que solía
abundar en los marjales del sur del país.
Esta cosmogonía, escrita sobre milenarios papiros y archivada en
las bibliotecas sagradas de los templos de Egipto, fuera de las miradas
indiscretas de los no iniciados, confería una carácter especialmente
sagrado a la escritura. Curiosamente, este rasgo fue parcialmente entendido
miles de años después por los griegos, quienes denominaron
a la escritura que empleaban los egipcios con el término “jeroglífica”.
Medu Necher: “Palabras del Dios”
Las palabras “hierós” y “glifos” hacían
alusión, de una manera muy literal, al sentido sagrado que se suponía
en la escritura de los egipcios y a una forma muy determinada
de realizarla: se pensaba erróneamente que estos signos sólo
eran utilizados para escribir sobre superficies duras, es decir piedra y
madera. Fue Clemente de Alejandría (150-215 d. C.) quien en sus Stromatai
mencionó este término por primera vez (Clem. Al. Strom. 5,
4, 20, 3.). Esta obra tiene de característico la inclusión
de un pasaje en el que encontramos la primera clasificación textual
de los diferentes tipos de escritura jeroglífica. El alejandrino
distingue tres modelos: en primer lugar la escritura epistolográfica
empleada para las cartas; un segundo estilo llamado hierático, que
él identifica con las letras sagradas de los sacerdotes, y finalmente
un modelo jeroglífico, que se sirve de algunos fundamentos de sus
antecesoras.
Bien es cierto que el inefable viajero e historiador de Halicarnaso, Heródoto,
en el siglo V antes de Cristo ya propuso una primera clasificación
(Hdt. 2, 36). No obstante, hay que admitir que la agrupación de Clemente
de Alejandría es más aproximada a la realidad que la de su
antecesor Heródoto, quien únicamente habla de dos tipos diferentes
de letra.
Nace una civilización
El comienzo de la escritura jeroglífica hunde sus raíces tras
el denso velo que cubre de misterios el origen de esta civilización.
A pesar de que hace apenas un par de años un grupo de egiptólogos
descubrió en la región de Abydos lo que a todas luces parecían
ser las primeras trazas de escritura, no solamente descubierta en Egipto
sino en todo el planeta, todavía no sabemos cómo surgió,
prácticamente de la noche a la mañana, una escritura tan complicada
y a la vez tan desarrollada. A raíz de los últimos hallazgos
arqueológicos, los investigadores sospechan que los primeros destellos
de la presencia de la escritura se debían a breves transacciones
comerciales por las cuales algunos productos eran etiquetados de una forma
muy simple con unos pocos signos empleados como referencia, ya a finales
del Cuarto Milenio antes de nuestra Era.
Sin embargo,
y he ahí el misterio, todavía nadie ha podido explicar cómo
pudieron los antiguos egipcios en muy pocas generaciones elaborar un complicadísimo
y completísimo sistema de escritura; sistema que, por cierto, salvo
mínimas modificaciones se mantuvo vigente durante casi 4.000 años.
Poco tiempo después de los hallazgos descubiertos en Abydos nos encontramos
en el recinto del faraón Zoser (2.600 a.C.) en la región de
Sakkara, al sur de El Cairo, testimonios escritos que evidencian un amplio
desarrollo en lo que a las cuestiones gramaticales se refiere. ¿Cómo
pudieron desarrollar un sistema de escritura tan preciso en tan poco tiempo?
Seguramente, algo tuvo que ver en todo este embrollo la figura de un genio.
Me estoy refiriendo al sabio Imhotep. Visir, arquitecto, médico,
astrónomo y un largo etcétera de títulos a cargo del
faraón Zoser, hicieron de este personaje de cuna humilde uno de los
pocos mortales egipcios que con el paso de los siglos fue divinizado. La
tradición le supone el arquitecto y diseñador de la primera
pirámide egipcia: la pirámide escalonada de Sakkara en la
cual se hizo enterrar su Señor, Zoser. Además, los escribas,
antes de comenzar a redactar cualquier documento, realizaban una libación
en honor de este misterioso personaje cuya tumba, todavía ignorada,
es la meta de muchos egiptólogos. Quizás en su interior podamos
encontrar las claves que nos ayuden a resolver el misterio de la escritura
jeroglífica.
Una tradición egipcia relacionada con Imhotep cuenta de qué
manera este sabio extraordinario recibió un día del cielo
un libro mágico. Imhotep entre otros cargos desempeñaba el
de “Portador de lo que el cielo trae”. ¿Incluían
las claves de la escritura ese misterioso libro que el sabio egipcio recibió
de las propias manos de los dioses celestes? ¿Se encontrará
en su tumba, cuando ésta aparezca, una copia de este enigmático
libro sagrado de los dioses?
Poco después del reinado de Zoser, no tardarían en aparecer
sobre las paredes de algunas pirámides los conocidos Textos de las
Pirámides; recopilación de fórmulas mágicas
que precedieron en el tiempo a lo que a la postre sería el popular
Libro de los Muertos, el cual acompañaba a todas las momias en su
viaje por el Inframundo hasta alcanzar el reino de Osiris en el Más
Allá.
Como ya hemos anunciado, el mismo sistema ideográfico, sin apenas
modificaciones, se mantuvo vigente en el valle del Nilo hasta finales del
siglo IV d. C. Sobre los muros del templo de Isis en la isla de Filae se
registró la última inscripción jeroglífica conocida.
Corría el año 394. Poco antes, el emperador Justiniano había
mandado cerrar los pocos templos “paganos” que quedaban en Egipto.
Con este decreto no solamente se daba cerrojazo a una cultura que durante
cuatro milenios había brillado con todo su esplendor en el Próximo
Oriente, sino con las claves de una escritura que no se recuperarían
hasta bien entrado el siglo XIX (ver La Historia Bastarda en este mismo
número de Enigmas).
Magia de las palabras...
Otra de las cosmogonías más importantes de Egipto era la que
relacionaba al dios de Menfis, Ptah, con el momento de la creación.
La labor de este extraño dios momiforme de color azul, también
tenía su conexión con todo lo relacionado con el mundo de
la escritura y en especial la palabra. Se decía que Ptah había
creado el mundo
con el simple hecho de pronunciar el nombre sagrado de las cosas. Una idea
prácticamente idéntica a la sentencia “y el Verbo se
hizo Carne” de nuestra tradición judeocristiana. Y es que,
para los antiguos egipcios el concepto de creación de una cosa a
través de mencionar la palabra identificada con esa cosa iba más
allá, consiguiéndose el mismo efecto mágico al escribir
el nombre de esa cosa. De esta manera, hay que tener en cuenta que igual
que se crea pronunciando y escribiendo, el poder de la magia también
podía tornarse negativo y destruir empleando los mismo sistemas.
Por ejemplo, entre los relieves del segundo nivel del templo de la reina
Hatshepsut en Deir el Bahari (Luxor), hay unas extrañas raspaduras
que cubren las imágenes de esta reina y los textos que la acompañan.
No es otra cosa que la damnatio memoriae de los egipcios. Esta expresión
de origen latino que por extensión se ha utilizado para culturas
anteriores a la romana, viene a significar algo así como “condena
de la memoria”, es decir, la supresión total del recuerdo que
tiene la comunidad de una persona en concreto, en este caso la reina Hatshepsut.
Por esta sentencia, eran borrados de los monumentos públicos y religiosos,
los nombres de aquellas personas que por ciertas razones resultaran non
gratas para el Estado. De esta manera, se les hacía desaparecer de
la memoria pública, creyendo así que también su espíritu,
por ese factor mágico que entrañaba la escritura jeroglífica
y las representaciones artísticas, también desaparecería
para la eternidad; en definitiva, el mayor castigo que se podía infringir
a una persona: el olvido eterno.
Los casos más conocidos de damnatio memoriae en el antiguo Egipto
son los de la mencionada reina Hatshepsut, el del faraón hereje Amenofis
IV, Akhenatón, y de su posible hijo, el famoso Tutankhamón.
Los nombres de estos reyes fueron borrados incluso de las listas reales
más importantes de la época y olvidados para siempre por los
propios egipcios.
...magia de los símbolos
Es sabido que en el antiguo Egipto prácticamente nadie sabía
leer y escribir. Este detalle hacía que los iniciados en este insólito
arte ideográfico fueran personas que contaban con un poder extraordinario,
no solamente por lo que implicaba desde el punto de vista del conocimiento,
sino también, por toda su relación con el mundo de la magia.
Este aspecto mágico de los jeroglíficos ha hecho posible que
contemos con verdaderas anécdotas relacionadas con sus ideogramas.
Por ejemplo, no es extraño encontrarse con la representación
del ideograma el sonido “f”, una víbora cornuda del desierto,
con la cabeza separada del cuerpo. La razón es muy sencilla. No se
trata de un error del escriba o del artista que ha grabado sobre la pared
de la tumba ese signo, sino que se separaba la cabeza por miedo a que, una
vez cerrado el sepulcro, el venenoso reptil cobrara vida y pudiera atacar
al difunto allí enterrado. De igual manera, los artistas egipcios
realizaban juegos de imágenes muy espectaculares con la combinación
de varios elementos jeroglíficos. Con ello conseguían “juegos
de palabras o ideogramas” al confeccionar la escultura de un faraón,
por ejemplo, a partir de los elementos ideográficos que componían
su nombre. El ejemplo más conocido es el de la estatua de granito
de Ramsés II niño, en la que los tres elementos que aparecen
representados (el halcón solar Ra, el niño y la palma que
porta éste en su mano izquierda) forman los sonidos empleados para
decir el nombre “Rameses”, es decir Ramsés.
Sabemos que en la Antigüedad la escritura era enseñada a muy
pocas personas en las llamadas Casas de la Vida, una especie de edificios
anexos a los grandes templos que representaban una institución en
sí misma, dedicada a la enseñanza del jeroglífico.
En estos lugares, como si fueran una especie de universidades modernas,
se aprendía el oficio de escriba encaminado principalmente a la administración
pública. Este oficio fue el más codiciado dentro de la actividad
laboral egipcia. Prueba de ello es la célebre Sátira de los
oficios donde se elogia esta profesión en detrimento de las desventajas
de los trabajos manuales que suponían otros trabajos como el de agricultor,
pescador, herrero, etcétera.
El concepto de vincular la escritura con un elemento casi mágico
ha sido una rasgo que jamás fue olvidado por los egipcios, ni siquiera
después de que se perdiera en el siglo IV la noción total
de la escritura. Cuando el descifrador de los jeroglíficos, el francés
Jean François Champollion, llegó a Egipto con su expedición
franco-toscana en 1828, los habitantes del Egipto de la época le
recibieron y salían a su paso como si se tratara de un auténtico
dios. No en vano, aquel joven francés de apenas treinta y ocho años
era capaz de leer las “palabras del dios” escritas sobre las
paredes hasta entonces mudas de los templos, algo que lo colocaba en un
estatus especial por encima del resto de los mortales.
Textos pendientes de interpretación
A pesar de todo, los estudios filológicos relacionados con la escritura
jeroglífica todavía presentan algunos problemas. La no existencia
de lo que hoy llamaríamos en la Antigüedad de una “gramática”,
sino que la escritura jeroglífica se basaba en una serie de normas
e infinidad de excepciones, lleva a que algunos textos, si bien los menos,
sean traducidos pero no comprendidos. Más complicado se hace el trabajo
cuando descubrimos que hasta el reinado de Akhenatón (1350 a. C.)
la lengua hablada corría por un sendero diferente ala escrita, siendo
a partir de este momento cuando, al igual que sucede con cualquier lengua
moderna, lo mismo que se dice es lo que se escribe.
La
literatura más antigua del mundo
Los más antiguos textos de Egipto y también de la Humanidad
son los llamados Textos de las Pirámides. Descubiertos en 1881 en
varias pirámides de la región de Sakkara consisten en una
sucesión de encantamientos y conjuros mágicos grabados en
las paredes de las cámaras interiores de algunas pirámides
como la de Unas, Teti, Pepi I, Merenre, Pepi II y Aba, así como en
algunas pirámides de las esposas de Pepi II: Neith, Udjebten, Apuit,
y más recientemente en la de Ankhnspepi, esposa de Pepi I y madre
de Pepi II. Gracias a estos textos de carácter mágico e iniciático,
el faraón, una vez muerto, recibía en forma de declaraciones
todas las fórmulas necesarias para encontrarse en el cielo con sus
dioses primigenios convirtiéndose en uno de ellos, es decir, en un
ntr, “necher”. De esta manera, el “necher” retornaba
al mismo lugar que un día abandonó de forma momentánea
para descender a la Tierra y gobernarla, ocupando así el lugar que
sus congéneres le tenían reservado en el firmamento.
© Nacho Ares 2006