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SEXO Y EROTISMO EN EL ANTIGUO EGIPTO
Nacho Ares
Publicado en Misterios de la Arqueología y del pasado, nº7 abr. 1997
La
civilización egipcia, que desde sus comienzos siempre se ha caracterizado
por el exotismo y la exuberancia, no podía dejar de lado un elemento
tan importante como podía ser el sexo. El arte, los textos y la propia
religión, nos advierten de que los antiguos egipcios, lejos de ser
alguna suerte de puritanos o santurrones, daban al sexo la importancia que
se merecía.
Antes de que el mundo existiera, no había nada en el universo. No
existían ni los ríos, ni las montañas, ni los valles.
Todo estaba sumido en la más lúgubre oscuridad. En un momento
incierto, de la nada surgieron las aguas primordiales del Nun, el no-ser.
Entonces todo el universo se cubrió por una gran extensión
de agua: se había dado el primer paso hacia la vida. El dios solar
Atum, se auto creó viniendo a dar luz a un mundo recién nacido
en donde solamente estaban él y las aguas primordiales. En un acto
reflejo, en un deseo de compartir su vida con más personas y dar
pie a una dinastía de dioses, el dios Atum se masturbó dando
vida a los dioses Shu, el aire, y Tefnut, el agua. A su vez, de éstos
nacieron Geb, la tierra, y Nut, el cielo.
Relatado de una forma tan brusca, los sacerdotes del templo solar de Heliópolis,
cerca de El Cairo, han dejado para la posteridad el nacimiento del mundo
y de sus elementos principales. Partiendo de una base tan libidinosa, no
es de extrañar que los antiguos egipcios vieran en el sexo una elemento
de lo más normal en sus vidas cotidianas.
Factores ambientales
En un país en donde el calor es, durante la mayor parte del año,
la nota
predominante
en lo que al clima se refiere, no es de extrañar que los antiguos
egipcios acostumbraran a usar ropas ligeras o muy livianas, si es que no
iban completamente desnudos. De esta manera, los habitantes del valle del
Nilo estaban ciertamente acostumbrados a convivir casi desnudos, tal y como
sucede con muchas tribus africanas en la actualidad.
Era norma común en las aldeanas realizar sus tareas diarias vestidas
únicamente con una falda corta dejando los senos al descubierto.
De igual manera, es muy frecuente encontrar en las tumbas de cualquier época,
representaciones artísticas con escenas de labranza, en donde los
propios campesinos realizan sus faenas cotidianas sin ninguna prenda que
les cubra. En otras ocasiones, las condiciones del trabajo invitaban a una
desnudez que si bien no parece que fuera obligada, resultaba en cualquier
caso mucho más cómoda. Esto ocurre, por ejemplo, en el caso
de los pescadores, quienes al tener que permanecer mucho tiempo dentro de
los ríos o pantanos optaban por trabajar desnudos y evitar así
las molestias que podrían acarrear las ropas mojadas. Con todo, el
calor y la comodidad hacían que los trabajadores egipcios de las
pequeñas aldeas realizaran sus tareas diarias tal y como los dioses
les habían traído al mundo.
Por su parte, si bien no consta que en los estratos más elevados
de la sociedad egipcia tuvieran las mismas costumbres, principalmente porque
no trabajaban y vivían siempre rodeados de servidores que los cubrían
del ardiente sol del desierto, las damas de la alta sociedad sí acostumbraban
a llevar en las fiestas sugerentes vestidos de lino, casi transparentes,
que dejaban adivinar absolutamente todo lo que había debajo de ellos.
Sexo
puro y duro
Si bien es cierto que los documentos "pornográficos" en
el antiguo Egipto son hasta la época ptolemaica muy escasos, los
documentos que nos han dejado en este sentido los antiguos egipcios, son
auténticos Kamasutra de las prácticas diarias del sexo en
la corte del faraón. En estos papiros y ostraca, podemos llegar a
entender de forma más directa la importancia y variedad de esta faceta
humana en el valle del Nilo. Sin punto de comparación con los infantiles
poemas eróticos en donde los novios insinuaban de forma velada una
sexualidad y erotismo muy recatados, tenemos auténticos papiros pornográficos,
que si bien son una excepción, no dejan de ser interesantes.
De entre todos los documentos que tenemos, el más conocido es el
papiro de Turín nº 55001. Perteneciente al reinado de Ramsés
II, no fue publicado hasta el año 1973 por su marcado contenido erótico,
y es que los dibujos allí inscritos no parecieron ser del gusto más
refinado de los primeros egiptólogos, incluyendo al propio Champollion
El papiro hace una breve reseña de las licenciosas costumbres de
las que gustaba un Ramsés ya entrado en años. Se describe
cómo las muchachas recién llegadas a palacio hacían
todo lo posible por hacerse con los favores de su faraón. Así,
se presentaban ante él y tras un estimulante strip-tease se acercaban
a su señor, abriendo los muslos y mostrando todo aquello que el rey
se perdería si las llegara a rechazar. Seguidamente, Ramsés,
harto de tan "insulso" desfile de modelos, organizaba algo mucho
más excitante para su calenturienta cabeza: hacía entrar en
el gran salón del palacio carros repletos de muchachitas en las posturas
más inverosímiles, gritando y jadeando como auténticas
bestias en celo.
Un arte puritano
Sin bien los antiguos egipcios estaban sobrados en intenciones y manifestaciones
de un erotismo patente, eran bastante recatados a la hora de representar
iconográficamente este tipo de escenas si nos alejamos de los papiros
propiamente eróticos. De esta manera, resulta bastante complicado
encontrar desnudos integrales en la iconografía oficial egipcia,
si nos salimos de las escenas tradicionales de bailarinas en las tumbas
tebanas.
Poseemos algunos ejemplos de la concepción y nacimiento divinos de
los faraones egipcios. En ellos se observa cómo el dios desciende
a la tierra para unirse con la madre del rey y engendrar así un nuevo
vástago para la dinastía reinante. Lo curioso de este tipo
de escenas es que los dos protagonistas están vestidos aunque la
postura de sus cuerpos denote claramente qué tipo de acto están
realizando. De igual manera, en la escritura jeroglífica uno de los
determinantes utilizados en el campo semántico que agrupa a todas
las palabras relacionadas con el sexo es el dibujo de una pareja haciendo
el amor... pero vestidos.
La misma perspectiva utilizada por los egipcios en sus representaciones
relivarias y pictóricas -las figuras de perfil- impedía una
perfecta apreciación de los desnudos. No obstante conservamos algunas
excepciones dignas de mención. Por ejemplo, es célebre la
escena de las tres flautistas en la tumba del noble tebano Nakht (ca. 1400
a. C.), especialmente porque una de ellas aparece con el pecho dibujado
en posición frontal. De igual manera, la tumba de Rekhmire en Tebas
posee una pintura que muestra una escena de tocador en donde una de las
sirvientas está en un perfil de tres cuartos, de suerte que enseña
el trasero al espectador.
Por su parte, la escultura en bulto redondo quizás más proclive
a mostrar el cuerpo entero, tampoco se prodigó en este tipo de temas
a excepción de las representaciones itifálicas del dios Min.
No será hasta la época ptolemaica (a partir del 332 a. C.)
cuando aparezca el erotismo o la pornografía de forma abundante en
la escultura grecoegipcia.

Las divinidades del sexo
Desde época prehistórica -IV milenio a. C.-, el Egipto faraónico
ha estado surtido de numerosos amuletos con una función vinculada
a la fertilidad más que manifiesta. Conservamos figurillas de mujeres
desnudas u hombres dotados de un enorme pene interpretados como un llamamiento
claro a la fertilidad. Con el paso de los siglos, si bien este tipo de amuletos
siguió realizándose -conservamos buenos ejemplos en la ciudad
de Deir el Medina de la XVIII dinastía, ca. 1400 a. C.-, se fueron
solidificando las creencias en torno a una serie de divinidades con una
finalidad específica.
La diosa con más tradición en este sentido fue Hathor, identificada
con un sinfín de divinidades femeninas locales lo que provocó
una difusión abrumadora de sus seguidores. Esta diosa era protectora
de las mujeres, protectora de las fiestas, la bebida, el amor y toda clase
de desenfrenos de los que solía participar un egipcio en vida. Los
griegos la identificaron con su Afrodita.
De forma muy similar, el dios Bes, posiblemente de origen extranjero -fenicio
o nubio-, era el patrón de las alcobas conyugales, de los bailes,
las fiestas y protector de las parturientas junto a la divinidad femenina
Tueris. Se le representaba de frente como un enano grueso y barbudo, sacando
la lengua y en ocasiones tocando algún instrumento.
© Nacho Ares 2006