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El sarcófago en el Egipto faraónico
Nacho Ares
Publicado en Revista de Arqueología nº 252 abril 2002
La tipología tanto de los sarcófagos de piedra como de los ataúdes de madera a lo largo de la historia de Egipto sufrió variaciones lógicas. Éstas se debieron no solamente a los esperados cambios estéticos en los diferentes períodos dinásticos sino a las nuevas necesidades que iban surgiendo a medida que los egipcios eran conscientes del entorno físico del Valle del Nilo. Su importancia fue tal que con el paso del tiempo se convirtieron en punto de referencia de otras culturas del Mediterráneo Oriental.
Hace
casi 100.000 años el hombre del Neanderthal ya realizaba los primeros
ritos funerarios haciendo uso de una sencilla ceremonia de inhumación.
Con este simple ritual, el hombre no hacía más que intentar
proteger el cadáver de los peligros exteriores que pudiera suponer
un abandono a la intemperie, a la vez que facilitar el tránsito del
difunto al Más Allá. Así, la primera salvaguardia del
fallecido fue la propia tierra que se arrojaba sobre el cuerpo.
Posteriormente, el lógico desarrollo de esta manifestación
cultural no se hizo esperar por lo que el cuerpo se envolvió en pieles,
plantas o aquellos recursos más fáciles de conseguir, adecuándose
a la economía de la familia del difunto. De esta manera, la protección
era mayor que si se arrojaba el cuerpo desnudo a una fosa.
En Egipto los enterramientos de época predinástica (hacia
el 3100 a. de C.) ofrecen pocas variantes en lo que se refiere a la tipología
de la sepultura. Simplemente, se colocaba al difunto en posición
fetal sobre su lado izquierdo, y se le acompañaba por vasos, tinajas
o toda clase de herramientas que le pudieran ser de alguna utilidad en el
mundo a donde se dirigía.
Es también en este período, hacia el 3000 a. de C., cuando
aparecen los primeros atisbos de un envoltorio artificial para el cadáver
en el antiguo Egipto. Se trataba de cestas de mimbre o cajas muy rústicas
fabricadas con madera, en donde se introducía al difunto de forma
un tanto forzada. Aunque propiamente dichos, desde el punto de vista tipológico,
estos métodos estaban muy lejos de nuestra idea moderna de ataúd,
suponen la base de una tradición religiosa de un auge artístico
sin parangón en esta cultura.
Nuevos materiales y formas
Como en tantos otros elementos de la cultura egipcia, la dependencia del
artista de la cantidad de materia prima existente en el Valle del Nilo,
forzaba, en muchos casos, a la elección de los materiales de trabajo
menos idóneos para un fin determinado. Debido a la escasez de madera,
los primeros ataúdes que encontramos están
realizados
a base de unir diferentes chapas con forma irregular, hasta conseguir los
diferentes tablones que pudieran componer una caja del tamaño de
un hombre. La escasez de este material obligo a que los artistas, a partir
de la III dinastía, utilizaran la piedra para construir sarcófagos,
de suerte que con el tiempo se convirtió en el material más
utilizado y caro. Si a esta necesidad le unimos la creencia egipcia de que
la piedra, por su resistencia, era el material óptimo para conservar
todo aquello que fuera transcendental y que necesitara de una perdurabilidad
garantizada en el Más Allá, no es de extrañar que en
pocos años el material más usado fuera la piedra en cualquiera
de sus variedades, aunque no se abandonara la madera. Los ejemplos más
interesantes de las primeras dinastías los tenemos en los sarcófagos
de las pirámides de Zoser, Keops y Kefrén, Unas, o Merenre.
La evolución de la tipología fue acorde con las creencias
religiosas de la época, llegando a ser el sarcófago un elemento
funerario con significado propio. Así, la estructura interior de
la caja era la representación iconográfica del cosmos tal
y como era entendido por los antiguos egipcios. Por ejemplo, en las tapas
de los sarcófagos de los personajes más notables, se representaba
a la diosa del cielo Nut, reconstruyendo así la cúpula celeste
dentro del propio sarcófago. De igual manera, durante el Imperio
Antiguo y Medio era común decorar el exterior del sarcófago,
imitando un palacio, grabando sobre la piedra una puerta y un gran muro
con entrantes y salientes. La tapa, con forma abombada, también dejaba
entrever cierta similitud con las casas de la época, identificando
así el sarcófago con la propia vivienda del difunto.
Magia para el viaje
Con la aparición de los primeros sarcófagos de piedra se inaugura
la tradición de escribir pequeños textos mágico-religiosos,
con el fin de ayudar al difunto en su viaje hacia el Más Allá.
Estos textos son acompañados por diferentes representaciones pictóricas
de temas mitológicos, creando todo ello un estilo propio que caracterizará
a los sarcófagos hasta el final de sus tiempos. Los individuos más
pobres debían conformarse con adquirir un modesto cajón de
piedra en donde podían escribir su nombre como único elemento
identificativo.
Durante el
Imperio Medio (hacia el 2000 a. de C.) los textos inscritos sobre las paredes
de los sarcófagos adoptarán una importancia especial. En algunos
casos se repetían los temas ya dibujados sobre las paredes de la
tumba, en un intento de recalcar los puntos claves del tránsito del
difunto. Este repertorio de textos, denominado Textos de los Sarcófagos,
no era más que una versión privada de los antiguos Textos
de las Pirámides, cuyas letanías fueron escritas en exclusiva
para el faraón.
Junto a estos textos religiosos, era común dibujar dos ojos de Horus,
wd3t ("udjat"), en el lado izquierdo del sarcófago y a
la altura de la cabeza. El significado de estos ojos, además del
lógico servicio como amuleto protector, debía de estar conectado
con la idea de crear un punto de unión entre el exterior y el interior
de la caja; un lugar por donde el difunto pudiera tomar contacto con el
mundo terrenal, o por donde el ka del difunto pudiera salir a disfrutar
de las ofrendas dejadas en la tumba por los visitantes.
Pero, con el uso de la piedra no se abandonó la madera como elemento
constructivo de estos sarcófagos. Lejos de aquellos puzles de chapas
de época primitiva, se consiguen magníficos ejemplares haciendo
uso de las maderas exportadas del Mediterráneo oriental, especialmente
cedros de Líbano, fruto del creciente comercio con esta región.
Los primeros ataúdes
Durante el Imperio Medio surge la moda de colocar máscaras hechas
de lino y una pasta similar al cartón, sobre el rostro y hombros
del difunto. A partir de esta costumbre se da pie a la aparición
de los primeros sarcófagos antropomorfos, ataúdes propiamente
dichos, que intentaban imitar en madera el cartonaje de la momia que llevaban
en su interior. Así, surgen los primeros ataúdes con forma
humana, de un tamaño descomunal en la dinastía XVII, y casi
siempre fabricados con madera. Al igual que los de forma prismática,
estos ataúdes dispondrán de una serie de franjas, las que
imitan los vendajes de la momia, para colocar textos de tipo religioso y
dibujar escenas mitológicas del tránsito del difunto hacia
el Más Allá. La variante más importante de estos sarcófagos
antropomorfos, ya en el Imperio Nuevo, será la denominada rishi,
palabra árabe que significa "pluma" y que hace alusión
a las plumas de las alas de las diosas protectoras Isis y Neftis, que solían
extenderse a lo largo y ancho de las tapas de estos ataúdes.
Los de tipo rishi poseen una disposición artística fija en
lo que respecta a su decoración. La consabida máscara que
dio origen a esta tipología funeraria, era decorada con un grueso
collar de abalorios, todo ello pintado con una gran gama de colores sobre
la tapa del ataúd. Bajo este aderezo era común representar
un gran escarabajo alado, el dios Ra, que abría paso a la presencia
de Isis y Neftis como diosas protectoras del difunto. A todo esto hay que
añadir que, aún representando una máscara en la tapa
del ataúd, ésta se seguía colocando sobre los hombros
de la momia en el interior de la caja.
El modelo rishi, fabricado más adelante también en piedra,
sufre transformaciones
continuas en lo que respecta a la decoración, cada vez más
profusa, y a la inclusión de textos más abigarrados siempre
con un claro contenido mágico relacionado con el paso del difunto
a su morada de eternidad.
Ya hemos visto que la ornamentación de estos ataúdes suele
ser pictórica, aunque son abundantes los modelos en donde se trabajaba
de forma exquisita el dorado de la madera. Un ejemplo muy conocido lo encontramos
en los dos primeros ataúdes de Tutankhamón, aunque de este
faraón destaca sobremanera el tercero, de oro macizo. Estos modelos
estaban incluidos unos dentro de otros, al igual que las famosas matrioskas,
y todo el conjunto, a su vez, dentro de una sarcófago rectangular
de cuarcita amarilla, construido al más puro estilo amarniano: una
cornisa saliente en la parte superior y las cuatro diosas Isis, Neftis,
Selkis y Neith, protegiendo con sus alas las cuatro esquinas de la caja.
El estilo del Imperio Nuevo y saíta
Sin embargo, en líneas generales, el sarcófago real del Imperio
Nuevo (hacia el 1500 a. de C.) se caracteriza por tener forma rectangular,
imitando en su tipología a los más antiguos ejemplos del Imperio
Medio. Los ejemplos conservados en el Valle de los Reyes, especialmente
los sarcófagos de la XVIII dinastía con los Tutmosis y los
Amenofis, tienen forma de cartucho jeroglífico, sobre el cual se
escribían los textos religiosos de una forma muy austera, apenas
acompañados por cinco figuras de dioses.
El tipo de ataúd antropomorfo se extiende a lo largo de los siglos
hasta el final del mundo faraónico, con la conquista de Alejandro
en el 332 a. de C. Durante este dilatado espacio de tiempo se desarrolla
la Baja Época, y dentro de ésta, el período denominado
saíta, con una tipología muy especial de sarcófagos
antropomorfos.
Los ataúdes de la dinastía saíta son claramente diferenciables
de sus compañeros de épocas anteriores al ofrecer un aspecto
mucho más robusto y rechoncho, al más puro estilo de Botero.
Si en los primeros sarcófagos antropomorfos, lo que predominaba era
una forma humana de paredes paralelas formando un rectángulo en la
caja, en los de la nueva moda apreciamos un estrechamiento de las paredes
según descendemos hacia los pies. Este tipo, más anatómico
que los modelos precedentes, conserva en un principio las normas relativas
a la decoración de la tapa y de la caja en sí, con la particularidad
de que, siendo una época de crisis, los poseedores de estos sarcófagos
se hacen inscribir fórmulas y textos, en apariencia, exclusivos de
los faraones de las primeras dinastías, con el fin de recuperar viejas
tradiciones, supuestamente más valiosas que las contemporáneas.
Así, estos sarcófagos muestran características típicos
de épocas anteriores como la peluca que decora la máscara,
claramente comparable a las existentes en el Imperio Medio, gigantescas
orejas, o las manos, única parte del cuerpo grabada sobre la tapa,
portando en ocasiones los símbolos djed y tyet, destinados al culto
de Osiris e Isis respectivamente.
También, aparece en este período una variante llamada por
los arqueólogos semiantropomorfa. Este tipo se caracteriza por haber
perdido en su totalidad el grabado de alguna parte de la anatomía
humana sobre la tapa del sarcófago, conservando únicamente
la silueta humana en la forma de la caja.
El material con que se construyen los sarcófagos de época
saíta es primordialmente la piedra, sobre todo la caliza y el esquisto,
aunque los más celebres son los construidos en basalto, piedra de
color muy oscuro que dotaba a la figura representada de una pátina
brillante.
Difusión
del sarcófago egipcio
La invasión de Egipto en estos años de los persas fue acompañada
por una pequeña ayuda de algunos pueblos de la franja sirio-palestina.
Entre ellos marchaban los fenicios, dirigidos por el rey Tabnit quien, en
el siglo VI a. de C., decide hacerse con uno de los bellos sarcófagos
de esta época que tan en boga estaban en el valle del Nilo. El éxito
de este ataúd entre los reyes y nobles fenicios, especialmente en
Sidón y Biblos, provocó el despegue de la importación
de este tipo de sarcófagos desde Egipto hasta las ciudades más
importantes del Mediterráneo oriental. En pocos años, y gracias
al profuso comercio de los fenicios por todo el Mediterráneo, el
sarcófago antropomorfo rebasó las fronteras naturales de Egipto,
llegando la moda a otras civilizaciones antiguas. Podemos encontrar buenos
ejemplos en el sur de España, especialmente en los sarcófagos
fenicios de Cádiz.
Aunque se encuentren fuera del mundo faraónico, no debemos olvidar
la gran profusión de sarcófagos y ataúdes conservados
de época ptolemaica y romana. En este largo período de tiempo
continúa abundando, sobremanera, la forma antropomorfa con las lógicas
características tipológicas egipcias influidas por el mundo
helenístico y romano. Aunque lo más común es construir
los sarcófagos en piedra, -esquisto, basalto, caliza, etc.- no debemos
pasar por alto los famosos ataúdes del período grecorromano
de El Fayum. Realizados en madera, resalta la sustitución de la máscara
mortuoria, la cual dio origen a la forma antropomorfa, por una pintura del
rostro del difunto sobre la caja, al más puro estilo helenístico.
Con el paso del tiempo muchas personas solamente se enterraban cubriendo
su momia simplemente con un cartonaje. Dependiendo de la riqueza de cada
familia estos cartonajes eran más o menos opulento. Quizás
resulte fácil hacerse una idea de este tipo de trabajos gracias a
los hallazgos realizados en los últimos años en el oasis de
Bahariya. Allí han sido rescatadas varias momias de entre los siglos
I y IV d. de C. cuyos cartonajes estaban cubiertos de oro. Una prueba más
de la riqueza y variedad de las formas de enterramiento en el antiguo Egipto.
© Nacho Ares 2004