ANA MENDOZA
Y DE LA CERDA
PRINCESA DE ÉBOLI (1540-1592)

Ana de Mendoza y de la Cerda fue bautizada el 29
de junio de 1540 en la localidad alcarreña de Cifuentes. De lo que se deduce que debió de nacer
seguramente dos o tres días antes; el 26 o el 27 de junio.
En la partida de bautismo figura bajo el nombre de "Juana" aunque
en el resto de documentos históricos siempre aparece con
el nombre de Ana. Nacida en casa de sus abuelos los condes de Cifuentes,
fue bautizada por el canónigo de la Iglesia de Toledo, don
Juan de la Cerda, siendo inscrita en el libro primero de los registros
parroquiales de la iglesia del Salvador: "Hoy día del Señor
San Pedro de Junio fue bautizada la hija del conde de Mélito,
llamóse Juana de Silva, fueron los padres condes de Alyano
de Almenara y bautizóla el canónigo Cerda". El nombre
de Juana de Silva se debe a la libertad existente en aquella época
para elegir apellidos. Además, al no haber hijo varón,
se podía perder el "Mendoza", por lo que la cambiaron el
nombre.

Partida de nacimiento de la Princesa de Éboli
conservada en la Iglesia del Salvador de Cifuentes (Guadalajara).
Efectivamente, sus padres fueron
Diego Hurtado de Mendoza, príncipe
de Mélito y nieto del Gran Cardenal Mendoza, y Catalina
de Silva, hija de los condes de Cifuentes, cargo que luego heredaría
su hermano.
La primera mención que
de ella se hace en la documentación de la época es
del 7 de mayo del año 1553, cuando estaba a punto de cumplir
los trece años de edad. En una carta de Juan de Sásamo,
secretario del emperador Carlos V, al servicio del príncipe
Felipe dirigida a Francisco de Eraso, también secretario
del Emperador, hace referencia al enlace entre Ana y Ruy Gómez. De ella se habla en estos términos:
"Su alteza ha casado a Ruy Gómez con hija del conde de Mélito,
que ahora es heredera de su casa, y también lo podría
ser de la del conde de Cifuentes; porque no tiene sino un niño
y es bien delicado. La moza es de 13 años y bien bonita aunque
es chiquita."
Al casarse, el matrimonio pasó a convertirse en condes de
Mélito, título cedido por el padre de la novia. La
poca edad de Ana, apenas contaba en aquel entonces con 13 años,
hacía inviable la consumación del matrimonio. De esta
forma, aprovechando la situación gracias a la cual Ruy Gómez
debía acompañar al todavía príncipe
Felipe en su viaje por Inglaterra y Flandes, el portugués
dejó a su esposa en casa de los padres hasta su regreso definitivo
en 1559.
Ascendencia de la princesa de Éboli.
Extraído de la obra de Antonio Herrera Casado,
La Princesa de Éboli,
una guía para concerla (Aache, Guadalajara 2000; http://www.aache.com/).
De
su infancia no hay apenas más noticias. Conocemos que en 1555
estuvo viviendo en Zaragoza cuando al padre de la Princesa le nombraron
virrey de Aragón. Dos años después en 1557, nos
la encontramos en Valladolid. Allí residió primero con
sus padres en una casa alquilada, aunque su ubicación exacta
está totalmente perdida, y luego —desde enero de 1558
hasta agosto de 1559— en el castillo de Simancas, justo en el
momento en el que este edificio dejó de ser cárcel para
convertirse en lo que todavía es hoy, un importante archivo
histórico.
La vida en familia no debió
de ser muy agradable. Como cuenta en varias cartas Juan de Escobedo a Ruy Gómez, sus padres se pasaban
el día en disputa continua: "su negocio en mesa y fuera de
ella, era tratar de morderse y decirse lástimas, y que por
el mismo caso entendía que siempre estaban disconformes". Era
él quien más leña echaba al fuego, al estar todo
el día detrás de faldas, aunque tampoco la forma de
ser de la madre resultaba de lo más modélico. En cualquier
caso, el comportamiento de la joven Ana fue ejemplar. Así lo
atestigua la correspondencia conservada de estos años en Valladolid
en la que se le reconoce al mismo Ruy: "tenéis una mujer muy
honrada y muy sesuda para su edad, y parece de muchos más años
de los que tiene; no os cumple tenerla con sus padres en inguna manera
del mundo".
La razón de incompatibilidad matrimonial fue la causa de separación
que gracias a la mediación de Juana de Austria, hermana del
rey Felipe II y Gobernante en su ausencia, se llevó a cabo
cuando doña Ana y su madre pasaron a vivir al castillo de Simancas
(Valladolid) en enero de 1558.
Seguramente fue en esta época cuando sufrió el accidente
que la llevó a perder el ojo derecho, si es que realmente era
tuerta. La leyenda, cuyos orígenes no van más allá
del siglo XIX en los "mentideros" de la casa del Infantado, habla
de una lucha accidentada con uno de los pajes de la joven quien estrelló
la punta de su florete en el ojo de Ana. Sin embargo, no es seguro
que fuera tuerta.
Al menos no se comenta nada de este
detalle en la mencionada carta de Juan de Sásamo al secretario
del Emperador con motivo del enlace con Ruy Gómez de Silva.
Después de que Ruy comprara
a su suegro el territorio de Éboli, en Nápoles, a 20
kilómetros de Salerno, el mismo año de 1559, el ya coronado
Felipe II nombra al matrimonio príncipes de Éboli. Diez
años más tarde comprarían la villa de Pastrana
siendo nombrados en 1572 duques de Pastrana por el Rey.
La villa dio un giro de 180 grados
con la llegada de los duques. El comercio se intensificó con
la venida de moriscos, la aparición de nuevos cultivos, la
creación de una feria y la fundación en 1569 de varios
centros religiosos de la mano de Santa Teresa de Jesús, además
de la fundación de la iglesia que más tarde se convertiría
en colegiata de Pastrana.
Del matrimonio, que vino a durar
casi quince años, nacieron once hijos de los que solamente
sobrevivieron media docena.
A comienzos de la década de 1560 la vida de la Princesa estuvo
centrada en la corte de Madrid. Allí intimó con la nueva
esposa del rey Felipe, Isabel de Valois,
cinco años más joven que ella y con quien mantuvo una
gran amistad hasta la muerte de la reina en 1568. Su cercanía
estuvo a punto de convertir a doña Ana en Camarera Mayor de
la reina. Esto sucedía en abril de 1566 cuando fallece la condesa
de Ureña quien ostentaba este cargo. Pero finalmente, aunque
la princesa de Éboli hizo todo lo posible por hacerse con el
puesto, el rey eligió a la duquesa de Alba, actuando así
en contra también del gusto de su esposa, Isabel de Valois.
Los problemas que tanto han llamado la atención sobre la vida
de Ana de Mendoza comienzan con el fallecimiento de su esposo, el
29 de julio de 1573. El primer movimiento sobre el tablero fue el
intento finalmente frustrado de meterse a monja bajo el nombre de
sor Ana de la Madre de Dios, en una de las fundaciones pastraneras
de Santa Teresa. Lo que consiguió fue revolucionar la vida
del convento y que las carmelitas abandonaran a los pocos meses el
lugar, hartas de los desvaríos y caprichos de la Princesa,
poco acordes a la vida espiritual a la que estaban acostumbradas las
religiosas.
En lo que respecta a la administración
de su hacienda personal, el caos fue continuo con diferentes despropósitos
que pusieron en evidencia la nula capacidad de Ana para manejar su
fortuna.
Muerta
su madre en 1576, su padre siguió sus pasos en 1578 no sin
antes poner en un brete a la Princesa casándose en segundas
nupcias con Magdalena de Aragón. Ésta se encontraba
en estado del padre de la Princesa, lo que implicaba la seria posibilidad
de que Ana perdiera cualquier derecho a la herencia si el nacido era
un niño. Finalmente fue niña y, además, falleció
al poco tiempo de venir al mundo.
Tras este episodio, Ana de Mendoza
regresó a Madrid a las casas que poseía cerca del Alcázar
real, junto a la antigua iglesia de la Almudena,
en la esquina entre lo que hoy es la calle Mayor y Bailén.
Precisamente, en unos jardines cercanos existe una placa conmemorativa
de la Princesa haciendo alusión a la situación de las
casas de doña Ana.
En esta tesitura es cuando intimó
con Antonio Pérez, secretario de Felipe
II. Al parecer entre los dos hubo algo más que sintonía
política. Contaban con la misma edad y aunque Pérez
estaba casado con Juana Coello, de la importante familia de los Vozmediano,
al parecer, no hubo escrúpulos entre los dos para seguir adelante
con su secreta y supuesta relación, todavía hoy no demostrada
por nadie ni por ningún documento.
Fruto de esta relación, o
mejor dicho habría que hablar de acercamiento, es lo que a
la postre supuso el asesinato de Juan de Escobedo
el 31 de marzo de 1578, Lunes de Pascua, muy cerca de las casas de
la Princesa en Madrid.
Escobedo, era secretario de don Juan de Austria,
hermanastro de Felipe II. Se encontraba en Madrid para pedir dinero
para la guerra de su señor en los Países Bajos. No sabemos
cuál fue la razón última, pero su muerte está
relacionada bien con que descubrió los tejemanejes que se traían
Pérez y la Princesa en la política exterior de España
o bien por que ambos habían sido vistos en actitud poco decorosa
para una viuda y un hombre casado. Ante el temor de que, por cualquiera
de las dos razones o por las dos juntas, Felipe II actuara en contra
de la pareja, Pérez hizo creer al Rey los peligros que suponía
su hermanastro y su secretario, haciendo asesinar a éste por
un grupo de truhanes a sueldo de Pérez: Diego Martínez,
Juan Rubio, Juan de Mesa, Antonio Enríquez, Miguel Bosque e
Insausti.
Tras un año de tensiones
entre la familia de Escobedo, Antonio Pérez y el propio monarca,
quien en gran parte tenía la culpa de la muerte del secretario
de don Juan, Pérez y Ana fueron hechos prisioneros y por separado
la misma noche de 28 de julio de 1579.
Mientras Antonio Pérez, quien
contaba con cartas comprometedoras para el rey, sufría una
prisión mucho más dulcificada que la de la Princesa,
ésta vivió los peores momentos primero en la Torre de
Pinto junto a sus hijos. Debido a las enfermedades que le sobrevinieron
por los fríos de la Torre, desde enero de 1580 se la recluyó
en el castillo de Santorcaz y finalmente, desde 1581, en su palacio
ducal de Pastrana.
De este período de la vida
de la Princesa se conserva muy poca documentación. Sabemos
que sus últimos años siempre estuvo atendida por su
hija pequeña, Ana de Silva y Mendoza
y tres criadas.
Se cuenta que durante la prisión en Pinto y Santorcaz la vida
entre Ana y sus cuidadores fue más que difícil. La levadura
de todas esas desavenencias quizás no se debiera al comportamiento
de la Princesa sino al de su dueña, Bernardina
Cavedo (o Carrera) de la Puente. Al parecer, esta mujer, jefe
del servicio de la Princesa mandaba más que la propia doña
Ana y continuamente metía cizaña entre recluidos y guardianes.
No olvidemos que la tal Bernardina había colocado entre unos
familiares y otros de ella misma, hasta 20 personas en el servicio
de la Princesa, lo que suponía la creación de una especie
de "hampa" dentro de la casa de doña Ana que no cesaba de suponer
problemas en la vida diaria. La decisión tomada cuando se trasladó
a la Princesa a su palacio ducal de Pastrana fue la de alejar a Bernardina
de su señora. De esta forma, tras barajar la posibilidad de
llevar a Alcalá de Henares e incluso a Valladolid, finalmente
el Rey optó por mandarla aún más lejos. Así
pues, el destino final de Bernardina fue Jerez de los Caballeros (Badajoz)
a donde iría a vivir con un hijo suyo que era fraile y que
por entonces estaba en Mérida.
En 1582 Felipe II quita a la Princesa la custodia de sus hijos y de
los bienes de la familia. Éstos serían gestionados por
un administrador y luego por el hijo pequeño de Ana, fray Pedro
González de Mendoza.
Después de la huída
de Pérez a Aragón en 1590, llevándose con él
toda la documentación comprometedora, Felipe II hizo aún
más duro el encierro de la Princesa, colocando rejas en la
torre oriental de su palacio e impidiendo que abandonara aquella habitación,
teniendo solamente contacto con el exterior a través de un
torno que se había colocado en la puerta de la celda custodiada
por seis hombres. La Princesa solamente podía asomarse por
las tardes durante una hora por la ventana que daba a la plaza Mayor
que, desde entonces, pasó a llamarse plaza de la Hora.
Cabe la posibilidad, según se ha rumoreado, de que Antonio
Pérez pasara por Pastrana y visitara a la Princesa (¿su
amada?) antes de huir hacia Aragón. De ahí, la repentina
decisión del monarca de recrudecer el cautiverio de doña
Ana.
Ana de Mendoza y de la Cerda falleció el 2 de febrero de 1592.
Sus restos descansan junto con los de su esposo y otros miembros de
la familia en la cripta de la colegiata de Pastrana. Allí se
hizo enterrar con el hábito franciscano dentro de un ataúd
de madera y otro de plomo.
La no existencia de una acusación
formal contra la Princesa, algo, por otra parte, nada extraño
en la época, ha provocado ríos de tinta sobre cuál
fue la razón del Rey para encarcelar a doña Ana durante
casi 13 años y de forma tan cruel desde 1590 con la huída
a Aragón de Antonio Pérez. Que éste estaba
por medio en la razón que llevó al monarca a encarcelarla
es algo obvio. De lo contrario, no se explica que Felipe II, a través
de Mateo Vázquez, mandara cortar de raíz la comunicación
por carta que había entre ambos aun después del encierro
de los dos supuestos amantes.
La "traición"
de don Juan
Se habló sobre la posibilidad
de que junto a Antonio Pérez intrigara en contra de Juan
de Austria, inventando una supuesta invasión de Inglaterra
por parte del hermanastro del Rey para hacerse, ayudado del duque
de Guisa, con la corona de Inglaterra, casándose con María
Estuardo (1542-1587). La revisión de las cartas de don Juan
que más tarde el propio Felipe II mandó destruir,
demostraron, al parecer, que nada de lo que en un principio había
presentado Antonio Pérez como real era, ni mucho menos, cierto.
En cualquier caso, no queda muy claro, de haber sido cierta esta
hipótesis, cuál era el papel de la Princesa en esta
historia. Ni siquiera dando por buena la idea de que "la mujer —refiriéndose
a la Princesa— era la levadura de todo" tal y como se hablaba
de ella en algunas cartas de la época.
Amante de Antonio
Pérez
La historia, más que la
leyenda, señala que efectivamente Ana de Mendoza y Antonio
Pérez se traían amoríos entre manos. Es posible
también que Juan de Escobedo, antiguo amigo de Pérez
y fiel servidor de Ruy Gómez, sorprendiera a los amantes
si es que lo fueron. Hoy nos puede resultar absurdo. Da igual que
la Princesa fuera viuda y que Antonio estuviera felizmente casado.
En el siglo XVI el papel de la viuda era llorar al esposo muerto
con respeto y el de él, más que menos, ser fiel a
su mujer. Lógicamente, nadie hacía esto aunque en
la medida de lo posible se procuraba lavar la cara en público
y guardar las maneras. Es más, el propio Juan de Escobedo
contaba con una amante en Madrid, doña Brianda de Guzmán,
a quien venía de ver precisamente el día que lo acuchillaron
junto a la Almudena.
Seguramente, Pérez ante
el temor de que Escobedo contara al Rey lo que había visto,
decidiera acabar con su vida. Para ello también debió
de inventar la historia de la traición de don Juan y del
peligro que conllevaba Escobedo para la corona española.
Felipe II al conocer la verdad,
¿que Ana y Antonio eran amantes?, decidió perseguirlos
hasta acabar con ellos. A él por los papeles con que contaba
y a ella, quizás por haber faltado al respeto a la memoria
de su esposo Ruy Gómez. Aún así, no se comprende
la crueldad del rey para con ella durante tanto tiempo. ¿Sintió
celos de Pérez al haber sido él mismo amante de Ana
tiempo atrás, tal y como se rumoreaba en los mentideros de
Madrid? No lo creo. Debió de haber algo más.
Por otra parte, en el Proceso
Criminal son varios los testigos que hablan de la relación
entre Pérez y una de las damas de la reina, Ana Manríquez,
quizás la esposa de otro de los secretarios de Felipe II.
Al parecer, las aventuras entre ambos en el El Escorial debían
de ser importantes.
En
contra de esta hipótesis se presenta la posibilidad nada
despreciable de que Pérez fuera homosexual. Al menos así
se le acusa en su proceso posterior, aunque, lógicamente,
este hecho no aprueba ni desmiente nada. Uno de los aspectos que
más llamaron la atención a la Princesa y también
la desagradó cuando lo conoció, fue el excesivo pimpolleo
del secretario. éste gustaba de presentarse siempre en público
perfumado en exceso y emperifollado con vestiflotantes ropas. Tuviera
o no pluma don Antonio, también hay que decir que de la correspondencia
que ha llegado hasta nosotros mantenida entre él y la Princesa,
no se puede atisbar el más mínimo destello de esa
relación amorosa. Es más, de haber algo, sí
se podría especular con la posibilidad de que doña
Ana sirviera en más de una ocasión de alcahueta para
buscar al secretario "gentiles hombres de sus mismos gustos",
tal y como leemos en la correspondencia.
La
idea por desgracia generalizada de que doña Ana era un mujer
ligera de cascos asienta sus bases en la simple leyenda. Su mala
fama, en la que se la incluían amoríos con todo hijo
de vecino, hizo que en el año 1743 publicara un libro el
licenciado don Estanislao de Burguillos y Pérez, Caballero
Vallisoletano y Capellán del Real Colegio de Doncellas Nobles
de Pastrana (sic.) en donde hablaba de doña Ana como "la
Puta", haciendo así alusión al mote que de boca
en boca corría por los habitantes de la villa.
La razón
de Portugal
Gaspar Muro presenta en su Vida de la princesa de Éboli, la teoría
de Portugal mencionando una carta de Pedro Núñez de
Toledo al secretario de Felipe II, Mateo Vázquez, fechada
el 25 de agosto de 1579. En ella se habla de las sospechas que corren
en forma de rumores de que la causa de la prisión de doña
Ana se debe a que "la Jezabel (Ana de Mendoza) trataba de casar
con hijo del de Braganza, y que con esta ocasión el Caballero
Portugués le hacía amistad hasta darle la cifra y
otras cosetas de por casa desta manera, cosa que tiemblan las carnes
al oírlo".
Más tarde Gregorio Marañon,
en una charla impartida en Cádiz después de publicar
su monografía sobre Antonio Pérez, con el título
de "Dos mujeres importantes en el proceso de la anexión e
independencia de Portugal", el que apoyó firmemente esta
posibilidad hablando de la posible
confabulación entre Pérez y la Princesa para colocar
a una de sus hijas en el trono de este país en detrimento
de Felipe II.
Ésta es, para muchos, la justificación velada del
trato dado por el Rey a doña Ana de Mendoza.
El trono de Portugal estaba en
manos del rey Sebastián (1554-1578), sobrino de Felipe II.
Las alocadas aventuras del joven Sebastián en África
cuando no contaba heredero alguno a la corona, convirtió
Portugal en un nido de víboras de nobles y trepas que pretendían
colocarse ellos mismos o a sus parientes cercanos en la lista de
aspirantes al trono. De fallecer el joven Sebastián el trono
pasaría al duque de Braganza.
Al parecer el plan de la princesa
de Éboli era casar a una de sus hijas con el primogénito
del duque de Braganza para que una vez muerto éste, su hija
ascendiera al trono con su esposo portugués como reyes de
aquel país. De esta forma, la princesa de Éboli se
convertiría en Reina Madre.
Finalmente los planes no tuvieron
éxito y la corona portuguesa pasó en 1580 a manos
de Felipe II después de la muerte de Sebastián en
1578 en la batalla de Alcazarquivir en Marruecos. Su desaparición
en la batalla dio pie al nacimiento de una leyenda que afirmaba
que realmente no había muerto allí sino que lo hizo
tiempo después. Este tipo de mitos, muy conocidos en la actualidad
en relación a personajes muy populares como Hitler o Elvis
Presley reciben precisamente el nombre de "sebastianismo".
El descaro
de la Princesa
También cabe la posibilidad
de que el rey se hartara de la lengua y los caprichos de la Princesa,
de su falta de mano para gobernar su hacienda y que todo no fuera
más que una suma de despropósitos que acabaron con
los huesos de doña Ana entre rejas. Sabemos que el rey tenía
mucho aprecio por los hijos de los príncipes de Éboli.
S eha llegado a decir que el miedo que sintió el monarca
por que los pequeños perdieran la fortuna de sus padres debido
al continuo despilfarro de la Princesa fue la causa del encierro.
También conocemos la mala lengua que gastaba doña
Ana y la falta de protocolo con que se dirigía a su íntimo,
Felipe, con quien a su vez siempre le unió una grandísima
amistad (no olvidemos que entre ellos, como grande de España
que era doña Ana, siempre se llamaban "primos"). Incluso
una vez en prisión, las contadas cartas del Rey se mostraban
en un tono conciliador.
A pesar de ello, insisto, ni todas
las traiciones y descaros del mundo justificarían la crueldad
del rey con la Princesa.
"Como veo pasar tanto tiempo sin tomar Vuestra Majestad
resolución en lo que toca a mis hijos y a la casa de su padre
y crecer cada día en ella... ". Comienzo de un memorial autógrafo
de la Princesa dirigido al rey en una carta fechada hacia 1580.
Se trata de una escritura grande que
nos habla de una persona comunicativa, expansiva y abierta.
Llaman poderosamente la atención los "pasillos" que se observan
a lo largo de todo el escrito. Éstos son rasgos fuertes de angustia,
al menos, en el momento de realizar el escrito.
Era la mente de una persona muy inteligente, pero confusa. Esto se aprecia
en los frecuentes roces entre líneas.
La escritura indica que tenía bien desarrollado el plano de las
ideas, pero existe una fuerte confusión a la hora de afrontar
los problemas.
Los óvalos están bien hechos: en general indica que sabía
relacionarse de forma adecuada con los demás.
Los pies de la escritura hablan de una posible problemática sensual
y sexual.
Su letra sencilla para la época y bien realizada nos habla de
una persona sencilla a pesar de su condición social.
El mundo de las ideas y el intelecto está en equilibrio con el
prosaico. Es decir, los "pies" de la escritura son muy largos: le gustaba
vivir bien, pero también hay un desarrollo del intelecto.
"Humilde
criada y echura de Vuestra Majestad, la princesa de Éboli"
Memorial autógrafo de la pirncesa al rey en una carta fechada
hacia 1580.
Era una persona de gran energía,
que aunque tenía cierta tendencia al desaliento (al menos en
el momento del escrito), sabía cómo sobreponerse a las
situaciones negativas. El escrito refleja que atravesaba un período
de gran angustia.
Tiene uniones en las barras de las "tes": mente lógica. Otras
de sus barras de las "tes" miran a la derecha: era persona progresista.
En la rúbrica existe un claro predominio del "yo", aunque era
muy observadora y sabía captar el ambiente que le rodeaba.
Clara Tahoces, marzo 2003.
CARTA ASTRAL DE
LA PRINCESA
por
Julio Antonio López, astrólogo

Fecha de nacimiento
Llamada Ana de Mendoza y La Cerda. Dice su biografía que fue
bautizada el 29 de junio de 1540 en la localidad de Cifuentes, y por
tanto su nacimiento debió producirse unos dos o tres días
antes, quizás el 26 o 27 de junio.
Pues bien, desde el punto de vista de la astrología esta fecha
tampoco resulta correcta para su nacimiento, ya que a los nacimientos
de este periodo es necesario sumarles diez días más,
puesto que el actual calendario gregoriano no entró en vigor
hasta octubre de 1582. Por tanto, su fecha real de nacimiento, desde
el punto de vista astrológico y vista a los ojos de la actualidad,
y por tanto la que nosotros tenemos que tomar para realizar este estudio,
sería el 6 o7 de julio de 1540.
Como podemos ver, nos encontramos con insuperables dificultades para
poder realizar un estudio verdaderamente serio, riguroso y detallado
de esta carta astral, ya que en este caso no sólo no conocemos
la hora de su nacimiento, sino que incluso ni siquiera tenemos totalmente
claro el día exacto en que nació. Sin embargo lo intentaremos.
Para ello levantaremos la carta astral para el día 7 de julio
de 1540 en el momento de la salida del Sol. En los casos en que la
hora es desconocida generalmente suele levantarse un horóscopo
solar, tomando al Sol como ascendente, y así es como lo hemos
hecho.
Rasgos fundamentales de su carta astral
Nos hallamos ante una nativa del lunático signo de Cáncer,
que ya de por sí es uno de los que favorece una vida interior
más rica, profunda, compleja y complicada del Zodíaco,
y que puede ser especialmente negativo cuando las energías
emocionales de la persona están mal e inadecuadamente canalizadas,
como sin duda ocurriría en este caso.
Efectivamente, la princesa de Éboli nació bajo las influencias
de una carta astrológica francamente tensa y afligida, y para
este caso lo mismo daría si nació el día 6 o
el día 7. En efecto, Ana de Mendoza tuvo la desgracia de venir
al mundo bajo las influencias de un mapa celeste singularmente tenso,
marcado por severas y graves aflicciones.
El Sol está en Cáncer, pero forma duras y tensas cuadraturas
con los dos planetas maléficos: Marte y Saturno, también
con Neptuno y los Nodos de la Luna, y posiblemente también
con la misma Luna si nació efectivamente hacía el día
7.
Por otro lado los astros maléficos Marte y Saturno forman una
estrecha conjunción entre sí, potenciándose la
negatividad, y ambos también lo hacen con el Nodo Sur; y finalmente
todos ellos forman una oposición con Neptuno.
Cualquiera que conozca algo de astrología sabe que se trata
de posiciones planetarias verdaderamente duras y malas, que no solamente
confirman que resulta totalmente lógico que la Princesa viviese
una existencia muy desafortunada, tal como la historia nos ha confirmado,
sino que también sugerirían que fue una mujer que sufrió
muchísimo interiormente, así como también en
su vida sentimental.
Sin embargo, el reverso de esta situación, es decir el hecho
de que llegase a lo más alto mientras fue la esposa de Ruy
Gómez, quizás podríamos encajarlo en la ubicación
de los benéficos Venus y Júpiter, así como también
de Urano en el regio signo de Leo, lo que es indudablemente una constelación
altamente benéfica y afortunada, aunque al mismo tiempo también
aislada en medio de una carta astral que contenía durísimas
y graves aflicciones cósmicas, y hablaría de una persona
que tuvo una existencia de grandes sufrimientos y aflicciones, pero
también al mismo tiempo en un periodo de su vida fue muy afortunada
o llegó muy lejos.
El signo de Cáncer
Para poder acercarnos un poco más al fondo más íntimo
o auténtico de esta mujer tan especial y singular de la época
de Felipe II vamos a estudiar su signo solar: El lunático Cáncer.
La astrología nos describe a Cáncer mediante la simbólica
figura de un cangrejo o un escarabajo, ambos tienen en común
el ser animales acorazados, se encuentran protegidos y defendidos
por una dura coraza, de lo que resulta que exteriormente son duros
y hasta incluso atemorizan, pero por dentro son blandos y vulnerables,
siendo esa su auténtica realidad espiritual y humana.
En realidad no sólo no estamos ante una personalidad fuerte
o dura sino que seguramente éste es el signo más sensible
y vulnerable de los doce, que se encuentra bajo la regencia de la
Luna, el astro femenino por excelencia, reina de la noche y del mundo
de los sueños.
La clara conciencia de su debilidad y vulnerabilidad lleva a los nativos
de Cáncer a protegerse del exterior de muchas formas, o lo
que es lo mismo, con muchos tipos de corazas. La primera de ellas
y la más importante es la tendencia a refugiarse en el hogar
y la familia. Son los seres más hogareños e intimistas
del zodiaco, introvertidos y poco amigos de la vida mundana. En su
hogar viven su vida solos o entre sus seres queridos, pero al mismo
tiempo también se protegen y defienden de un mundo exterior
incierto y peligroso, como si de una fortaleza amurallada se tratara.
Pero también hay otros tipos de corazas más relacionadas
con la propia persona. Estos seres tan emocionales, soñadores
y sensibles suelen mostrarse exteriormente más bien fríos
y distantes, cerrados o introvertidos, e incluso en ocasiones secos
y cortantes. A pesar de ser tan fantasiosos y soñadores pueden
mostrar al exterior una personalidad aparentemente muy pragmática
y realista, para así esconder ante los demás su auténtica
naturaleza. Podríamos reconocer algunos casos de este tipo,
como el primer ministro francés Mazarino, en el siglo XVII,
o en el líder soviético Andreí Gromyko en el
siglo XX, o más en la actualidad el presidente norteamericano
George Bush.
Finalmente, otro tipo de coraza que también suele ser muy habitual
en los cancerianos es cultivar una apariencia exterior impresionante
o intimidante, una fuerte musculatura y una personalidad agresiva
y atemorizadora. Podemos reconocer esto en los actores Yul Brinner,
Tom Cruise o Sylvester Stallone o del campeón de boxeo Mike
Tysson En la historia podemos también reconocerlo en el líder
de la independencia italiana Giusseppe Garibaldi o en el mismísimo
Julio César.
Pero no hay que engañarse, detrás de esas corazas se
encuentran personas altamente sensibles y en muchos aspectos débiles.
Cáncer es un signo especialmente difícil para un hombre,
aunque más apropiado para una mujer, ya que las características
del mismo, así como sus principales valores y defectos, son
fundamentalmente femeninos. Nos hallamos ante personas dominadas por
el mundo de los sentimientos.
Cuando este torrente emocional se encuentra bien canalizado entonces
se podrá esperar lo mejor de la persona, ya que le proporcionará
una enorme fuerza y motivación para realizar grandes cosas
y vivir una existencia fecunda y plena de sentido. Éste sería
el caso de Julio César, san Juan de la Cruz, Pedro Pablo Rubens
o el mismo Mazarino, que se encuentran entre los mejores nativos de
Cáncer. Sin embargo, cuando ese universo de emociones, sentimientos
e impulsos instintivos se encuentra mal canalizado nos mostrará
el lado peor del signo, ése que suele conocerse como “temperamento
lunático”, caracterizado por fuertes y constantes altibajos
en el carácter y el temperamento, personas neuróticas
y obsesivas, totalmente dominadas por sus humores momentáneos.
Tristes ejemplos de esto tenemos en el rey inglés Enrique VIII
o en la malograda princesa Diana de Gales.
Pues bien, Ana de Mendoza fue sin duda una canceriana mal canalizada,
fruto de un horóscopo natal sumamente afligido y negativo.
Sin duda fue una mujer que sufrió muchísimo, incluso
es probable que sufriera mucho más interiormente de lo que
se vio por fuera.
Debido a la influencia dominante de su signo Cáncer, tan afín
a todo lo relacionado con la familia, debieron ser para ella terriblemente
traumáticas las desavenencias y peleas entre sus padres, así
como su separación final. Sin duda tuvo una influencia infeliz
o traumática que debió influir de manera decisiva en
los desatinos de su edad adulta, y al mismo tiempo quizás en
esos desatinos tuvo mucho que ver una alocada búsqueda de afecto
y cariño, o de otras cosas que lo sustituyesen.
En su horóscopo natal podemos observar que el Sol forma una
durísima cuadratura con los dos planetas considerados como
más maléficos, Marte y Saturno, eso nos hace una idea
de las terribles pruebas que le tocó vivir, y sobre todo del
profundo sufrimiento íntimo que le causaron. Ese mismo Sol
también forma otra cuadratura disonante con Neptuno, que al
mismo tiempo recibe oposiciones de los anteriormente citados Marte
y Saturno. Neptuno es el planeta de las ilusiones y los sueños,
y en este caso indica que esas ilusiones y sueños, que en un
principio fueron enormemente grandes y profundos, se transformaron
luego después en atroces y amargos desengaños.
Efectivamente, un Neptuno poderoso pero afligido es una de las influencias
mas temidas y dolorosas, ya que atrae a la vida del nativo numerosas
e importantes traiciones, jarros de agua fría y desengaños.
Sin duda Ana de Mendoza se confió y entregó precisamente
a las personas que más daño le podían hacer.
Esa mujer emotiva e hipersensible, que de niña o adolescente
debió albergar en su alma grandes y maravillosos sueños,
ideales e ilusiones, vio luego después cómo todos ellos
se hacían añicos y se transformaban en terribles desengaños
o traiciones. De este modo, las personas que más amó,
o en las que más confió, eran luego las que le “apuñalaban”
por la espalda y las que le llevaron a su ruina final.
Por otro lado, una cuadratura disonante del Sol con Marte y Saturno
es signo seguro de una vida rica en siniestros, desgracias, reverses
y fracasos en el ámbito material y social. Vivencias tales
como la viudez, el encarcelamiento o las desgracias familiares son
totalmente lógicas, coherentes y previsibles con esa posición
astral, en realidad lo anormal hubiera sido lo contrario.
Además, en el caso de la princesa de Éboli no sólo
es una tendencia que aparece clara en su carta astral sino que se
trata de algo totalmente “kármico” y de destino.
Efectivamente, eso es lo que indica la conjunción de los maléficos
Marte y Saturno con el Nodo Sur de la Luna. Precisamente los Nodos
lunares están considerados como una posición astrológica
que tiene muchísima relación con la reencarnación,
el karma y las vidas anteriores, y por tanto la desgraciada vida de
esta Princesa no sólo está plenamente justificada en
su carta astral, a causa de esa terrible conjunción Marte-Saturno
disonante con su Sol natal y con Neptuno, sino que además era
algo “que tenía que ocurrir”, algo a lo que venía
predestinada y que poco o nada hubiese podido hacer para cambiarlo.
En definitiva, nos hallamos ante una nativa de Cáncer, pero
con un Sol fuerte y gravemente afligido, casi garantizando que esta
persona mostró el lado más oscuro o negativo de su personalidad
astrológica. Una persona que se vio sometida a terribles sufrimientos,
tanto físicos como emocionales, tanto en su vida mundana como
íntima.
Además, otro de los significados o interpretaciones que se
pueden extraer de las durísimas posiciones planetarias de su
nacimiento, es que la princesa de Éboli fue, probablemente,
una “mala” persona, o quizás una persona llena
de sensibilidad y ansias de afecto para con ella misma, pero un ser
terrible para con sus semejantes. No podemos afirmar esto con total
seguridad, pero realmente es bastante probable. Y es que también
se ha demostrado que existe un paralelismo entre la calidad ética
y humana de un nativo y sus posiciones planetarias. Así, cuando
el Sol natal de una persona está armoniosamente situado y forma
buenos aspectos con planetas benéficos, entonces estaremos
ante una persona buena y generosa. Pero cuando sucede un caso como
el que estamos viendo, con un Sol muy afligido y formando graves disonancias
con los planetas más duros, entonces la experiencia demuestra
que suele dar personas malas o peligrosas, caracteres sumamente fuertes
y duros, destructivos o autodestructivos.
Por tanto, de todo esto se puede deducir, aunque no afirmar de forma
tajante, que una gran cantidad de males que la historia atribuye a
este personaje, y por los cuales terminarla dando con sus huesos en
la cárcel, pudieron ser realmente ciertos. Probablemente pudo
dejarse arrastrar por personas que la aconsejaron mal, pero también
por terribles ambiciones y delirios de grandeza. Es probable que interiormente
le dominaran violentos instintos, e incluso en muchas ocasiones sentimientos
negativos de odio, celos o venganza. Todo esto es perfectamente posible
según su carta astral, en donde puede verse claramente un Sol
afligido por los dos planetas de peor fama: Marte y Saturno. Todas
estas cosas la equipararían a una especie de “mujer fatal”,
pero según sus graves aflicciones planetarias. Eso es verdaderamente
lo que fue.
Vida sentimental
Una persona con aflicciones planetarias tan graves en su nacimiento,
como es el caso de la princesa de Éboli, es prácticamente
imposible que haya sido feliz. Quizás pudo serlo durante un
tiempo, pero seguido de un terrible desengaño o batacazo final.
Por desgracia, el Sol tan terriblemente afligido en el nacimiento
de Ana de Mendoza tiene una significación tan negativa o dramática
que su radio de acción puede extenderse a todos los campos
de su vida. Y es que en astrología el Sol es el astro más
importante, es el dador de vida. Cuando aparece gravemente afligido
su influencia negativa se extiende de manera general a todos los ámbitos
de la vida de la persona, aunque alguno de ellos parezca en apariencia
más perjudicado que los otros.
Sin embargo, ya hemos visto anteriormente que estamos ante una persona
un poco ambivalente según los astros. Aunque está bien
claro que las graves aflicciones solares son las que predominan y
marcan las tendencias principales, sin embargo, también existen
otras posiciones astrales teoricamente mucho más favorables,
como la posición en Leo de los benéficos Venus y Júpiter.
Eso explicaría también porque esta mujer tuvo una época
de su vida mucho más afortunada, o al menos eso parece, mientras
estuvo casada con el Príncipe de Eboli, primer ministro de
Felipe II.
Concretamente, la posición de Venus en Leo pudo atraer a su
vida el amor, o en su caso la amistad sincera, de personas muy brillantes
o importantes, desde el mismo Ruy Gómez, que fue su marido,
hasta el propio Rey Felipe 11 o su hermanastro, don Juan de Austria,
o el famoso Antonio Pérez. Esa posición de Venus en
Leo explicarla, en parte, la época tan triunfal y brillante
de Ana de Mendoza en sus años juveniles. Confirmaría
también que pudo ser una mujer muy atractiva o magnética
para el sexo opuesto, y seducir a las principales figuras de la política
española de entonces, o por lo menos influir en ellas.
Pero aunque hubiera tenido el amor de todos ellos juntos podemos afirmar,
casi de manera rotunda, que no fue una mujer feliz, no se sintió
afortunada en el amor, no tuvo la posibilidad de vivir la vida que
deseaba, o incluso no fue correspondida por la persona que verdaderamente
amaba.
Es muy probable que la relación con su marido no fuera un ejemplo
de matrimonio feliz. Sin duda fue una unión de conveniencia,
aunque gracias a ella tuvo la posibilidad de vivir su mejor momento.
Además, entre ellos había una considerable diferencia
de edad, de manera que cuando se casaron, en 1553, ella era aún
una niña y él un hombre maduro, y cuando el príncipe
de Éboli murió, en 1573, tenía 57 años,
mientras que ella tenía solo 33. Teniendo en cuenta el período
histórico en el que sucedió esto, el siglo XVI, un hombre
en la cincuentena debía ser casi un “anciano”.
Además él era el primer ministro de Felipe II, y por
tanto debió ser un hombre frío, calculador, reservado,
sensato y controlado, mientras que ella era una mujer apasionada,
emocional e inestable, como demostró claramente en su viudez.
Todo ello nos hace sospechar que no debió ser un matrimonio
demasiado feliz.
Por lo demás, su unión con Antonio Pérez, si
nos atenemos a las consecuencias, fue un verdadero desastre y la futura
causa de su ruina. Lo más probable es que él la utilizara,
o que se utilizaran mutuamente para sus fines. Pero en caso de que
no fuese así ella debió sentirse profundamente traicionada,
o ver cómo sus sentimientos le llevaban a la desgracia.
Respecto a sus posible amor o amistad con el Rey Felipe II tuvo que
ser dolorosísimo para ella ver cómo alguien a quien
había amado o estimado la llevaba a la cárcel sin ninguna
clase de misericordia y además iba endureciendo su prisión
cada vez más.
En lo que respecta a don Juan de Austria, éste era uno de los
hombres más deseados y atractivos de su tiempo. Si tuvo algún
tipo de relación con la de Éboli sin duda debió
ser una aventura. Por ello, en el caso de que ella sintiese algún
amor por este hombre tan heroico y atractivo, está claro que
no fue correspondido, con lo cual tenemos aquí otro motivo
de sufrimiento.
De todos modos, todo esto son conjeturas pero lo que si aparece bien
claro en su carta astral es que estamos ante una mujer potencialmente
muy desgraciada e ínfeliL Todo lo que incialmente le causó
esperanza e ilusión le trajo posteriormente lágrimas.
Y no cabe duda de que los últimos años de su vida debieron
ser verdaderamente terribles, encarcelada en Pastrana y con todos
sus grandes sueños e ilusiones convertidos en ceniza. No sería
exagerado afirmar que la muerte debió ser para ella una liberación
del dolor y sufrimiento, incluso es muy probable que la deseara ardientemente.
Intelecto
La posición de Mercurio en Géminis indica que Ana de
Mendoza fue, en realidad, una mujer muy inteligente, hábil
y astuta; es muy probable que su inteligencia fuera superior a la
normal. Su gran problema es que en casi todas las ocasiones no pensaba
con la cabeza sino con el corazón. Y es que ante todo nos hallamos
ante una persona muy emocional y también muy impulsiva, dominada
por violentos instintos y también por un inconsciente muy poderoso.
En ella el corazón imperaba claramente sobre la cabeza, y eso
le llevó a cometer muchos e importantes errores. Pero en realidad
era una mujer muy inteligente y perfectamente consciente de la realidad.
También tenía un lado muy intuitivo, debido a la fuerte
posición de Neptuno. Pero ese lado intuitivo debió ser,
precisamente, el que la llevó al desastre, puesto que Neptuno
se encuentra muy afligido en su nacimiento. Probablemente sus sueños
y corazonadas, aunque en algunos aspectos fueran acertadas, finalmente
le llevaron a meterse en la boca del lobo y buscarse su propia desgracia.
Sin duda tenía excelentes aptitudes intelectuales, pero en
realidad le sirvieron de muy poco para su ajetreada vida, porque era
el corazón y no la cabeza el que tenía el timón
de la misma. En realidad casi pudieron servirle más para ver
con gran lucidez cómo se aproximaba su propia desgracia.
Voluntad
También Ana de Mendoza fue una mujer activa y voluntariosa,
el problema es que canalizaba francamente mal sus energías,
y en ese sentido resultaban mucho más destructivas que constructivas.
Aquí podemos encontrar otro de los mayores problemas de su
carta astral.
Un claro ejemplo de esto es la nefasta conjunción entre Marte
y Saturno, que resulta mucho más nefasta aun porque forma un
aspecto disonante con el Sol y también porque forma conjunción
con el Nodo Sur de la Luna. Pues bien, la astrología nos enseña
que el Sol y Marte son los astros relacionados con la voluntad, la
energía vital y la actividad, pero al encontrarse en una posición
tan francamente disonante estas energías actúan de un
modo mucho más destructivo o tienden a paralizarse y bloquearse.
Así mismo, un Sol seriamente afligido por planetas maléficos
puede indicar que la persona tiene una “mala voluntad”,
cosa que ocurre muy a menudo, o que sus propios actos e iniciativas
le llevan a la destrucción.
Sol y Marte muy afligidos también señalan que el nativo
tiene enemigos, ya secretos o declarados, que se oponen frontalmente
a su voluntad o incluso luchan activamente contra ella. Por tanto
es indicativo de un destino muy adverso, en el que la persona puede
conocer el fracaso o la fatalidad.
Incluso si nos atenemos al simbolismo astrológico hasta incluso
podríamos afinar que fue muy positivo que la Princesa de Éboli
no naciera hombre, ya que las peores configuraciones de su carta astral
son, precisamente, las que se relacionan con el Sol y Marte, es decir,
los planetas masculinos. Por tanto, podríamos deducir de ello
que si hubiera nacido hombre es muy probable que su destino hubiera
sido mucho peor o más violento. Pero por otro lado también
podemos deducir que fueron los hombres, como ya sabemos, los que la
llevaron a su ruina y a su dramático final.
Sin embargo, merece la pena comentar la posición de Plutón
en su carta astral, formando muy buenos aspectos con una gran cantidad
de planetas. Esto indica que la princesa era una mujer poseedora de
una enorme energía, resistencia y capacidad de regeneración
interior. A pesar de su carácter soñador, sensible e
inestable, también era una persona capaz de crecerse en los
momentos más difíciles y resurgir de sus cenizas como
el Ave Fénix. En las situaciones más críticas
daba lo mejor de sí misma. Probablemente, a lo largo de su
durísima vida tuvo oportunidad de descubrir que era una mujer
mucho más fuerte y dura de lo que ella misma se creía.
También es muy probable que soportara su terrible sufrimiento
final, encerrada en su prisión, mucho más airosamente
de lo que ella misma creería ser capaz.
El buen aspecto que Plutón forma con Marte y Saturno indica
que probablemente en el final de su vida supo aprender de su errores
y darse cuenta de lo mal que enfocó su vida, incluso es probable
que en esos años postreros llegase a alcanzar una gran evolución
o madurez espiritual y humana. Seguramente en sus últimos años
fue capaz de entender su dolor y sufrimiento.
Espiritualidad
Con este análisis vamos a finalizar este breve acercamiento
a la figura de la Princesa tuerta.
Aunque sabemos que una vez viuda intentó nieterse a la vida
religiosa, en realidad nos hallamos ante una persona que ha nacido
bajo un horóscopo notablemente afligido, y eso también
tiene sus consecuencias hasta incluso en el plano espiritual.
Júpiter y Neptuno son los planetas más vinculados con
los asuntos espirituales. Y en cuanto a Neptuno ya hemos visto anteriormente
que se encontraba muy afligido en su nacimiento, por ello lo más
probable es que sus ideas y sentimientos espirituales fueran bastante
erróneos, imperfectos o irracionales, obedeciendo a impulsos
del instinto o del corazón, o a intuiciones disparatadas.
Por otro lado Júpiter se encontraba en Leo. Eso indica que
nos bailamos ante una persona con notables delirios de grandeza, tanto
en el ámbito mundano como en el espiritual. Seguramente por
eso se enfrentó con santa Teresa y la ninguneó. Probablemente
se creía una santa, mucho mejor y más espiritual que
todos los que la rodeaban.
Aparte de todo esto, las profundas y numerosas disonancias de su carta
astral tuvieron que dificultar gravemente que la princesa pudiera
alcanzar una verdadera espiritualidad, o simplemente un estado de
serenidad y paz interior.
Tal vez fue al final de su vida, ya con sus ilusiones convertidas
en ceniza y la lección de sus fracasos bien aprendida, cuando
pudo aproximarse a un estado de auténtica espiritualidad y
conseguir una verdadera evolución como ser humano, pero en
ningún caso en sus años juveniles o en la época
en que quiso entrar en un convento.
Si Ana de Mendoza era tuerta, bizca o ninguna
de las dos cosas sino todo lo contrario, es uno de los misterios
más enrevesados que aún quedan por resolver de la
vida de esta fascinante mujer de la corte de Felipe II.
Todos los historiadores están de acuerdo en expresar la extrañeza
de que un defecto físico tan evidente pase totalmente desapercibido
a los ojos de los cronistas de la época. Gregorio
Marañón llama la atención incluso de que en
el Diario de la corte que
enviaba una de las damas de Isabel de Valois a la reina francesa
Catalina de Medicis, no aparece una sola mención al defecto
de la Princesa. A sabiendas de la excelente relación entre
Ana y la joven esposa del monarca español, cuya camaradería
iba desde los juegos infantiles hasta seguramente los primeros flirteos,
es insólito no descubrir referencia alguna.
Por todo ello, no es extraño que haya incluso investigadores
que han dudado de su tuertez. Pero como señaló Marañón
"¡ay!, la Princesa era, sí, tuerta y hay que dejarla
seguir su destino histórico con el parche sobre el ojo enfermo."
Y es que, aunque escuetos, sí existen unos pocos testimonios
que hablan del defecto de doña Ana en su ojo derecho.
Quizás es Ana de Mendoza a quien se alude en una carta de
don Juan de Austria a su colega de correrías Rodrigo de Mendoza,
hermano segundo del entonces duque del Infantado, fechada el 5 de
noviembre de 1576. En ella le pide que trasmita: "a mi tuerta beso
las manos y no digo los ojos hasta que yo la escriba a ella a que
se acuerde de éste su amigo,..." La amistad entre la Princesa
y don Juan es clara. Precisamente fue ella quien presentó
al hermanastro del Rey a María de Mendoza, mujer que sí
se convertiría en la amante de don Juan.
Si es difícil encontrar testimonios de una tuerta en la corte
de Felipe II, dos es ya bastante improbable. Por ello, todo parece
indicar que las líneas de don Juan van encaminadas a la princesa
de Éboli.
Poco antes de su cautiverio aparece el apodo de "animal imperfecto"
en algunas de las cartas, lo que puede estar haciendo referencia
a su defecto en el ojo.
Pero la prueba definitiva viene de la mano del prior don Hernando
de Toledo, hijo del duque de Alba, quien en una carta al secretario
de su padre, Juan de Albornoz comentaba: "Anoche, a la una, estaban
unas damas en una ventana tratando de qué traería
el ojo la princesa de Éboli: la una decía que de bayeta;
otra que, de verano, lo traería de anascote que era más
fresco".
Otra prueba de peso la aporta Antonio Pérez en una de las
cartas que escribió en el exilio al conde de Essex y que
hoy se conserva en Londres. En ella, escrita en latín, lengua
con la que se escribía con los diplomáticos ingleses,
Antonio Pérez habla de la princesa doña Ana como un
"cyclops" (Public Record Office -London-, State Papers,
78/38/166), es decir, un cíclope; detalle que nos hace pensar
que efectivamente la princesa de Éboli contaba con algún
defecto en uno de sus ojos. Gregorio Marañón no habló
de estos documentos porque nunca los consultó. Debemos su
estudio al hispanista Gustav Ungerer quien en 1980 los sacó
a la luz.
No obstante, choca descubrir que en
la Relación del viaje a España de Madame
D'Aulnoy (1691), esta escritora francesa no menciona tan
evidente defecto al hablar de la belleza de la Princesa cuando contempla
sus retratos que por entonces estaban en casa del biznieto de doña
Ana, don Rodrigo de Silva y Mendoza, en su palacio madrileño
de Buitrago.
De 1602, diez años después de morir la Princesa, conservamos
manuscritos de la casa de Guzmán en donde se habla de Ana
de Silva y Mendoza, la hija mayor de la Princesa, casada con el
duque de Medina-Sidonia, como "hija del ilustrísimo Señor
Ruy Gómez de Silva, duque de Pastrana y príncipe de
Éboli, y de su ilustrísima mujer" a lo que el amanuense
añade al margen del texto "la tuerta".
A esto hay que añadir, además, las pinturas que su
hijo fray Pedro González de Mendoza mandó realizar
para el convento del Carmen de Pastrana en los que aparece la Princesa
con el parche sobre su ojo derecho. No tiene ningún sentido
que su propio hijo la representara de esta forma si no fuera porque,
efectivamente era tuerta.
Por rizar el rizo, una vez admitido y demostrado que contaba con
un defecto en el ojo derecho, ahora hay que preguntarse ¿qué
defecto era? ¿Era realmente tuerta, bizca o simplemente tenía
el ojo blanco y por coquetería se lo cubría con un
parche?
El padre J. M. Marcha en un artículo titulado "La princesa
de Éboli no era tuerta" publicado en el Boletín de la Sociedad Española de
Excursiones (1944, LII, 55) señala que el parche lo
lucía por simple coquetería y que no era en absoluto
tuerta. Que si nos fijamos en el retrato de la casa del Infantado
podremos ver que a través del parche es posible discernir
la presencia del ojo en perfecto estado y mirando en la misma dirección
que el izquierdo.
Después de un análisis del mismo cuadro, Gregorio
Marañón llega a la conclusión de que se trata
de una nube externa o leucoma. El origen de este defecto pudo estar
bien en un traumatismo, coincidiendo así con la leyenda que
habla del combate con un florete, o debido a una infección
(una queratitis —inflamación del tejido corneal— escrofulosa o sifilítica)
lo que provocaba cierto estrabismo, llevando el ojo derecho hacia
la izquierda. Según Marañón, esto explicaría
la mirada forzada hacia el exterior del ojo sano, el izquierdo,
en relación a la posición de la cabeza.
Realmente son todo especulaciones. Lo mismo sucede con el intento
de conocer cuál fue la causa de este ojo blanco y, sobre
todo, cuándo se produjo.
La presentación de doña Ana en 1553 como novia de
Ruy Gómez de Silva, según podemos leer en la carta
de Juan de Sásamo al secretario del Emperador, y que hemos
comentado más arriba, no hace alusión alguna al defecto.
Muy posiblemente éste se produjera durante su estancia en
Valladolid, bien en la propia ciudad o bien en la cercana Simancas.
Otra de las hipótesis supuestamente documentadas, es que
sufrió una caída desde un caballo que le dañó
el ojo derecho. Al haber tanta distancia en el tiempo entre la no
mención del defecto y sus primeras referencias, resulta absurdo
y quimérico ponerse aquí a establecer posibles causas
y momentos.
ILEGITIMIDAD DE
RODRIGO DE SILVA Y MENDOZA
Hay que reconcoer que la vida de la Pricesa
lo tiene absolutamente todo. Se trata de una mujer con poder, ambición,
fue intrigante, con un físico extravagante y bella al mismo tiempo, madre
de diez hijos y con un protagonismo en la corte de Felipe
II sin igual. Su confraternización con Isabel
de Valois, segunda esposa del Rey, de la que llegó a convertirse
en verdadera amiga íntima, acompañándola en cada
una de las salidas que la joven reina hacía por Madrid y Toledo,
vino a sumar puntos a su favor a una relación con el monarca
ya de por sí excelente. El ser esposa de Ruy
Gómez de Silva, mano derecha del Rey hasta el fallecimiento
del secretatrio en 1573, le abrió las puertas de la corte de
una forma extraordinaria.
Ahora bien, hasta dónde se le abrieron las puertas de la corte
y si éstas llegaban, incluso, hasta la alcoba del monarca,
es algo que solamente podemos especular.
Siempre
se ha insinuado, quizás más por el morbo que conlleva
que por las pruebas históricas que de ello se pueden colegir,
que Rodrigo —el
hijo primogénito de los príncipes de Éboli
a la muerte de su hermano mayor Diego—,
nacido en 1562 y que a la postre heredaría el ducado de Pastrana
a la muerte de su padre, era hijo natural de Felipe II.
Existe un manuscrito veneciano en la Biblioteca Nacional de París
de 1584, y que menciona Gaspar Muro en su biografía de la
Princesa, en el que se deja caer de una forma descarada la paternidad
del rey del II Duque de Pastrana. La leyenda, porque seguramente
en el fondo puede que no sea más que eso, se apoya también
en un hecho llamativo, al menos a los ojos del pueblo. Rodrigo era
rubio, igual que Felipe y al contrario que el resto de sus hermanos
que, hasta donde sabemos, eran de cabello oscuro.
La labor del historiador
es buscar el momento en el que se pudo dar el encuentro y si éste,
finalmente, pudo existir.
En contra de la idea del hijo natural algunos investigadores han
propuesto que es imposible que Ana de Mendoza tuviera relación
alguna con el Rey al encontrarse de postparto y por lo tanto, de
reposo y en casa. Es cierto que en 1561 la Princesa acababa
de dar a luz a su hija mayor, Ana de Silva y
Mendoza. Sin embargo, no sabemos si en reposo, en su casa o
no, lo cierto es que tuvo las fuerzas necesarias ya fuera con su
esposo Ruy o con Felipe para "darse una alegría" y concebir
a quien a la postre sería don Rodrigo, II duque de Pastrana.
El cronista de Guadalajara, Antonio Herrera Casado, señala
siguiendo a Marañón que en aquella época Felipe
estaba de luna de miel con Isabel de Valois de quien estaba enamorado.
Ciertamente, una cosa no quita la otra. No vamos a descubrir nada
nuevo si destapamos casos de personas muy enamoradas de su pareja
y que, por circunstancias de la vida, tienen aventuras con terceros.
Es más, en 1561 la reina Isabel apenas contaba con 14 años.
Sabemos que su primera menstruación no le llegó hasta
después de cumplir los 15, exactamente con 15 años
y 4 meses. En 1561 Isabel de Valois sufrió de viruela por
lo que ni su aspecto físico ni su condición física
debían de estar para muchos juegos amorosos. Por lo tanto,
no es de extrañar que Felipe se buscara los garbanzos fijándose
en Ana de Mendoza o que incluso existiera una atracción común,
cuando la Princesa tenía ya los 21 y era una mujer hecha
de los pies a la cabeza. El contacto con el secretario Ruy Gómez,
esposo de la Princesa, debía de hacer casi continuo el trato
entre ambas familias. Si a esto añadimos que doña
Ana se convirtió casi en una dama de compañía
de la Reina, el trato debía de ser mucho más frecuente
aún.
Los cronistas de la época hablan del gusto por las mujeres
del monarca, algo que siempre ha caracterizado a los reyes de España.
En aquella fecha de principios de la década de 1560, tenía
como amante a Eufrasia de Guzmán, una dama de compañía
de su hermana, la infanta Juana de Austria. Los embajadores de la
época, como Paolo Tiépolo, hablan del gusto del Rey
por la cacería, los torneos y, sobre todo, las mujeres.
Se da la circunstancia de que en esas fechas de 1561/1562 tanto
doña Ana como Felipe se encontraban en la Corte (no olvidemos
además que la Princesa no salió nunca de Castilla);
Corte que comenzaba su mudanza para instalarse ese mismo año
de 1561 en Madrid.
Poco después, en octubre de 1564, en un documento del propio
Ruy Gómez, descubrimos que Felipe se había hecho a
la idea de la fidelidad cuando leemos que los amores del monarca
"casi han cesado, de modo que todo va tan bien que no se puede desear
más". No sabemos en qué grado hay que medir ese "casi"
dicho, todo hay que decirlo, quizá por uno más de
los cornudos de la corte española de la época.
Solamente podemos aceptar
que la leyenda puede tener su fundamento y convertirse en realidad
histórica a partir de un documento inapelable que así
lo demuestre; documento que no ha aparecido ni posiblemente aparecerá.
Como es lógico, los reyes no iban dejando pruebas por escrito
de sus aventuras amorosas con princesas. Por el contrario, si era
su deseo admitir la existencia de hijos naturales se hacía
con todas las de la ley tal y como pasó con don
Juan de Austria, hijo de Carlos V y Bárbara Blomberg
y, por lo tanto, hermanastro de Felipe II o un siglo después
con don Juan José de Austria, hijo de Felipe IV y de la actriz
madrileña llamada la Calderona. El apellido lo dice todo
y, hasta donde sé, no me consta que exista ningún
"Rodrigo de Austria".Ahora bien, si se diera el caso de que apareciera
un documento que, al menos, presentara ciertas dudas al efecto,
es decir, que inclinara la balanza a favor de la creencia de que
Rodrigo era hijo natural del rey Felipe II, se puede hacer una cosa:
no hay más que comparar el ADN de ambos cadáveres,
el del II duque de Pastrana enterrado junto a sus padres en la colegiata
de la villa alcarreña y los restos de Felipe II enterrados
en El Escorial.
© Nacho Ares 2006
|