DATOS BIOGRÁFICOS
Entre
los mayores enemigos de Felipe II se cuenta
uno de sus secretarios más eficientes: Antonio Pérez,
promotor de la Leyenda Negra que corre en torno al Rey Prudente. Pérez
fue legitimado por Carlos I en 1542 como hijo de Gonzalo Pérez
ya que el origen de su nacimiento queda bastante oscuro. Parece bastante
probable que el mencionado Gonzalo Pérez, uno de los más
prestigiosos secretarios de Carlos I y posteriormente de Felipe II,
fuese el padre, siendo acusado por sus enemigos de engendrar a Antonio
durante su etapa de clérigo, lo que don Gonzalo siempre negó.
Esta circunstancia empaña el origen del futuro secretario.
Tras la legitimación, el pequeño Antonio fue llevado
a las tierras de Ruy Gómez de Silva,
príncipe de Éboli, donde se crió hasta iniciar
su formación cuando contaba los doce años. Esa formación
se cuidó especialmente ya que estudió en las más
prestigiosas universidades europeas: Alcalá, Salamanca, Lovaina
y Padua. La cultura italiana le influyó considerablemente ya
que pasó largo tiempo en el país transalpino. Su mentor,
Éboli, le requirió para su traslado a la Corte donde
inició su formación política de mano de su padre,
quien en ese momento ocupaba el cargo de secretario del Consejo de
Estado. Cuando murió Gonzalo, en abril de 1566, Antonio asumió
los asuntos italianos. Felipe II exigió al joven Pérez
que pusiera fin a su vida disoluta y se casara para firmar oficialmente
su nombramiento. Esta faceta de crápula se mantendrá
durante buena parte de la vida de Pérez, aludiéndose
a sus continuos escarceos con la princesa de Éboli, doña
Ana Mendoza. También se haría famoso por el disparatado
tren de vida que acostumbraba llevar, pleno de lujo y ostentación,
para lo que tuvo que recurrir a turbios asuntos cargados de corruptelas
en los que se involucraba presuntamente a su amante. Lentamente Antonio
obtenía la confianza de Felipe II, pasando a ser uno de los
más destacados miembros del partido ebolista enfrentado con
el otro grupo de poder en la corte, los partidarios del duque de Alba.
Tal fue la confianza que don Antonio consiguió del Rey que
colocó a un hombre de su entorno para controlar a don Juan
de Austria. Juan de Escobedo resultó
elegido pero pronto abandonó al secretario para apoyar las
opiniones de don Juan, enviado como Gobernador General a los Países
Bajos. El enfrentamiento con Escobedo provocará la rápida
caída de Pérez ya que, con motivo de una visita oficial
de Escobedo a Madrid enviado por don Juan para recabar mayores apoyos
en su política flamenca, Pérez consideró peligroso
al recién llegado, temeroso de que descubriera su doble juego.
Por lo tanto, don Antonio convenció al rey de que Escobedo
era el instigador de una posible traición de don Juan, por
lo que se decidió su eliminación. Escobedo fue asesinado
en las calles de Madrid el 31 de marzo de 1578. Este error político
fue rápidamente aprovechado por los enemigos de Pérez
que encendieron la sombra de la duda en Felipe. Se inició una
investigación en la que se descubrió la culpabilidad
del secretario. Felipe relevaba a Pérez por el anciano Granvela
y Antonio era detenido y encarcelado el 28 de julio de 1579. La causa
por la que Pérez era enjuiciado se limitaba a asuntos de corrupción,
sin profundizar en el asesinato. El Proceso
Criminal contra él se prolongó en el tiempo y Pérez
fue condenado a dos años de cárcel y diez de destierro
pero, simultáneamente, se inició el proceso por el asesinato
de Escobedo que acabó con la acusación formal y la tortura
del reo. Corría el mes de junio de 1589 y Pérez se vio
perdido, por lo que empezó a pensar en la huida. El 19 de abril
de 1590 llegaba a Aragón acogiéndose al derecho foral,
valiéndose de su condición de hijo de aragonés.
El rey no podía enjuiciar en Aragón a un reo que hubiera
cometido su crimen en Castilla por lo que empleó el único
tribunal que tenía competencias en todo el territorio peninsular:
la Santa Inquisición. Pérez fue acusado de herejía
y se intentó trasladar a la cárcel inquisitorial, lo
que provocó una revuelta en Zaragoza, al ver el joven Justicia
de Aragón Juan de Lanuza como los fueros aragoneses no eran
respetados. Pérez consiguió huir a Francia, pasando
antes por Inglaterra, y Felipe enviaba un ejército a Aragón
que ponía fin a los disturbios y a la vida del Justicia. Una
vez en territorio galo, Antonio Pérez recibió el apoyo
de Enrique IV al poner en manos de éste atractivos proyectos
desestabilizadores para España. El fracaso de los intentos
de invasión francesa motivó el traslado de Pérez
a Inglaterra donde también contó con importantes ayudas,
ofreciendo interesante información que sirvió para el
ataque inglés a Cádiz en 1596. La paz de Vervins (1598)
supuso el final diplomático de Pérez, dedicándose
a la escritura, publicando dos importantes obras que tuvieron un destacado
efecto negativo en la figura de Felipe II: las Relaciones y las Cartas.
Tras intentar obtener el perdón hispano en numerosas ocasiones,
siempre con un resultado negativo, Pérez falleció en
la más absoluta pobreza en París, el 7 de abril de 1611.
Fuente:
www.artehistoria.com
(C) 2001 Ediciones Dolmen, S.L. Todos los derechos reservados.
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¿RETRATOS DE ANTONIO PÉREZ?
Al igual que sucede con la princesa de Éboli y otros protagonistas
de esta historia, no son muchos los retratos que se conservan de ellos.
El que sirve de encabezamiento a este apartado se conserva en la Biblioteca
del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) y aunque sea
anónimo (otros se lo atribuyen a Antonio Ponz, pintor del XVIII),
estamos seguros de que se trata de Antonio Pérez, ya que en
la parte inferior del lienzo viene grabado el nombre del retratado
"Antonius Perez".
Sin embargo uno de los "retratos" más conocidos de
Pérez es, quizá, el que aparece sobre estas líneas
en cualquiera de sus dos versiones, con capa y gorro negros, sujetando
un anillo-sello que le cuelga de una cadena del cuello, en los dedos
de la mano derecha.
El trabajo de la izquierda pertenece a Alonso Sánchez Coello,
pintado en 1585 y que en la actualidad se conserva en una colección
particular de Barcelona y el otro (arriba a la derecha), es una copia
de aquél, conservado hoy en la Casa Ducal de Medinaceli (Toledo).
Pues bien, la historiadora del arte María Kusche propone en
su Retratos y retratadores (Madrid 2003) que quien aparece
en el cuadro no es Antonio Pérez ni Ruy Gómez, a quien
también se le ha atribuido la pintura, sino Carlos Manuel,
duque de Saboya, casado en 1585 con la hermosa Catalina Micaela, hija
de Felipe II e Isabel de Valois.
La prueba más clara está en los dalones del bohemio
que luce el personaje. En él podemos leer una "S"
formando un nudo, el emblema de los Saboya. Además, en cada
una de las tres franjas se pueden leer entrelazadas las letras del
nombre SABOYA, tal y como queda perfectamente claro en el detalle
que reproduzco bajo estas líneas.

Si
a todo esto le sumamos el gran parecido entre este retrato y el anónimo
que se conserva en El Escorial del propio Carlos Manuel, reconoceremos
finalmente que no se trata de la figura de Antonio Pérez sino
del duque de Saboya.

Idéntica polémica podríamos trasladar a la cantidad
inmensa de retratos que se le atribuyen. No hay más que echar
un vistazo a la obra de Gregorio Marañón para descubrir
un buen puñado de ellos, a cada cual más dispar. De
algo sí podemos estar seguros, al menos así lo proponen
los más fiables. Tenía barba y se le suele representar
con un gorro de terciopelo, fieltro o paño. Vaya usted a saber.
Lo que es desternillante es, por ejemplo, el retrato que reproducimos
junto a etas líneas y que se conserva en la Biblioteca Nacional
de Madrid. Allí se puede leer que es de Antonio Pérez.
Quizá en esta imagen se basaron los asesores de la película
La princesa de Éboli
(1955) en la que el papel de Pérez era protagonizado por el
galán mexicano Gilbert Roland...
Fuentes:
María Kusche, Retratos y retratadores, Madrid 2003
(páginas 432-435).
Gregorio Marañón, Antonio Pérez, Madrid
1951.
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ANTONIO PÉREZ: EL ALQUIMISTA DEL REY, por Nacho
Ares
La terrible persecución a lo considerado pagano y herético
durante el reinado de Felipe II contrasta con la realidad social del
momento, una realidad en la que además del propio monarca,
muchos de sus allegados eran fieles seguidores de tradiciones mágicas,
cabalísticas y alquimistas. Éste es el caso de Antonio
Pérez, el secretario más importante del Rey Prudente
cuya vida siempre navegó a contracorriente, haciendo ostensible
muestra de estos conocimientos arcanos.
Antonio Pérez había nacido en Aragón en 1540,
estando familiarizado desde muy joven con el mundo de la política
y la corte. Hijo de Gonzalo Pérez, secretario de Carlos V,
y promocionado por Ruy Gómez de Silva, gracias a su sólida
formación en universidades como Alcalá, Salamanca, Lovaina
y Papua, a la muerte de su padre él mismo pasó a ocupar
los asuntos de Italia, convirtiéndose poco después en
uno de los secretarios más poderosos de Felipe II. Pero el
entuerto que siguió al suceso de Juan
de Escobedo acabó con la confianza que siempre había
puesto el monarca en él, terminando el lance con la huida de
Pérez a Francia, país en el que falleció en 1611.
Existe un vínculo muy claro entre la trayectoria de su vida
y el sello que a modo de símbolo y lacre personal, empleaba
Pérez: un enigmático laberinto con un centauro en el
centro. El centauro lleva un dedo sobre la boca y sobre él
la divisa In Spe, "en espera".
Para Gregorio Marañón, autor de la mejor biografía
escrita hasta la fecha de Antonio Pérez, el significado del
sello del secretario es claro. El centauro es el propio Pérez
en silencio, de ahí el dedo en la boca, y el hallarse en el
interior de un laberinto refleja la complicada tesitura de secretos,
noticias y demás negocios con que Pérez debía
de afrontar a diario en su trabajo en el Alcázar.
La joya era un regalo de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de
Éboli (1540-1592), amiga y para muchos amante del secretario.
Curiosamente, después de todos los problemas acaecidos con
la trifulca de la muerte de Escobedo, Pérez mantuvo los protagonistas
del sello pero cambiando algunos elementos. De esta forma, el centauro
ya no se llevaba la mano a la boca y el trazado del laberinto se había
roto. Por su parte, la divisa ya no era el anterior In Spe sino que
ahora se podía leer Usque ad huc, es decir, "hasta aquí".
Con ello Antonio Pérez quería dejar de manifiesto su
decisión de no seguir guardando los secretos que hasta ese
momento había respetado con celo, revelándolos y salvaguardando
así su seguridad en contra de los ataques de Felipe II.

El propio Pérez así reconocía el significado
de los dos símbolos y explicaba el cambio de elementos: "La
primera [divisa] para mostrar a mi príncipe que sobre tal golpe
de agravio, sobre tal piedra de méritos y esperanzas, en medio
de aquellas pasiones, metido en aquel laberinto de confusión
de ánimo, tendría constante mi silencio y firme mi confianza
in spe, en esperanza de él y de la fe de caballero que me había
diversas veces empeñado. La segunda, para advertirle que, al
fin, llegada la hora, faltando, dijo, lo que digo, se rompería
el laberinto y silencio y que éste duraría sólo
usque ad huc, hasta el punto del desengaño de la esperanza".
Tanto él como sus allegados solían portar este tipo
de insignias con mensaje críptico. Gracias a la documentación
de la Inquisición, sabemos que Jerónimo Martínez,
a la sazón uno de sus secuaces en tierras aragonesas, fue detenido
y acusado por el estamento eclesial al portar otra medalla "con
símbolos y valor prodigioso".
Astrología en la corte de Felipe II
No vamos a descubrir nada nuevo si afirmamos que durante el reinado
del Rey Prudente todo lo relacionado con la magia y la astrología
corría de forma paralela al mayor de los recatos cristianos
por los pasillos de la corte. Es muy posible que durante su estancia
en Inglaterra, Felipe II tuviera contacto con John Dee, famoso astrólogo
luego de la reina Isabel. Incluso hay quien afirma que el propio Felipe
propuso a Dee venir a la corte española para asentarse en ella
y desarrollar aquí sus artes en beneficio de los intereses
del Imperio hispano.
El propio Pérez era una persona muy cercana al mundo de la
astrología. Se sabe que no eran extrañas sus consultas
al astrólogo Pedro de la Hera. Lo que no deja de ser curioso
es que según señala García Mercadal en su monografía
sobre la princesa de Éboli, el mismo Pedro de la Hera trabajó
para los intereses de la familia de Escobedo con el fin de buscar
por medio de los astros quién había sido el causante
de la muerte del secretario de don Juan de Austria. Esta maniobra
fue considerada por Pérez como una traición del astrólogo
ya que, en vez de limitarse a "adivinar" por medio de los
astros, lo que hizo Pedro de la Hera fue desvelar los secretos que
le había desvelado el propio secretario.
La singularidad roza la paranoia cuando descubrimos que Mateo Vázquez,
secretario de Felipe II y enemigo acérrimo de Antonio Pérez,
cuya ayuda a la familia de Escobedo tuvo como resultado la persecución
del antiguo secretario, también estaba familiarizado con las
visitas a Pedro de la Hera. Y digo que son singulares toda vez que
Vázquez era sacerdote y, supuestamente, enemigo de cualquier
tipo de superchería que pusiera en duda las líneas básicas
de la fe católica.
Pues bien, se dice que las bases de la acusación de la familia
de Escobedo contra Antonio Pérez estaban construidas a partir
del testimonio de De la Hera quien afirmó que a Escobedo lo
había mandado matar un gran amigo suyo, que ese mismo amigo
había estado en los funerales de su víctima y que todo
se había hecho por una mujer.
Es cierto que el argumento es prácticamente idéntico
al que corría por los mentideros de la villa madrileña
en aquella época, aunque no deja de ser extraordinaria la fuerza
que un argumento astrológico podía tener en una afrenta
como ésta.
La farmacopea del alquimista
A lo largo de su vida siempre le persiguió la fama de crápula
y afeminado, calificativos que derivaban de su gusto por los perfumes
y el excesivo boato que rodeaba a todo lo que hacía. No en
vano le llegaron a llamar el "pimpollo". La fama de sus
dentífricos cruzó fronteras. Él mismo se vanagloriaba
de que gracias a la eficacia de sus recetas, una extraña agua
que acompañaba a las plumas que usaba para limpiarse los dientes,
pudo conservar todas las piezas hasta una edad muy avanzada, algo
realmente extraordinario para una época en la que a partir
de los 30 muchos no podían lucir una dentadura completa y mucho
menos sana. De ahí viene la creencia de que el palillo fuera
introducido en nuestro vecino país gracias a Pérez.
Pero su destreza en la confección de recetas iba mucho más
allá. Los conocimientos en venenos y especialmente en pócimas
milagrosas, muchas de las cuáles eran diseñadas por
él mismo, venían de la sabiduría adquirida en
la alquimia. Si bien es cierto que no conocemos las fuentes de las
que pudo nutrirse Pérez para acrecentar su interés por
las ciencias y la magia, tampoco nos debe de extrañar su quehacer
en una época en la que, a pesar de la Inquisición, todo
el mundo pensaba que aunque la brujería era una superchería,
"las brujas, haberlas hailas".
Como demuestra la documentación conservada, la especialidad
del secretario eran las quintaesencias conseguidas con la piedra bezoar
de los alquimistas. La piedra bezoar está compuesta de restos
de alimentos, pelo y otros añadidos que se aglutinan en el
interior del estómago de un animal. Desde principios de la
Edad Media se le han atribuido propiedades curativas —su propio
nombre viene del árabe badzehr, que significa antídoto—.
Además, se decía que con esta piedra se evitaba toda
suerte de maleficios, ojerizas y males de ojo. Su importancia fue
tal que la reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603) conservaba en
su tesoro una de ellas como si fuera parte de las joyas de la corona.
Antonio Pérez la empleaba para cualquier enfermedad. Cuando
fue visitado en Madrid en su casa de la plaza del Cordón por
el Justicia de Aragón, éste le comentó los vapores
y desfallecimientos que sufría su mujer. Atento como siempre,
el secretario le preparó un sortilegio con piedras bezoar que
guardaba en un cofre para asistir a la mujer de su amigo.
El negro futuro para Faraón
Durante su exilio en Francia siguió manteniendo correspondencia
con su familia en Madrid. Sabemos, por ejemplo, de una carta enviada
a su hija Gregoria en la que se exponen unas extrañas "tablas"
con las horas de insomnio, tablas de los sentidos del alma, de los
planetas y estrellas y de los elementos, elementos que Marañón
identifica con la mente delirante de un desterrado pero que quizás
tienen más relación con la situación que en esos
años vivía el París del antiguo secretario. Hacía
pocas décadas que Michel de Nostradamus (1503-1566) había
fallecido y su fama como astrólogo y vidente, lejos de decrecer,
había ido en aumento de forma sorprendente. Es más,
se sabe que durante su época de trabajo con Felipe II, Antonio
Pérez hacía gala de un extraño lujo: un astrólogo
de cámara, llamado Pedro de la Hera; un clérigo que
era capaz, decían, de poder leer el porvenir en las estrellas,
algo a lo que en más de una ocasión debió de
agarrarse el secretario para decidir el desenlace de complicados vericuetos
políticos.
Su fecha de nacimiento, el 6 de mayo, hizo que su horóscopo
siempre estuviera vinculado a las Siete Pléyades lo que, como
él mismo llegó a decir en su correspondencia privada,
le permitía "el andar envuelta mi fortuna con reyes y
príncipes y el no haber cosas mías que no traigan consigo
estruendo".
Una vez huido a tierras de Aragón los pronósticos de
sus horóscopos y de los que le hacían llegar sus acólitos,
eran claramente antifelipistas. En una extraña clave judeosionista
el propio Antonio Pérez era identificado en algunos de ellos
con Moisés y el monarca, Felipe II, con el despótico
Faraón sobre el que el poder divino haría caer innumerables
y terribles plagas. Esto es lo que podemos deducir de la lectura del
presagio enviado por Álamos de Barrientos a Pérez en
el exilio, no sabemos si para darle moral, en el que se dice: "Ánimo,
señor, que Dios vela por nosotros; buena va vuestra causa;
plagas vienen sobre Faraón... vuestra merced no desmaye, pues
Dios le toma por sujeto, como a Moisés, para castigar la dureza
de Faraón".
Durante el proceso inquisitorial del secretario también salieron
a la luz numerosos documentos en donde se habían registrado
misteriosos horóscopos que, por más que lo han intentado
muchos historiadores y estudiosos del esoterismo, todavía no
han dado con una respuesta satisfactoria. En uno de ellos podía
leerse "Quien ponga lo que falta/ en este onceno número
pintado/ 10130422500/ puesto en la esfera alta/ mostrara de Felipe
el triste estado/ Y el que Saturno hado/ mostrara que le asalta/ promete
demostrar como gran cosa/ a toda nuestra España provechosa".
CASAS DE ANTONIO PÉREZ EN MADRID
Al igual que sucede con la princesa de Éboli en Madrid, son
muchos los lugares que todavía rezuman la huella del secretario
Antonio Pérez. Las casas principales, su residencia habitual
en la villa, se encontraban cerca del antiguo Alcázar o Palacio
Real. Por un lado, la llamada casa de Puñonrostro se levantaba
en lo que hoy es la plaza del Cordón, detrás de la plaza
de la Villa, a unos metros de la iglesia de San Justo, totalmente
remozada y que nada tiene que ver con la que utilizó Pérez
para acogerse a sagrado en una de sus huídas. En la misma plaza
del Cordón existe hoy una placa que recuerda el lugar exacto
en donde estuvo aquella residencia. En la placa podemos leer: "En
este lugar estuvieron las casas del Cordón donde el secretario
de Felipe II Antonio Pérez vivió desde 1575 y sufrió
cuativerio hasta su fuga en 1585". La calle colindante a lo que
serían las casas del Cordón hoy recibe el nombre de
calle de Puñonrostro.
Por otro lado, no lejos de allí, en la actual calle de Santa
Isabel, muy cerca de lo que hoy es el Museo de Arte Contemporáneo
Reina Sofía, estaba la llamada "Casilla" de Antonio
Pérez, una finca en la que también residía de
vez en cuando. Al igual que ha sucedido con las casas de la plaza
del Cordón, de la Casilla no se conserva resto alguno.

EL CASO ANTONIO PÉREZ,
por José Antonio Molero
Una de las figuras españolas más discutidas y peor comprendidas,
contradictoriamente objeto de los más formidables panegíricos
y alabanzas y de los más exacerbados odios y críticas,
ha sido, sin duda alguna, Felipe II, hasta el punto de que fue llamado
por sus enemigos ‘el Demonio del Sur’. Aun todavía,
este monarca, cuyo nombre llena de pleno derecho una de las más
brillantes páginas de la Historia moderna universal, ha sido
y continúa siendo motivo de múltiples estudios en uno
y otro sentido.
Felipe II ha sido, en efecto, uno de los monarcas más atacados,
criticados y calumniados de toda la historia y, como se sabe, la ‘leyenda
negra’ antiespañola que se forjó en los reinos
de la Europa del Norte durante la segunda mitad del siglo XVI fue,
en gran parte, una leyenda antifilipina.
1. Pilares y temas de la leyenda negra antiespañola
Los orígenes y desarrollo de la leyenda negra pergeñada
contra España se apoyan fundamentalmente en estos tres pilares:
1. El libro Exposición de algunas mañas de la Santa
Inquisición española, editado en 1567, obra de Reginaldo
Gonzalo Montanés, un protestante español refugiado en
Francfort y protegido por los príncipes alemanes partidarios
de la Reforma luterana, muy traducido durante la segunda mitad del
siglo XVI al inglés, alemán, francés y holandés.
2. La malévola explotación, a partir de 1578, de algunas
obras de fray Bartolomé de las Casas, particularmente la titulada
Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
3. La Apología, de fines de 1580, obra de Guillermo de Orange,
que será a su vez punto de partida de numerosos libelos franceses,
ingleses y alemanes.
Esta serie de libelos desarrolla tres temas principales:
a) Acusación, entre otras cosas, de haber asesinado a su tercera
esposa Isabel de Valois y a su hijo don Carlos, y de vivir amancebado
con su hermana doña Juana, viuda del príncipe Juan,
heredero del trono de Portugal.
b) Acusación de fanatismo y crueldad a través de la
Santa Inquisición.
c) Denuncia de las atrocidades cometidas por los españoles
en la conquista de América.
Estos tres temas pueden reducirse a uno solo: el fanatismo religioso
identificado con España y su monarca, enemigo implacable del
protestantismo y declarado campeón de la Contrarreforma.
2. Felipe II y su momento histórico
Felipe II, al suceder en el trono a su padre Carlos I de España
y V emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, estaba destinado
desde la cuna a un protagonismo de primer orden en una lucha tenaz
y prolongada entre los principios religiosos del Catolicismo y de
la Reforma, y los de la autoridad y de la libertad; a encarnar en
su persona la idea de la unidad religiosa y monárquica y, al
mismo tiempo, a ser el símbolo de una España exaltada
a la cumbre de su poderío y saber, que veía cómo
se acrecentaban con nuevas conquistas sus inmensos dominios, "en
los que nunca se ponía el Sol".

Teniendo en cuenta la realidad histórica de Felipe II, ¿cómo
puede extrañarnos que, por un lado, los escritores españoles
de los siglos XVI y XVII, cuyos sentimientos, creencias y aspiraciones
se identificaban con los del Rey Prudente, sólo tuviesen para
éste himnos de alabanza, tal vez desmedidos en ocasiones? Y
por otro, ¿por qué extrañarnos de que los historiadores
extranjeros, singularmente los protestantes, cuyas doctrinas religiosas
y políticas eran del todo opuestas a las del monarca español,
calumniasen sus actos y su persona y envolviesen su nombre execrado
con el nimbo fatídico de algo monstruoso, cruel y perverso?
3. Dos criterios enfrentados
Ésta es la explicación de que alrededor de Felipe II
se hayan forjado dos concepciones históricas opuestas, pero
ambas también incompletas:
una, la que han ido trazando los suyos, que ha tendido, por lo general,
más a la admiración y a la disculpa que a la exposición
concreta de los hechos;
y otra, la escrita por sus enemigos en las batallas y rivales en sus
pretensiones, que hace alardes de aquella conocida sentencia que nos
advierte de que «la historia es una conspiración constante
contra la verdad».
4. Crítica objetiva y perspectiva histórica
Para
juzgar objetivamente a un hombre se hace necesario tener en cuenta
el siglo en que vivió, las circunstancias y las dificultades
que tuvo que arrostrar y contra las que tuvo que luchar, sus grandezas
y sus miserias, sus aciertos y sus errores, y —cómo no—
los prejuicios de su época.
¿Qué se ha hecho de este principio histórico
elemental? A Felipe II se le juzga desligado del ambiente, de los
métodos y preocupaciones de su tiempo; se le procesa en el
marco de las ideas y pensamientos de la sociedad actual y se le condena
porque veía y apreciaba de distinto modo lo que nosotros vemos
y apreciamos con ojos y valores de cuatro siglos después.
Soy de la opinión de que un criterio mediatizado por el rencor,
el resentimiento y la envidia tan sólo conduce a la inopia
intelectual, que es tan acientífico como injusto y que otorga
poco rigor a los estudios históricos, porque ¿acaso
pueden juzgar de idéntica manera un mismo hecho el protestante,
el racionalista, el ateo, el español o el inglés, cuyas
teorías religiosas y políticas difieren tanto entre
sí? De aquí que nazca necesariamente una crítica
insegura, unas conclusiones inexactas, un concepto variopinto y poco
convincente que a nadie convence y todos refutan, por falta de un
fundamento sólido e inmutable.
Es indudable que los hombres del siglo XVI creían perfecto
o, por lo menos, necesario por entonces —a falta de otro mejor—
su sistema de juzgar y de proceder, del mismo modo que nosotros creemos
perfecto el nuestro. ¿Puede afirmarse con toda legitimidad
que no lo sea efectivamente? ¿Quién nos certifica que
la Humanidad, en su constante progreso, o, si se prefiere, en sus
múltiples y continuadas variaciones, en su perpetuo flujo y
reflujo, no haya de creer, andando el tiempo, injusto, erróneo,
equívoco, incompleto y no definitivo nuestro actual criterio
en muchos asuntos?
Evidentemente —y esto hay que tenerlo muy presente antes de
concluir esta parte—, no es intención de quien escribe
estas líneas tratar de poner en duda los eternos principios
de la Justicia y de la Moral, según los cuales todo acto malo
es reprobable y digno de execrarse, como, por el contrario, lo bueno
es siempre merecedor de alabanza y galardón.
Sentados estos principios, que juzgo necesarios para no dejarse fascinar
por argumentos más aparentes que reales, paso a valorar una
de las acusaciones que se han vertido contra Felipe II, con la intención
de ir retomando, en escritos posteriores, aquellas otras, también
consideradas inexactas y equívocas, a la luz de nuevos estudios
basados en criterios metodológicos más objetivos e imparciales.
5. El caso "Antonio Pérez"
De las crueldades que se le atribuyen a Felipe II, me ocuparé
en este escrito de la implicación que pudiera tener el monarca
en el asesinato de Juan de Escobedo, acusación esta poco conocida,
pero no por eso menos vejatoria e imprecisa que las otras.
Como sabemos, Felipe II comenzó su reinado con la abdicación,
en 1556, de su padre,
En efecto, uno de los asuntos que ha dado lugar a más falsedades
contra la figura de Felipe II es lo ocurrido con su secretario Antonio
Pérez. Revisemos lo sucedido a la luz de las más recientes
investigaciones que se han llevado cabo sobre la figura de este monarca.
Antonio
Pérez fue legitimado por Carlos I en 1542 como hijo de don
Gonzalo Pérez, uno de los más prestigiosos secretarios
del emperador y, posteriormente, de Felipe II, ya que el origen de
su nacimiento quedaba bastante oscuro. Resulta muy probable que el
citado Gonzalo Pérez fuese realmente quien lo engendrara durante
la etapa en que ejerció como clérigo, como así
puede deducirse de las reiteradas acusaciones de sus enemigos en tal
sentido, que don Gonzalo siempre negó. Esta circunstancia empañó
el origen de Antonio y determinaría su carácter de persona
desconfiada y envidiosa y de político intrigante y ambicioso.
Legitimado ya el pequeño Antonio por el emperador, fue puesto
bajo la custodia del portugués Rui Gómes de Silva, príncipe
de Éboli, en cuya mansión fue criado y protegido por
este noble hasta que se decide el inicio de su formación, cuando
contaba los 12 años. La formación del niño se
cuidó con esmero, ya que estudió en las más prestigiosas
universidades europeas: Alcalá, Salamanca, Lovaina y Padua.
La cultura italiana le influyó considerablemente, pues fue
el país transalpino en donde pasó más tiempo.
Su mentor, el príncipe de Éboli, le requirió
para su traslado a la corte, donde iniciaría su formación
política de mano de su padre, quien en ese momento desempeñaba
el cargo de secretario del Consejo de Estado. A la muerte de don Gonzalo,
en abril 1566, Antonio asumió la responsabilidad de la parte
de la Italia española.
6. La princesa de Éboli
Sabedor el rey Felipe del disparatado tren de vida, pleno de lujo
y ostentación, que llevaba el joven Antonio Pérez en
el Madrid imperial, exigió a su secretario que pusiera fin
a vida tan disoluta y se casara, para firmar oficialmente su nombramiento.
Esta faceta de crápula la mantendrá Antonio Pérez
durante buena parte de su vida, quien, una vez secretario, se entrega
a los brazos (y a la cama) de la princesa de Éboli, doña
Ana de Mendoza y la Cerda (1540-1592), viuda ya de don Rui Gómes,
el mentor de Antonio Pérez.
Por su educación, doña Ana tuvo un carácter orgulloso,
dominante y altivo, pero también voluble, rebelde y apasionado,
todo lo cual le venía dado por sangre de los antiguos Mendozas.
De la infancia de esta mujer, no hay noticias destacadas, salvo aquella
que dice que era tuerta. En torno a esta lesión física
hay una leyenda que atribuye la pérdida del ojo a una caída
del caballo o a la práctica de esgrima, pero este dato no es
fiable; quizás no fuera tuerta, sino bizca. Sea como fuere,
lo cierto es que quienes la conocieron alabaron su belleza, a pesar
del parche negro que la adornaba. Por otra parte, Antonio Pérez
acrecentó aún más si cabe su fama de persona
dada a los lujos, alegres reuniones y opíparos festines, para
cuyo mantenimiento se vio obligado a recurrir a turbios asuntos cargados
de corruptelas en los que la Historia involucra presuntamente a su
amante doña Ana de Mendoza.
7. Juan de Escobedo
Aunque lentamente, Antonio Pérez había ido ganándose
la confianza de Felipe II, pasando a ser uno de los más destacados
miembros del partido ebolista, enfrentado con el otro grupo de poder
en la corte, los partidarios del Duque de Alba. Tal fue la confianza
que don Antonio consiguió del rey, que le encargó la
elección de una persona de su entorno para espiar a su hermanastro
don Juan de Austria (1545-1578), que aspiraba a tener su propio reino,
contrayendo matrimonio con María Estuardo, reina de Escocia,
reino que ampliaría luego apoderándose de Inglaterra.
Resultó elegido don Juan de Escobedo, otro protegido, al igual
que Antonio Pérez, del difunto príncipe de Éboli.
Pero parece ser que, al conocer Escobedo las relaciones que Pérez
mantenía con la viuda de su protector, censuró su comportamiento
y decidió abandonar al secretario para apoyar las opiniones
de don Juan, que por entonces el rey había destinado a los
Países Bajos como Gobernador General.
El enfrentamiento con Escobedo provocó la pronta caída
de Pérez, que, herido en su amor propio, decidió perder
a su amigo. La ocasión para su venganza se le presentó
con motivo de una visita oficial que Escobedo hizo a Madrid, enviado
por don Juan para recabar mayores apoyos en su política flamenca.
Don Antonio acusó a Escobedo ante Felipe II de fomentar los
ambiciosos planes de poder de don Juan de Austria. El rey se dejó
convencer por su secretario y, según posteriores declaraciones
de éste, le autorizó a que atentara contra la vida de
Escobedo, que resultaría muerto a estocadas por asesinos pagados
en una calle de Madrid el 23 marzo de 1578. El clamor popular inculpó
del asesinato a Pérez y la familia de Escobedo pidió
justicia ante el rey.
Este
error político fue rápidamente aprovechado por los enemigos
de Pérez, que suscitaron la sombra de la duda en el ánimo
del monarca. Felipe II, recelando que había sido juguete de
las intrigas de su secretario, le mandó prender. Se inició
una investigación en la que se descubrió la culpabilidad
del secretario. Felipe relevó a Pérez por el anciano
cardenal Nicolás Perremot de Granvela (1517-1586) y Antonio
era detenido y encarcelado el 28 de julio de 1579.
La causa por la que Pérez fue enjuiciado se limitaba a asuntos
de corrupción, sin profundizar en el asesinato de Escobedo.
El Proceso Criminal se prolongó
once años, sin que se llegase a nada concluyente. Pérez
fue condenado a 2 años de cárcel y 10 de destierro,
pero, simultáneamente, se inició el proceso por el asesinato
de Escobedo, que acabó con la acusación formal y tortura
del reo. Corría el mes de junio de 1589 y Pérez se vio
perdido, por lo que comenzó a pensar en la huida.
8. Antonio Pérez y los Fueros de Aragón
Incomprensiblemente, Antonio Pérez logró fugarse de
su cárcel de Madrid, y el 19 de abril de 1590 llegaba a Aragón,
buscando amparo, valiéndose de su condición de hijo
de aragonés, en los fueros de aquel antiguo reino, donde, en
virtud del privilegio de manifestación, se puso bajo la protección
del Justicia foral, don Juan de Lanuza. No obstante, el magistrado
ordenó su reclusión en una cárcel de Zaragoza.
Legalmente,
el rey no podía enjuiciar en Aragón a un reo que hubiese
cometido su crimen en el reino de Castilla, por lo que recurrió
al único tribunal que tenía competencias en todo el
territorio peninsular, la Santa Inquisición. Por presión
real, Antonio Pérez fue acusado de herejía y se dispuso
su traslado a una cárcel inquisitorial, sin que previamente
hubiese dado su consentimiento el Justicia de Aragón, que interpretó
tal decisión como una agresión a los fueros aragoneses.
Con gran habilidad, Pérez consiguió unir su causa a
la del respeto a los fueros, y haciéndose pasar por víctima
del rey, soliviantó a su favor al pueblo zaragozano, que exigió
violentamente de los inquisidores la libertad del reo, en medio de
una insurrección que propició la huida a Francia del
acusado. Felipe II envió un ejército a Aragón,
que puso fin a los disturbios y, considerando a don Juan de Lanuza
culpable de lo ocurrido, mandó procesarlo. Lanuza fue decapitado
en Zaragoza y muchos nobles murieron en las cárceles. Después
modificó y limitó las atribuciones de los fueros de
Aragón, e hizo que el cargo de Justicia del reino fuera, en
adelante, de nombramiento real.
9. Traiciones y libelos
Una vez en territorio galo, Pérez recibió el apoyo de
Enrique IV, acérrimo enemigo del rey Felipe, protección
que él pagó revelando traidoramente secretos de Estado,
al poner en manos de éste atractivos proyectos desestabilizadores
para España. El fracaso de los intentos de invasión
francesa motivó el traslado de Pérez a Inglaterra, donde
también contó con importantes ayudas, ofreciendo interesante
información que sirvió para el posterior ataque inglés
a la plaza de Cádiz en 1596.
Pero el Tratado de Vervins (1598), que dio fin a las guerras de religión
en Francia, supuso el final diplomático de Pérez, que
se dedicó a la escritura, llegando a publicar dos importantes
obras que tuvieron un destacado efecto negativo en la figura de Felipe
II: las Relaciones y las Cartas, otra base originaria de la injusta
leyenda negra formada contra aquel monarca y contra España.
Muerto ya Felipe II, Antonio Pérez intentaría obtener
el perdón hispano en numerosas ocasiones, siempre con resultado
negativo, hasta que falleció en la más absoluta pobreza
en París, el 7 de abril de 1615.
La Historia, que ya tiene suficiente perspectiva para juzgar serenamente
al Rey Prudente, ha tenido que reconocer no sólo las inexactitudes
de muchas de las calumnias que se han vertido contra su persona, sino,
además, su gran superioridad moral y política sobre
los demás gobernantes de su época.
BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel (1998): Felipe II y su
tiempo. 2.ª ed., Ed. Espasa Calpe, Madrid.
LYNCH, John (1997): La España de Felipe II. 1.ª
ed., Ed. Crítica, Barcelona.
MARAÑÓN, Gregorio (1954): Antonio Pérez.
7.ª ed., Madrid, 1963; 2 tomos.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón (s.f.): Historia de España.
Ed. Espasa Calpe, Madrid; tomo XXII.
Extraído íntegramente de:
http://www.gibralfaro.org/historia/casoaperez.htm