Cuadros e Imágenes
Actualiazado 23-7-2007
Sorprende la escasez de retratos que han llegado hasta nosotros con visos de ser identificados con la princesa de Éboli. Y digo con visos ya que, a pesar de todo, no hay indicios definitivos, al faltar documentación y estar las obras sin firmar, de que los cuadros pertenezcan a doña Ana. No obstante, el denominador común a todos ellos, la presencia del parche sobre el ojo derecho, hace pensar al total de los investigadores que, efectivamente, se trata de la Princesa.
Ana de Mendoza, 65 x 48 cm. Óleo sobre lienzo.
Anónimo, ca. 1600.
Es quizás el más conocido de todos los retratos atribuidos a
doña Ana de Mendoza. Fue adquirido por la casa del Infantado (Madrid)
a la orden de los Jesuitas —herederos de la Princesa—. Como me
apunta el profesor José
Luis García de Paz, el viaje del cuadro por los derroteros de la
Historia no es menos curioso. Al parecer el duque de Osuna le entregó
el ducado de Pastrana a Manuel de Toledo, hijo ilegítimo del XIII Duque
del Infantado, hombre beato, al igual que su mujer, que abandonaron este mundo
sin descendencia. Fue precisamente él quien legó todo su patrimonio
a la Iglesia —de ahí que los jesuitas heredaran el estupendo
colegio que hoy tienen en Madrid, en la plaza del Duque de Pastrana—,
así como el palacio ducal de Pastrana, que luego pasó a poder
del obispado de Toledo y a la Universidad de Alcalá en la actualidad.
El retrato de doña Ana fue adquirido por el duque del Infantado hacia
1950, quien se dedicó a adquirir y comprar objetos y posesiones que
fueron anteriormente de los Infantado.
De esta forma, se puede decir que siempre ha estado en manos de la casa del
Infantado, unida por matrimonio a los Mendoza desde 1630, de lo que es sencillo
deducir que, efectivamente, se trata de un retrato real de la princesa de
Éboli.
En palabras de Valentín Carderera (Madrid 1855) en su Iconografía
española menciona que el retrato "...tenía la tez
muy blanca, el ojo entre castaño y negro, negra también es su
cabellera, prominente y rizada como la de algunos retratos de la hija de Felipe
II, con cintas blancas recortadas en la cima. (...) El vestido, de seda negro,
enriquecido con pasamanos o alamares de lo mismo: del cuello (bajo una prominente
lechuguilla de abanillos) cae una sarta de perlas, y desde los hombros cae
un velo de crespón blanco que a veces tenía su nacimiento en
lo alto de la cabellera, afianzado en el cogote y terminaba por delante sujeto
con un joyel pendiente".
En muchos libros se puede ver que es obra de Alonso Sánchez Coello
(1531-1588), pintor de cámara de Felipe II y ante cuyo caballete desfilaron
los personajes más importantes de la Corte. No obstante, existen una
serie de elementos que no encajan con la pintura de este artista valenciano.
La obra de Sánchez Coello se caracteriza por el detallismo y la pulcritud
en marcar todos y cada uno de los elementos que conforman vestidos, tocados,
adornos, etc. No encaja, pues, que el vestido esté apenas esbozado,
con unas pocas manchas de color blanco sobre el pecho.

En su momento, el pintor Javier Cámara
me señaló también algunos detalles técnicos que
no encajan, en absoluto, con la obra de un pintor de la talla de Sánchez
Coello. Uno de los más llamativos es el hecho de que la nariz aparezca
casi de perfil y los ojos de frente, error impensable en un pintor de cámara.
Además, si observamos el retrato de doña Ana, descubrimos que
debió de ser pintado hacia 1560, cuando contaba con 20 años
de edad. En esta época, ni siquiera en las décadas venideras,
las mujeres lucían golas de abanillos como la que muestra al cuello
doña Ana. Para tener una idea general de cómo lucían
las mujeres nobles en esta época, podemos echar un vistazo a la Galería
inventada de retratos de la Princesa que propongo al final de esta
sección. En ella podemos ver que ninguna de las mujeres porta una gola
tan emperifollada como ésta, sino que son mucho más pequeñas
y elegantes.
En cualquier caso, el retrato seguramente debió de hacerse antes de
ser encarcelada en 1579. Tampoco en esta época la moda anunciaba el
lucimiento de estas enormes golas. Por ello, descarto la posibilidad de que
se trate de un trabajo de Alonso Sánchez Coello. No hay más
que echar un vistazo al magnífico catálogo de María Kusche
sobre la obra de este pintor y su época, para desligar al instante
cualquier tipo de complicidad (M. Kusche, Retratos y retratadores,
Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico, Madrid
2003).
Entonces, ¿de quién es? Muy posiblemente, como ya anunció
Gregorio Marañón, se trata de un cuadro encargado por la casa
del Infantado, realizado en el último tercio del XVI o principios del
XVII a partir de un antiguo cartón o boceto en el que estaba grabado
el retrato de doña Ana y que un pintor, hoy desconocido, acomodó
a los usos y costumbres de su época, añadiendo así la
gola que luce la princesa al cuello. Porque si de algo no tenemos que tener
ninguna duda es que éste es el rostro de Ana de Mendoza, princesa de
Éboli.
La ubicación actual de este primer retrato original es hoy todo un
misterio. Alguna leyenda urbana lo ha llegado a colocar en la antigua colección
del castillo de Ambras (Austria), hoy en el Museo
de Historia del Arte de Viena. Allí hay una magnífica colección
de más de 1.000 retratos, de igual tamaño (13 por 10 centímetros),
en la que podemos encontrar varios Austrias españoles pero, como me
hizo saber el conservador de la colección, el Dr. Karl Schütz,
no hay ni rastro de doña Ana de Mendoza. Quizás la idea de un
retrato en miniatura en la casa del Infantado (Infantado 90), el mismo que
la docotra Kusche señala como perteneciente a la princesa y del que
hablo al comienzo de este apartado, hiciera nacer la leyenda sobre una miniatura
de la Princesa.
Basados en este popular retrato de la Princesa están dibujados los
grabados de Bartolomé Maura de 1874 (abajo a la derecha), que aparece
en la obra de Gaspar Muro, y el de Carderera (abajo
a la izquierda), publicado en 1855 en su Iconografía española.
No hay más que ver los dos grabados para descubrir la poca destreza
de nuestros artistas decimonónicos reproduciendo los rasgos del original.
Incluso comparando uno con otro grabado, cualquiera diría que proceden
del mismo modelo. Como bien señaló Marañón, el
de Carderera presenta a una mujer hecha y derecha y el de Maura a una niña
con aspecto bobalicón. Estoy convencido de que Maura nunca vio el original
sino que se limitó a copiar a Carderera. Curiosamente el de Maura (abajo
a la derecha) me recuerda a la infanta Elena de Borbón.


Gregorio Marañón en su libro Antonio Pérez, hablando de los retratos de la Princesa menciona una minuatura (a la izquierda) conservada en la colección del Marqués de Casa Torres. Se trata de una obra procedente de la casa de Osuna fechada entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, inspirada claramente en el retrato de la casa del Infantado.
LAS RESTAURACIÓN
El retrato de la gola, el más conocido
de la Casa del Infantado, necesitaba después de muchos siglos una limpieza.
Este trabajo se llevó a cabo recientemente. Como vemos en la fotografía
de abajo, en la que se dispone un antes y un después del estado del
retrato, sin lugar a dudas, en líneas generales ha ganado notablemente
en vistosidad.

No obstante, si vamos al detalle encontramos algunos problemas. La restauración y limpieza moderna de este famoso retrato ha pecado de celo en su trabajo, destruyendo algunos elementos que por desgracia han desaparecido del cuadro. Seguramente por el empleo desmedido de nitrato de amonio, el retrato de doña Ana ha perdido para siempre los brillos del oro de los pendientes. Más decepcionante si cabe es descubrir que el interior de las gotas de cristal que forman dichos pendientes están ahora vacías cuando antes de la limpieza dejaban ver claramente los enjoyes de oro. El mismo sistema abrasivo puede observarse en las perlas del cuello, los labios, las luces y sombras del parche, etcétera. Todo ello da al retrato un aspecto excesivamente azulado que contrasta con el vetusto y sucio anaranjado que siempre había tenido el cuadro. Ni una cosa ni la otra.

Ana de Mendoza, 79 x 61 cm. Óleo
sobre lienzo. Anónimo, ¿s. XVI-XVII?
Perteneciente también a la casa del Infantado (Sevilla), esta pintura
salta a ojos vista que es una revisión del retrato comentado anteriormente
y que nada tiene que ver con la época y el momento en que vivió
la princesa. Tanto el escotado vestido como el tocado que porta la dama adelantan
el momento del trabajo a bien entrado el siglo XVII. Se desconoce su autoría
y los detalles que rodearon a su ejecución.

Hasta hace poco yo pensaba, y así lo expresé en esta página,
que se trataba de una obra más anecdótica que otra cosa y que,
salvo la importancia que debió de tener doña Ana en la familia
Mendoza tiempo después, el retrato de las rosas poco aportaba al verdadero
conocimiento de su persona. No sé si al conocimiento o a qué,
pero un nuevo estudio de este cuadro podría dar un giro a su valor.
En el año 1989 María Kusche publicaba en la revista Archivo
Español de Arte, (número 248, páginas 391-420) el
artículo “Sofonisba Anguissola en España. Retratista en
la corte de Felipe II junto a Alonso Sánchez Coello y Jorge de la Rua”.
En él trazaba las pautas para presentar una hipótesis interesante
sobre este retrato que, he de reconocer, a mí me ha convencido en gran
parte. Sofonisba fue pintora de cámara de Isabel de Valois, además
de ser profesora de pintura de la propia reina. Según la doctora Kusche
este retrato que hoy se conserva en la casa del Infantado de Sevilla podría
pertenecer al pincel de Sofonisba Anguissola. Son muchos los detalles técnicos
que así lo parecen demostrar. El traje, uno de los contratiempos que
más ha mortificado a los estudiosos, podría encajar perfectamente
en la vestimenta campestre del siglo XVI. Para esta experta en el retrato
y la pintura de corte del XVI, el traje de pastorcilla que aquí luce
la princesa de Éboli es una apoteosis de la maternidad. La idea encaja
si lo enlazamos con la amistad que tenía Isabel de Valois con doña
Ana, lo que retrasaría la fecha del cuadro a los primeros años
de la década de 1560. Con ello se puede señalar que éste,
el de las rosas, fue el primer retrato de doña Ana, del cual se copiaron
posteriormente tanto el de la gola como los otros hoy conocidos de doña
Ana.
¿Dos nuevos retratos de la princesa de Éboli?
Ya ha salido a la venta mi libro Éboli.
Secretos de la vida de Ana de Mendoza, una biografía en la
que aporto algunas ideas nuevas sobre la princesa de Éboli. Entre ellas
esta la presentación de dos posibles retratos de doña Ana de
Mendoza de joven en los que aparece sin parche. Gracias a las encomiables
aportaciones de la doctora María Kusche, experta en la pintura de esta
época y en los retratos de corte de Felipe II, podemos ver por primera
vez la imagen de estos dos retratos.
El primero de ellos, y que propongo aquí por primera vez, es un retrato
en miniatura de una niña de unos 13-14 años, que María
Kusche descubrió hace años en la casa del Infantado. Tiene 16
por 11,5 centímetros y está pintado sobre tabla. La cría
lleva el pelo recogido hacia atrás y luce una gola corta bajo la cual
pende un collar doble de perlas, elementos todos ellos empleados en las indumentarias
femeninas de mediados del siglo XVI. El vestido es negro y el acuhillado del
pecho deja ver la parte inferior de color rojo. En la parte de atrás
aparece escrita la atribución desde antiguo a Alonso Sánchez
Coello. La doctora Kusche señala que la joven del retrato es una chica
de unos 24 o 25 años por lo que debió de ser piontado a mediados
de la década de 1560. Yo, sin embargo, no estoy de acuerdo (y mira
que aprecio a María...). Creo que el aspecto aniñado del retrato
nos hace pensar en una adolescente de apenas 13 o 14 años. Quizás
se trate de un retrato hecho para el casamiento de doña Ana con Ruy
Gómez en 1553.

Lo que propongo aquí es una reconstrucción (izquierda) a partir del original sin parche (derecha). La similitud de la niña con el retrato de doña Ana que todos conocemos es muy grande. Según la doctora Kusche el retrato miniatura bien podría tratarse de un trabajo de la italiana Sofonisba Anguissola, no de Alonso Sánchez Coello a quien no se le conoce trabajo alguno sobre table.
En segundo lugar está un retrato atribuido hasta hace poco al mismo Alonso Sánchez Coello y que de igual modo la doctora Kusche achaca al pincel de Sofonisba Anguissola. Se trata de un óleo sobre tabla de 26 por 28 centímetros, procedente de las colecciones reales. Esta Joven desconocida se conserva en la actualidad en el Museo del Prado de Madrid aunque no está en exposición (1140). Debió de ser pintado hacia 1567 por lo que de ser la princesa de Éboli, aquí tendría unos 27 años de edad. Curiosamente lleva la misma diadema que la princesa luce en los cuadros que se conservan en el convento franciscano de Pastrana.

La reconstrucción que aquí
propongo sigue la misma línea que la anterior. A la derecha está
el original y a la izquierda la reconstrucción que he hecho añadiéndole
un parche. Si bien su semejanza con el retrato más conocido es menor,
sí llama la atención que esta joven sea muy similar a la niña
retratada en la miniatura de la casa del Infantado que también la doctora
Kusche identifica con doña Ana de Mendoza.
Si son o no estas dos jóvenes la princesa de Éboli es difícil
de saber, pero la propuesta de María Kusche a mí me parece de
lo más sugerente para tenerla muy en cuenta. Vayamos ahora con los
cuadros más conocidos de la casa del Infantado y que todos aceptan
como la princesa de Éboli.
Museo
Franciscano
(Convento del Carmen o de San Pedro, Pastrana)
Santa Teresa de Jesús da el hábito a Juan Narduch y Mariano Azzaro. Óleo sobre lienzo, 243 x 161 cm. Escuela madrileña, s. XVII. Museo Franciscano, Pastrana (Guadalajara).

La escena se desarrolla en el oratorio del palacio ducal
de Pastrana. En un primer plano permanecen a la derecha de la imagen el matrimonio
de los príncipes de Éboli, Ruy Gómez y Ana de Mendoza.
Tras ellos podemos ver a Isabel de Santo Domingo y Antonia del Águila.
Y con el hábito blanco, a la izquierda del cuadro, se encuentra el
padre Baltasar Nieto y el llamado "gallardo mozo" de Pastrana, con
barba, vestido aquí de negro y con gola, el futuro venerable fray Gabriel
de la Asunción
Esta pintura, como ha apuntado Gregorio Marañón, seguramente
fue realizada tiempo después de fallecer la Princesa por su hijo fray
Pedro González de Mendoza
(1570-1639), de nombre de nacimiento Fernando, y que llegó a ser obispo
de Sigüenza.
Para confeccionar el retrato parece que el artista empleó el mismo
modelo que se usara para pintar el retrato de la casa del Infantado, el que
todos conocemos de la Princesa. Sus protagonistas portan ropas que no son
anacrónicas a la fecha en la que debió de suceder la escena
(ca.1570). No obstante, si damos la vuelta a la tortilla también pudo
ser lo contrario. Quizá estos cuadros mandados, también quizá,
por fray Pedro fueron la fuente que utilizó el artista que en esa misma
época del siglo XVII realizó el cuadro conocido de la casa del
Infantado.
Profesión de los dos primeros descalzos de
Pastrana. Óleo sobre lienzo, 243 x 161 cm. Escuela madrileña,
s. XVII. Museo Franciscano, Pastrana (Guadalajara).
Según leemos también al pie del lienzo, la escena representa
a fray Mariano Azzaro (Ambrosio Mariano de San Benito), ingeniero de oficio,
y a fray Juan Nardush, más conocido como Juan de la Miseria, pintor,
que emiten sus votos en manos del padre Antonio de Jesús. Los príncipes
de Éboli hacen de padrinos, mientras Santa Teresa asiste emocionada
al acto. El cuadro se completa con la representación de ciudadanos
de Pastrana que acuden a la escena desarrollada en la ermita de San Pedro,
con el retablo de la Virgen del Carmen al fondo. Al igual que en el lienzo
anterior, el padre Baltasar Nieto permanece hierático a la izquierda
del cuadro.
Al pie podemos leer que "son padrinos los príncipes, asisten sus
hijos y otros caballeros". Efectivamente, a la izquierda de la imagen
de la princesa vemos a don Rodrigo
y a don Diego en actitud de amigable
charla. El resto del lienzo está repleto de retratos de posibles personajes
importantes de la villa, cuya identidad está hoy perdida.

Venus recreándose con el Amor y la Música,
Tiziano, 1548, óleo sobre lienzo, 148 x 217 cm. Museo del Prado, Madrid.
Hay quien dijo, seguramente después de haberse dado una buena hartada
de vino de garrafón, que la mujer que sirvió de modelo al insigne
pintor italiano afincado en la corte española, esa oronda dama de la
que no pierde detalle el hombre sentado ante el teclado —¿el
propio Felipe II?—, no es otra que la princesa de Éboli. Doña
Ana tenía solamente 8 años cuando el cuadro fue pintado por
lo que parece absurdo dar credibilidad a esta relación.
A este ejemplo podríamos añadir el resto de Venus de Tiziano,
muy similares tipológicamente, que han sido también identificados
con la princesa de Éboli.

El tocador de Venus o Venus atendida por ninfas y cupidos, Francesco Albani, 1633, óleo sobre lienzo, 114 por 171 cm. Museo del Prado, Madrid.
El error surgido en las obras de Tiziano viene dado por
el testimonio de Madame D'Aulnoy (1650-1705), autora de literatura infantil
a cuya pluma se deben cuentos como El pájaro azul o El príncipe
jabalí. En su Relación del Viaje por España (1691) afirma
haber visto en el palacio de Buitrago (Madrid) perteneciente al biznieto de
doña Ana, don Rodrigo de Silva y Mendoza, duque de Pastrana y del Infantado,
el cuadro llamado El tocador de Venus, de Francesco Albani (1578-1660), para
el cual había posado supuestamente la Princesa en calidad de diosa
del amor y la belleza.
Como sucede en el de Tiziano, cualquier parecido con la fisonomía de
otros retratos de doña Ana, mucho más creíbles que éste,
es pura coincidencia. Además, no hay que olvidar el detalle de que
en todos estos ejemplos apócrifos la mujer aparece con el ojo derecho
en buen estado.
Tanto la pintura de Tiziano como la de Francesco Albani se encontraban entre
las que en 1732 el monarca Carlos III incluyó en una lista de cuadros
que debían ser destruidos debido a su contenido altamente erótico.
Gracias a la labor del también pintor Anton Raphael Mengs y del marqués
de Esquilache, los cuadros no fueron quemados sino que se ocultaron en la
llamada Casa de Rebeque.
A fin de cuentas, el testimonio de Madame D'Aulnoy nunca ha sido tomado en
serio. A ella se debe la leyenda de los amoríos entre el príncipe
don Carlos e Isabel de Valois y el de la propia Ana de Mendoza y el rey Felipe
II. No obstante, cabe preguntarse por qué don Rodrigo, descendiente
de la Princesa, inventó tales historias; si no fue él ¿quién
si no podría haber metido en la cabeza tales imaginaciones a Madame
D'Auloys?

La misma Madame D'Aulnoy menciona que también
en el palacio de Buitrago (Madrid) vio un cuadro en el que aparecía
retratada la princesa de Éboli con traje de corte y montando a caballo
junto a Isabel de Valois y el príncipe
don Carlos. Es bastante posible que fuera así
debido a la buena relación entre doña Ana y la joven esposa
de Felipe II, Isabel de Valois. Quizá quiso compensar su amistad con
la presencia de la Princesa en el lienzo hoy desaparecido. Se desconoce la
fecha, el tamaño y la autoría del lienzo.
Entre los años de 1560 y 1568 la reina Isabel de Valois contó
con la colaboración a modo de retratador de Jooris van der Straaten,
más concido en nuestro país como Jorde de la Rúa. En
el año de 1564 cesa de aparecer el nombre de Sánchez Coello
en los listados de cuentas de la reina conservados en Simancas
(Valladolid) ocupando su lugar este pintor nacido en Gante (Bélgica).
Aunque no hay constancia de ello, es probable que, a sabiendas de la estrecha
relación entre la Reina y la princesa de Éboli, De la Rúa
realizara algún retrato de esta última
El misterio que emana de la figura de la
princesa de Éboli también cautivó a los historiadores
y curiosos del siglo XIX que intentaron saber algo más sobre el aspecto
que debió de tener doña Ana en su momento. Al igual que nosotros,
la única vía de escape para la inspiración de los artistas
fue el retrato de la casa del Infantado.
El primer ejemplo es un grabado del siglo XIX en el que aparece la princesa
de Éboli representada curiosamente sin el conocido parche sobre el
ojo derecho. Doña Ana, cuyos pies reposan sobre un cojín y viste
ropas de le época similares a las del cuadro de la casa del Infantado,
está sentada ante un tocador, observando una flor que se levanta ante
ella desde el interior de una jarra de cuello estilizado. Hay una versión
curiosa de este grabado en la cubierta del libro de Antonio
Herrera Casado, La princesa de Éboli. Una guía para
conocerla, en el que la que el propio Herrera añadió el
parche para dar más "realismo" al retrato de la duquesa de
Pastrana.
Abajo vemos un nuevo ejemplo. Se trata de un grabado de
finales del XIX. Sobre un pie en el que se puede leer, "La duquesa de
Pastrana", vemos a la princesa de Éboli de cuepo entero con un
traje de época, posando ante un ventanón de piedra enmarcado
por unos ostentosos cortinajes.
La litografía está firmada por Vidal Olmo y fue editada en Barcelona
por Riera en una obra, desgraciadamente, desconocida. A modo de pista o curiosidad,
se puede decir que en el reverso de esta lámina se lee la parte correspondiente
al libro dedicada a Felipe II.

La fascinación por el personaje de
la princesa de Éboli sigue hoy cautivando a numerosos artistas modernos.
Con motivo de la exposición La Revolución de la Princesa de
Éboli, la localidad de Belmonte organizó una curiosa exposición
al que se presentaron varios artistas, aportando cada uno de ellos su visión
particular de doña Ana de Mendoza.
Este collage nos puede ayudar a tener una idea general del contenido de las
casi 30 obras que formaban la muestra. Para ver todas las obras a un tamaño
mayor, recomiendo
visitar este enlace en donde se puede leer un comentario hecho por Alaska
y Pilar Monedero. En lo que respecta a los retratos podemos ver una visión
de la Princesa que va desde lo más étnico hasta lo más
prosaico, pasando por lo kitsch, elegante, incomprensible, sorprendente
y hasta el pésimo gusto. Los que lo deseen pueden leer los textos completos
de las presentaciones tanto de Alaska como de Pilar Monedero en el mismo enlace.

El artista madrileño Eduardo Arroyo (1937), está considerado como uno de los principales representantes de la figuración crítica, de contenido fundamentalmente político y social. Su trabajo se hace notorio desde la década de 1960, especialmente fuera de nuestras fronteras. De él conservamos dos retratos de la princesa de Éboli que aquí presento. Abajo a la izquierda, vemos un trabajo hecho sobre papel cuyas medidas oroginales son 97,5 por 61 centímetros. A la derecha, una obra más excéntrica, óleo sobre lienzo, de 100 por 100 centímetros y pintada en 1962. Su título es "Princesse d'Eboli au Bandeau Blanc". Para gustos se hicieron los colores, pero a mí estos retratos de doña Ana no me dicen nada.

Manuel Santaolalla Llamas en su biografía de la princesa de Éboli publica un grabado moderno también de doña Ana de procedencia desconocida. En el dibujo vemos a la Princesa con un traje de época sosteniendo un perrillo en las manos, en una pose muy similar a la de Juana de Austria que realizó Rolán Moyx.

Ahora bien, mucho más mérito,
al menos desde mi punto de vista, y, sobre todo, gusto, tiene la obra del
pintor pastranero Javier Cámara. Este joven artista, estudiante en
la actualidad de Bellas Artes en Madrid, realizó a la temprana edad
de 16 años los dos retratos de la princesa de Éboli que hoy
se pueden disfrutar en el salón principal de El
cenador de las monjas de Pastrana, restaurante que recomiendo encarecidamente
y que se encuentra en una de las alas del claustro del convento de San José,
en Pastrana.
Allí podemos contemplar dos retratos. En el primero de ellos vemos
a doña Ana con un rico vestido azul y rojo. La Princesa posa en el
interior de la habitación de la hora, en su palacio ducal; quedando
la famosa ventana, abierta, a su espalda.
Su brazo derecho reposa sobre un sillón, sujetando sus manos una elaborada
cadena. Por estos detalles, la ropa, las joyas, etcétera, vemos que
la obra está basada en los retratos que para Isabel de Valois hiciera
Pantoja de la Cruz, tema y postura que luego copiarían Sofonisba Anguissola
o Pedro Pablo Rubens en 1561. Abajo vemos el retrato y otra imagen junto al
pintor, Javier Cámara.


Más curioso, si cabe, es el segundo
retrato de la princesa de Éboli de Javier Cámara. Se trata de
una recreación de la princesa monja. Cuando murió Ruy Gomez
en el verano de 1573, doña Ana de Mendoza se metió a monja en
el convento de San José. Con él hábito del carmen, la
Princesa aparece con una carta en la mano derecha, apoyada sobre una mesa
con tapete rojo y un crucifijo, mientras que la izquierda reposa sobre el
pecho.

Javier Cámara ha realizado en 2006 un nuevo retrato de doña Ana, más estilizado y con una técnica más depurada que los pintados en su época de "juventud", si es que se puede hablar así de un chaval que ahora no tiene más de 25 años. El retrato de la princesa de Éboli que aparece abajo vio por primera vez la luz en la presentación de mi libro Éboli. Secretos de la vida de Ana de Mendoza, el 22 de julio de 2006. El cuadro de Javier Cámara reproduce elementos tomados de varios pintores de corte de la segunda mitad del siglo XVI como el de la Infanta Catañona Micaela de Sofonisba Anguissola.

En el año 1991 un franciscano pastranero realizó el retrato que abajo podemos observar. El cuadro fue expuesto durante los actos del centenario de la muerte de la Princesa en el año 1992. Como vemos, el rostro de la joven no está basado en el conocido retrato de la casa del Infantado sino en el que en la actualidad María Kusche identifica con doña Ana, la Joven desconocida conservada en el Museo del Prado con la referencia 1140 del que he hablado al principio de esta sección.

En los primeros meses de 2006, mi buen amigo, el pintor vallisoletano Miguel Asensio tuvo la amibilidad de regalarme esta visión de la princesa de Éboli. Él dice que no está muy conforme con el resultado final, pero no deja de ser una representación singular, única y muy personal de esa supuesta doble vida, moral, o como queramos decirlo, que caractarizó a doña Ana.

Parece lógico que doña Ana de
Mendoza contara con varios retratos realizados en diferentes momentos a lo
largo de su vida. Aunque en la actualidad es un tema en el que se está
trabajando, no sería de extrañar que en cualquier momento apareciera,
olvidado en alguna colección particular, algún retrato de la
época que pudiera identificarse con la princesa de Éboli. Quizá
la razón para comprender que nunca antes ha aparecido uno es el hecho
de que seguramente quien ha buscado sólo se ha centrado en el hallazgo
de algún cuadro en el que apareciera una mujer con parche en el ojo
derecho. Pero hasta ahora la búsqueda ha sido infructuosa, tanto si
el parche lo llevaba en el derecho como en el izquierdo. Pero no me cabe la
menor duda de que debió de haberlos y en número importante.
A modo de ficción, aquí propongo el aspecto que podrían
haber tenido algunos de los retratos de doña Ana. Estos dos primeros
ejemplos de abajo son un montaje fusionando el retrato más conocido
de la Princesa y el de Isabel de Francia, fechado en 1573, único cuadro
firmado por Jorge de la Rúa y que hoy se conserva en las Descalzas
Reales de Madrid. Sus mangas de armiño lo convierten en una de las
piezas más exquisitas de la época.

El amplio ropero de la Princesa seguramente contó con algún vestido similar a éste que vemos en el cuadro siguiente. Se trata de nuestra particular versión del retato de la reina Ana de Austria, la cuarta esposa de Felipe II. Fue pintado por Alonso Sánchez Coello en el año 1571. El original se conserva en la actualidad en el Kuntshistorisches Museum de Viena (Austria).

Continuando con este particular viaje inventado
por el armario de doña Ana de Mendoza, a continuación presentamos
este retrato. Siguiendo la corriente de la época, el vestido de terciopelo
forma una enorme capa negra cuyos brazos abiertos dejan ver el interior de
las mangas. En realidad se trata de un posado de Isabel de Valois realizado
por la inefable Sofonisba Anguissola en 1565. Hoy lo podemos ver en el Museo
del Prado de Madrid.

Sentada en una elegante silla, vemos aquí a doña Ana de Mendoza portando en el regazo un perrillo; símbolo de la fidelidad que comúnmente podemos ver en los retratos de este período. Como muchos ya sabrán, se trata en realidad de un retrato de Juana de Austria, hermana de Felipe II y regente en Valladolid, hacia el año 1570. Fue ejecutado por el llamado "retratador de amos y perros", Rolán Moys, y hoy lo podemos ver en el coro de las Descalzas Reales de Madrid.

Para finalizar esta Galería Inventada de retratos de la princesa de Éboli, proponemos un trabajo con traje blanco, sombrero con pluma del mismo color y la mano derecha apoyada sobre el respaldo de una silla, costumbre en las pinturas de Juan Pantoja de la Cruz o de Alonso Sánchez Coello. Efectivamente, es muy posible que se trate de un trabajo original del pincel de este último artista reproducido en 1600. Quien se esconde bajo el rostro de doña Ana es en realidad su tocaya, Ana de Austria. La pintura la podemos ver en el convento de la Encarnación de Madrid.

El Museo de Cera de Madrid, situado en la Plaza de Colón
de la ciudad, cuenta con una figura de la princesa de Éboli vestida
de negro. Sigue el mismo esquema que otros artistas modernos han empleado
par vestir a doña Ana a partir de trajes de cuadros de época,
principalmente de Isabel de Valois. El rostro está sacado del cuadro
más conocido de la casa del Infantado de Madrid. No deja de ser una
curiosidad aunque, creo, que la han representado demasiado alta para la estatura
que debió de tener en la realidad. La figura mide casi 1,70 y doña
Ana apenas debió de alcanzar los 160 centímetros.
La princesa descansa junto a Antonio Pérez en una escena que recrea
un monento mixto de la época del siglo XVI. A la izquierda de la escena
está Felipe II con Juan de Herrera observando los planos de El Escorial.
También aparece don Juan de Austria que da sentido al fondo de la ambientación
(la batalla de Lepanto) y, finalmente, a la derecha del conjunto vemos a Antonio
Pérez y a la princesa de Éboli.


© Nacho Ares 2007