Por María Jesús Casado Robledo (EL Decano de Guadalajara,
nº 4569, pp. 22-23, 9 de julio de 2004)
No sé por qué empecé a interesarme por este
personaje de la historia de España. El caso es que primero
cayó en mis manos la novela histórica Esa dama, me gustó
cómo estaba escrita. Pero no llegué a ninguna conclusión
sobre el personaje. Pero seguía interesándome. A medida
que iba leyendo más sobre ella, fui forjándome su personalidad,
acertada en algunos casos y en otros, puesto que no soy una experta,
seguramente errónea para algunos.
La Princesa tuvo un carácter muy peculiar, poco frecuente
en las mujeres de su época. O quizá lo que fuera poco
frecuente era mostrar ese carácter en público. Su carácter
fue fuerte y a la vez reivindicativo. La Princesa en todas las facetas
de su vida reivindicó sus derechos, lo cuál se hizo
mucho más patente cuando se quedó viuda y tuvo que hacerse
cargo de su hacienda y asegurar el porvenir de sus hijos. Eso le llevó
a actuar de forma un tanto temeraria, pues osó tomar partido
en contra de los intereses de su rey. Quizá sea demasiado pronto
hacer referencia a esta actuación. No obstante, opino que es
la clave de la mayor parte de sus desdichas e infortunios.
Creo no estar en un error si digo que la Princesa fue una mujer adelantada
para su época. Si hubiese nacido unos siglos después
no hubiera causado tanto impacto y sugerido tantas críticas
su forma de proceder. Fue una mujer que no se resignó a desempeñar
el papel que, como mujer, tenía asignado en su época,
salvo en el período que duró su matrimonio con Ruy Gómez
de Silva.
He leído varias novelas sobre la princesa de Éboli,
a saber: Esa dama, de Keith O’Brian; La princesa de Éboli,
de Almudena de Arteaga; El bello ojo de la tuerta, de Cesar Leante;
La princesa de Éboli. Intriga en la Corte de Felipe II, de
Aroní Yanko; Señor natural, de Laszlo Passuth. También
he leído varios artículos o libros históricos
que versan sobre el mismo tema (la enigmática princesa de Éboli):
"El misterioso caso de la princesa de Éboli" por
Lola Aguado (Historia y vida. Enero de 1970); "La princesa de
Éboli en Valladolid y Simancas" (Historia y vida, 1993);
"La princesa de Eboli", por Erika Spivakovski; "Pastrana
y la princesa de Éboli", por Aurelio García López;
"Dos memoriales inéditos de la princesa de Éboli.
Escritos desde su destierro en Pastrana", por Trevor J. Dadson;
"Otra Reyerta de la princesa de Éboli", de José
M. March; La princesa de Éboli, de Antonio Herrera Casado;
"Dos mujeres decisivas en la anexión e independencia de
Portugal" y Antonio Pérez, extraídos de las obras
completas del doctor Gregorio Marañón o Felipe II y
su tiempo, de Fernández Alvarez.
De la mayoría de las fuentes consultadas no se deduce que
la Princesa, durante el tiempo que estuvo casada, fuera infiel a su
marido ni con Felipe II, ni con Antonio Pérez. Tan sólo
en la novela de Laszlo Passuth he encontrado referencias al efecto,
que creo no deben ser tomadas en consideración porque se trata
de una novela y esos pasajes por la forma en que el autor los describe
se acercan más a la ficción que a la realidad. Fernández
Alvarez es el único historiador que defiende un breve encuentro
amoroso con Felipe II quien, enseguida, huiría de Ana. Se puede
decir que durante los años que duró su matrimonio, la
princesa disfrutó de la época más tranquila de
su vida, lo cuál no implica que no tuviese conflictos como
se deduce de los artículos "La princesa de Éboli
en Valladolid y Simancas" y "Otra reyerta de la princesa
de Éboli".
Desde la primera vez que oí hablar de la princesa de Éboli,
este personaje me intrigó. Me fijé en su final, y a
mi mente venía siempre la misma pregunta ¿Por qué
tuvo un final tan cruel? ¿Por qué Felipe II no tuvo
clemencia con ella? Clemencia con una persona de tan alto rango y
además una mujer.
Profundicé en los libros y artículos buscando el motivo.
Lo primero que leí hacía referencia a que el Rey actuó
así por celos. No me convenció porque la pena que sufrió
la Princesa fue muy fuerte, e incluso podría tipificarse de
desmedida para un simple caso de celos.
A medida que mis lecturas se iban especializando descubrí
que había algo más. La princesa, que por su origen era
ambiciosa y orgullosa, aspiraba a ser y tener mucho más. Hubo
una época en su vida en que esta ansia de poder se vio mitigada,
coincidió con los años de su matrimonio, con un gran
hombre, Ruy Gómez de Silva. Cuando enviudó, todo lo
llevó a extremos, pasó de querer ser monja, a ser la
mujer con mayor poder en la Corte. Lo cual le llevó a hacer
negocios en contra de los planes de su Rey. En primer lugar vendió
secretos de estado a los holandeses, perjudicando los intereses españoles
en los Países Bajos. En segundo lugar, intentando desbaratar
uno de los deseos más grandes de Felipe II, alcanzar la corona
de Portugal.
Teniendo en cuenta estos dos delitos, empecé a entender el
porqué de la pena impuesta por el Rey. No obstante, todavía
seguía sin entender cómo un Rey como Felipe II, en los
últimos años de la vida de la Princesa no actuó
con más benevolencia, sino que endureció el encierro
de la misma.
Sólo se me ocurre una respuesta. En sus actuaciones ilícitas,
la Princesa nunca estuvo sola; tuvo el apoyo de alguien muy influyente
en la Corte, Antonio Pérez, secretario del Rey. Este hombre,
que contó no sólo con la confianza del Rey, sino también
con la confianza del hermanastro de éste, don Juan de Austria,
utilizó esa confianza para tergiversar las cartas que se enviaban
ambos, de forma que hizo que el Rey creyera que su hermano quería
traicionarle. Por ello, el Rey desconfió de su hermano, y a
pesar de las llamadas de socorro de don Juan de Austria, Felipe II
nunca le envío la ayuda que precisó para hacer frente
a los problemas de los Países Bajos como gobernador.
Felipe II se enteró de que su hermano siempre le fue fiel
cuando llegaron los papeles de don Juan de Austria, ya muerto, de
los Países Bajos. Leyendo dichos papeles se dio cuenta de la
gran injusticia que había cometido con su hermano y también
se dio cuenta de quienes habían sido los culpables de que cometiera
tal injusticia, Antonio Pérez y la princesa de Éboli.
A mi juicio, la venta de secretos de estado y el intento de alcanzar
la corona de Portugal para su descendencia (mediante una boda con
la Casa de Braganza) por parte de la princesa de Éboli, agravado
por el problema de conciencia que se le debió crear a Felipe
II por el comportamiento injusto que tuvo con su hermano, provocaron
un encierro tan inhumano y cruel de una persona de tan alta cuna.
Cuando de los textos leídos deduje esta posible razón,
pensé que podría ser una apreciación mía.
No obstante, historiadores de la talla de Fernand Braudel, también
hacen referencia a esta actitud de Felipe II hacía Antonio
Pérez y la princesa de Eboli. Del libro Carlos V y Felipe II
del citado autor (Alianza Editorial) recojo textualmente: "...
¿Fue sincero el rey respecto a sí mismo? Es probable
en cualquier caso, que después de la muerte de don Juan, la
lectura de las cartas personales del Príncipe que le fueron
remitidas desde los Países Bajos le hayan proporcionado más
de una revelación, tal vez, sobre todo, la de la lealtad de
su hermano. Los remordimientos, el sentimiento de haber sido engañado
y el espíritu de venganza invadieron entonces su corazón.
¿Quién podría censurarle por ello? ¿Quién
podría estar seguro de esos caminos interiores?".