Prácticamente nada es lo que sabemos de la vida de esta mujer,
sirviente fiel hasta puntos extremos de la princesa de Éboli.
La documentación que nos ha llegado hasta nosotros de ella
proviene principalmente de las cartas enviadas entre los secretarios,
guardias y el monarca tras la reclusión de doña Ana
en 1579. Y a decir verdad, su papel no queda muy bien parado. Se dice
que la causante de los problemas de la princesa para con sus guardas
fue precisamente la cizaña que constantemente ponía
de por medio doña Bernardina. Al parecer, servir a una mujer
de tan alta cuna se le subió a la cabeza de tal forma que ella
misma se creía poseedora de las prerrogativas de la princesa.
Bernardina había colocado entre unos y otros familiares de
ella misma, hasta 20 personas en el servicio de la Princesa, lo que
suponía la creación de una especie de "hampa"
dentro de la casa de doña Ana que no cesaba de suponer problemas
en la vida diaria. Entre estas personas cabe destacar la figura de
su hijo Antonio de Cuéllar, y la esposa del Licenciado Espinosa.
La decisión tomada cuando se trasladó a la Princesa
a su palacio ducal de Pastrana fue la de alejar a Bernardina de su
señora.
Primero el Rey nombra vicario de Jerez a un pariente suyo con el fin
de enviarla al sur de la Península. Como esto nunca se llegó
a consumar, luego se la lleva a Alcalá de Henares en donde
siguió sirviendo en la casa de sus antiguos señores.
No obstante, desde allí, tal y como relata Gaspar Muro, consiguió
cartearse con la Princesa. De vuelta doña Ana a Pastrana, una
de las condiciones impuestas por Felipe II fue que Bernardina abandonara
el servicio de forma definitiva siendo sustituida por una persona
impuesta el presidente del Consejo de Castilla.
Tras barajar la posibilida de llevársela a Valladolid, lo que
finalmente se hizo fue optar por mandarla aún más lejos.
Así pues, el destino final de Bernardina fue Jerez de los Caballeros
(Badajoz) a donde iría a vivir con un hijo suyo que era fraile
y que por entonces estaba en Mérida.
© Nacho Ares 2004