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El nacimiento de la piramidología
Nacho Ares
Publicado en la revista Enigmas del Hombre y del Universo.
Con la llegada del siglo XXI, la meseta de Gizeh
en Egipto se llena de personas venidas de todo el mundo. En este milenario
lugar buscan respuestas para poder llenar una especie de vacío interior
que les embarga. Son miembros de la Nueva Era cuya procedencia está
bien enmarcada dentro del mundo de la piramidología. Pero ¿en
qué consiste esta extraña “ciencia” y cuál
es su origen?
Serían poco más de las 11:00 de aquella calurosa mañana
de agosto. La Gran Pirámide llevaba el tiempo suficiente abierta
desde primeras horas de la mañana como para que, con creces, ya hubieran
pasado las 300 personas que pueden visitar al día el monumento. Así
me lo hizo saber con la mano el guardián de la pirámide cuando
me vio ascender por la escalinata que da acceso a la apertura realizada
en el siglo IX por el califa Al Mamun. Contrarresté su gesto agitando
al viento mientras subía un papel “oficial” que me acababa
de formar el Dr. Zahi Hawass, Director y máximo responsable de la
meseta de Gizeh y sus monumentos. Se trataba de un simple folio de papel
blanco, sin membrete alguno, sobre el que Hawass había estampado,
junto a su irreconocible firma, un permiso especial para que las 38 personas
que me acompañaban pudieran entrar en la Gran Pirámide con
el fin de ver y disfrutar el monumento en solitario.
Con
paso firme el grupo se adentró en la gigantesca montaña de
piedra. Ascendió la Gran Galería entre exclamaciones de asombro
y admiración, hasta llegar a la famosa Cámara del Rey. Una
vez allí, después de realizar algunas explicaciones, el grupo
tuvo más de una hora para poder visitar por libre la Gran Pirámide.
No fueron pocos los que optaron por realizar improvisados ejercicios de
relajación e incluso, “bañarse” en las extrañas
energías sutiles de las que, según dicen, hace gala el misterioso
sarcófago.
No se trata de nada nuevo. Masones, rosacruces, piramidólogos, o
activistas de la Nueva Era, se les llame como se les llame, todos tienen
un denominador común: ven en la egiptología no una ciencia
arqueológica sino una ciencia sagrada, cuyas raíces se hunden,
en la mayoría de los casos, en algunos movimientos sectarios del
siglo XIX. En la actualidad la piramidología está definida
como la ciencia que analiza el estudio de la Gran Pirámide desde
el punto de vista esotérico y profético. Sin embargo, en un
principio la piramidología estuvo my ligada a líneas de trabajo
totalmente diferentes, y curiosamente, más relacionadas con las grandes
pautas de la Nueva Era que, más de un siglo y medio después,
parece volver a recuperar.
Nace un movimiento
El siglo XIX se caracterizó por la expansión a lo largo y
ancho de todo el mundo de multitud de sociedades secretas, muchas de ellas
relacionadas directamente o indirectamente con la masonería. En cualquier
caso la gran mayoría de ellas tenían elementos comunes que
las vinculaban con tradiciones y rituales más o menos ambientados
en la antigua cultura egipcia. Uno de estos grupos fue el de los angloisraelitas.
Fundado en el año 1840, este movimiento creía, como su propio
nombre indica, que el pueblo anglosajón era descendiente biológico
directo de los antiguos israelitas. Este hecho implicaba un detalle mucho
más insólito, y es que, por definición, la cultura
anglosajona era, ni más ni menos, el pueblo elegido de Dios (sic).
Según afirma el investigador británico Robert Bauval en su
último libro, Secret Chamber (de próxima aparición
en castellano: La Cámara Secreta, Oberon, Grupo Anaya 2001) la sociedad
de los angloisraelitas también fue conocida como el “Movimiento
de Identidad”. La teoría que subyace detrás de este
movimiento fue formulada por primera vez cuatro décadas antes de
su fundación por Richard Brothers, un canadiense trastornado que
acabó sus días ingresado en un asilo para dementes. No empezaban
con muy bien pie.
Tras su muerte, la misión de Brothers fue continuada por un tal John
Wilson que en 1840 publicó un libro titulado Our Israelitish Origin
(“Nuestro origen israelita”). El éxito del libro no se
hizo esperar y fue acogido con entusiasmo tanto en Gran Bretaña como
en Estados Unidos, por toda clase de grupos de tipo evangélico y
bíblico. Entre estos grupos no podían faltar los llamados
Adventistas, la Iglesia de Dios y los Testigos de Jehová.
Y aunque parezca extraño, de esta formación de los angloisraelitas
surgió una insólita ramificación que acabó fundando
el movimiento de la piramidología. El núcleo ideológico
de esta agrupación, que más tarde se convirtió en pseudociencia,
está basado en que la Gran Pirámide de Gizeh es un monumento
profético. La creencia se sustenta en que las dimensiones de sus
galerías, pasadizos, cámaras etc. esconden en sus medidas
un antiguo saber que correctamente descodificado ofrece profecías
de los más substancioso. La más importante de ellas era la
que anunciaba la Segunda Venida de Cristo para un fecha cercana al año
2000.
Un astrónomo escocés en la Gran Pirámide
Varios investigadores, como el mencionado Robert Bauval, afirman que el
fundador del movimiento de los Testigos de Jehová, Charles Taze Russel
(1852-1916), era piramidólogo. Pero al parecer, su sucesor, Judge
Rutherford, aconsejó a los Testigos para que rechazaran estas ideas,
causando con ello una profunda división dentro de la organización
original. Además, las ideas de la piramidología se infiltraron
en otras iglesias importantes como la Iglesia Mundial de Dios (WCG). Esta
“iglesia” se había formado en los años 30 del
siglo XX, y uno de sus dogmas fundamentales, basado en doctrinas proféticas,
era la inminente Segunda Venida de Cristo. Sus enseñanzas se basaban
en las visiones de Herbert Armstrong, un anunciante de periódicos
que se convirtió en un firme defensor de los angloisraelitas.
La piramidología que desarrollaba Armstrong estaba influenciada en
gran parte por los trabajos de Charles Piazzi Smyth (1819-1900) Astrónomo
Real de Escocia, profesor de esta disciplina en la prestigiosa Universidad
de Edimburgo y autor de un libro realmente curioso, que supuso el pistoletazo
de salida de una nueva forma de entender la Gran Pirámide. Su título
era Our Inheritance in the Great Pyramid (“Nuestra herencia en la
Gran Pirámide”).
En su edición de 1880, Smyth afirmaba que dedicaba su libro a la
memoria de un modesto matemático llamado John Taylor que murió
en julio de 1864 a la edad de 83 años. Taylor, a su vez, había
publicado un libro titulado La Gran Pirámide: ¿Por qué
fue construida? y ¿quién la construyó?. Esta obra no
tardó en convertirse en el libro de cabecera de Piazzi Smyth. En
ella Taylor demostraba que las medidas de la Gran Pirámide respondían
a una serie de curiosas “coincidencias” metrológicas
que en realidad no eran tales sino que se trataba del un marcado intento
por “dejar testimonio de las medidas de la Tierra”.
Uno de los grandes hallazgos de Taylor fue descubrir la presencia del número
pi en las medidas de la Gran Pirámide, cuyo hallazgo siempre se había
pensado que era de origen griego: si dividimos el perímetro de la
base (230 m x 4=920) entre el doble de su altura (147 m x 2=294) nos daremos
cuenta de que el resultado es un número muy aproximado a pi (3,14).
Como afirmaba Piazzi Smyth en el prólogo de su libro, Taylor “abrió
para la arqueología un camino hacia la luz mucho más puro,
noble e intelectual de lo que el estudio de esta ciencia había disfrutado
hasta entonces. Pero la arqueología académica no lo acepta”.
Sin embargo, también es verdad que sin Piazzi Smyth nada se hubiera
avanzado en el terreno de la piramidología, al encargarse de dar
la vuelta a los hallazgos de Taylor estudiándolos desde otro punto
de vista.
El último sabio
El libro de Taylor impactó sobremanera en la figura de este astrónomo
escocés, extraordinariamente brillante aunque un poco excéntrico
tal y como le han venido a definir sus colegas contemporáneos de
la Sociedad Astronómica de Edimburgo. Todos sus biógrafos
coinciden en afirmar que Piazzi Smyth fue uno de los últimos grandes
sabios de nuestro tiempo. Hijo de un astrónomo amateur llamado Admiral
William Henry Smyth, fue además de astrónomo, meteorólogo,
fotógrafo, metrólogo, artista, viajero y pionero en muchas
de estas facetas. Por ejemplo, fue un adelantado en el mundo de la espectroscopia
solar, recogiendo miles de observaciones hasta el último día
de su vida. Además, sorprendería saber que fue él quien
implantó las bases del empleo de montañas de grandes altitudes
para el estudio de la astronomía. De hecho, fue Piazzi Smyth el que
eligió la localización de las Islas Canarias para construir
allí un telescopio. Adelantándose en un siglo a millones de
viajeros, Piazzi Smyth fue a pasar su luna de miel a Tenerife en 1856, señalando
sus montañas como el lugar idóneo para construir un telescopio.
Con el paso de los años, éste se ha convertido en uno de los
observatorios internacionales más importantes.
La posibilidad avanzada por Taylor de que la Gran Pirámide fuera
una suerte de gigantesca profecía codificada, llevó a que
en 1864, cinco años después de la aparición del libro
de Taylor, Piazzi Smyth y su esposa viajaran a la meseta de Gizeh para comprobar
in situ la certeza de las afirmaciones de su maestro. Fruto de este viaje
y de las medidas realizadas en Gizeh fue la publicación del mencionado
libro Nuestra herencia en la Gran Pirámide (1864). Para resolver
el problema de las pirámides el escocés trabajaba basándose
en tres claves: las matemáticas puras, las matemáticas aplicadas
y las revelaciones de la Biblia.
Influenciado en gran medida por el libro de Taylor, con quien incluso mantuvo
hasta su muerte una apasionante correspondencia, Piazzi Smyth llevó
a cabo un estudio sin precedentes sobre las medidas de la Gran Pirámide.
Además de ampliar los estudios metrológicos esbozados por
su maestro, se aventuró a realizar las primeras interpretaciones
numéricas de esos datos llegando a una suposición un tanto
insólita. Según Piazzi Smyth, continuando la tradición
de los angloisraelitas, la pulgada inglesa tenía su origen en la
misma medida egipcia. Por lo tanto, el pueblo anglosajón provenía
de la cultura egipcia. El astrónomo escocés creía que
la medida egipcia empleada en la Gran Pirámide era un codo piramidal
de 63,435 centímetros que se dividía en 25 pulgadas piramidales
de 2,5374 centímetros cada una. Curiosamente, y debido a su similitud,
los piramidólogos emplean por extensión la pulgada inglesa
de 2,54 centímetros, para realizar sus experimentos. Además
el propio Smyth argumentó en su obra que la misma medida, la pulgada
piramidal, fue la utilizada para la construcción del Arca de Noé
y del Arca de la Alianza de Moisés. Con estos datos confirmaba de
forma “rotunda” que los británicos descendían
directamente de la tribu perdida de Israel.
La nueva piramidología
Como afirma Bauval de forma tajante, “a pesar de ser un consumado
astrónomo del mayor calibre, Piazzi Smyth sucumbió a los argumentos
del movimiento angloisraelita. Su libro, respaldado por su inmensa reputación
científica, no solamente confirmaba todas sus teorías, sino
que fue la causa principal que lanzó este falso movimiento a grandes
cotas en todo el mundo. El movimiento, como el de los Adventistas o de los
Testigos de Jehová, es esencialmente milenarista, sobre todo en aquello
que aboga por la inminente Segunda Venida de Cristo y el comienzo de su
reinado de 1.000 años”.
En la actualidad la piramidología se ha separado claramente de su
verdadero fundamento. Aunque sin olvidar sus orígenes - en muchos
casos ya no trata el tema de las profecías o el de sus medidas desde
un punto de vista esotérico o milenarista - está totalmente
desligado de las antiguas logias masónicas o rosacruces del siglo
pasado. En la mayoría de los casos, como sucede con el grupo español
(www.piramidologia.com) su trabajo se centra en la investigación
de los misterios que rodean a la Gran Pirámide y, en menor medida,
al resto de pirámides egipcias y del resto del mundo.
Las profecías de la Gran Pirámide
A pesar de lo dicho, todavía siguen piramidólogos que podríamos
denominar, “de la vieja escuela”. En palabras del investigador
Max Toth “la plataforma fundamental en la que se basan los piramidólogos
para aceptar que la pirámide representa una Biblia en piedra es que
los resultados de las dimensiones del interior del monumento siguen una
secuencia histórica perfectamente clara que no necesita interpretación
alguna”.
Si bien es cierto que en muchos casos ni los propios piramidólogos
saben de qué están hablando, muchos de ellos están
convencidos de que el punto de inserción entre el corredor ascendente,
la Gran Galería en la Gran Pirámide, la boca del pozo y el
corredor que lleva a la Cámara de la Reina equivale al año
1 de nuestra Era (sic). En los años setenta el piramidólogo
Adam Rutherford publicaba varios volúmenes en los que proponía
un sinfín de fechas que, siempre según él, estaban
presentes en las medidas de las cámaras que forman la Gran Pirámide.
De esta manera, Rutherford señala que la fecha más antigua
es la fundación de la casa de Adán en el año 5407 a.
C. Poco después podemos ver - o mejor dicho puede ver, porque yo
no veo nada -, los momentos clave de la historia de Israel, el Diluvio (31
de octubre de 3145 a. C.), José en Egipto (1863 a. C.), el Éxodo
(1453 a. C.), la construcción del templo de Jerusalén (974
a. C.), la vida de Jesús y su crucifixión (33 d. C.) ¡y
hasta la invención de la imprenta en 1440! Ahí queda eso
Flinders Petrie: tras las huellas de Piazzi Smyth
El padre de la arqueología moderna William Matthew Flinders Petrie
se inició precisamente en esta ciencia gracias a la obra de Charles
Piazzi Smyth. Siendo apenas un chiquillo de trece años de edad, Petrie,
en la biblioteca de su padre en su casa de Charlton, Inglaterra descubrió
el libro Nuestra herencia en la Gran Pirámide.
Fue tal su fascinación por la obra de Piazzi Smyth que cuando tan
sólo contaba con veintisiete años, Petrie deja su trabajo
en la administración y se embarca para Egipto. Iba cargado con los
aparatos de medición más modernos de su época, muchos
de los cuales se siguen empleando hoy día, lo que da a la labor realizada
por Petrie en Egipto un valor especial. En su pesado equipaje transportó
los instrumentos más avanzados para llevar a cabo sus medidas, como
teodolitos o cintas de invar, una aleación especial de hierro y níquel,
idóneo para las cintas métricas ya que no sufre contracciones
ni dilataciones por los cambios de temperatura.
El duro trabajo de campo durante casi treinta meses, mereció la pena.
Por primera vez se realizaba un estudio metrológico científico
de la meseta de Gizeh, levantando planos y mediciones de todas las cámaras
de las pirámides, templos anexos, posibles métodos de construcción,
etcétera. Gracias a esta información, Petrie pudo desmentir
las teorías de Piazzi Smyth que tanto le habían absorbido
desde la infancia. Nada de lo que decía en su libro tenía
el más mínimo viso de ser realidad. Las medidas no coincidían
con las reales y todo parecía estar retocado de forma intencionada.
© Nacho Ares 2005