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Las Matemáticas Egipcias
Nacho Ares
Extraído del libro Egipto Insólito, Ediciones Corona Borealis, Madrid 2003.
Que los libros escritos hasta ahora sobre las
matemáticas del antiguo Egipto infravaloran los conocimientos que
realmente poseían los egipcios sobre la ciencia de los números,
es algo que salta a la vista de cualquier investigador. Comentarios de algunos
egiptólogos del tipo a que los egipcios tenían "conocimientos
limitados", "mediocres" o lo que es más grave todavía,
"no pasaron de contar con los dedos", son un insulto a la inteligencia
de un pueblo milenario.
Esta "superstición", que relaciona a los egipcios con "unos
conocimientos imposibles para su época", ha sido achacada en
muchos casos a Heródoto quien, según el punto de vista de
algunos egiptólogos, exageró los conocimientos matemáticos
de los egipcios, hasta decir basta.
Para demostrar lo que dicen, los egiptólogos se agarran como si se
tratara de un clavo ardiendo, al famoso papiro Rhind, superficial y frívolo
donde los haya, conservado en el Museo Británico de Londres. Este
documento, fechado a finales del Imperio Medio, contiene la resolución
de superficies de triángulos sin mucha dificultad.
Siguiendo la lógica de este documento y la de otros de similar naturaleza
en donde no se pasa de la suma o resta de cantidades ridículas, los
egipcios no habrían construido nunca sus pirámides, no habrían
desarrollado un calendario casi perfecto, ni tampoco habrían logrado
implantar las bases de la geometría moderna. Y es que, más
allá del simple estudio de los problemas aparecidos en el papiro
Rhind, debemos hacer caso a una de las sentencias manifestada en el mismo
documento y que reza: "El cálculo exacto: la puerta de acceso
al conocimiento de todas las cosas".
¿Es una simple casualidad que esta idea, reconociendo en el número
la clave del conocimiento, pasara siglos después a Grecia por medio
de los pitagóricos? ¿Es casualidad que Tales de Mileto, el
propio Pitágoras, Demócrito, Platón, Aristóteles,
y un largo etcétera de sabios griegos, aprendieran su filosofía
y su matemática en Egipto? ¿Lo hicieron utilizando textos
similares al papiro Rhind? La orientación exacta de las pirámides,
el traslado de inmensos bloques de piedra, mapas estelares, etcétera.
son logros técnicos imposibles de conseguir con unas matemáticas
en las que "apenas pasaban de contar con los dedos".
A comienzos de los años 80, el egiptólogo R. W. Sloley defendía
la idea de que los egipcios asentaron las bases prácticas de unas
matemáticas, que los griegos, muchos siglos después, se encargaron
de teorizar y transmitir a toda la civilización occidental, defendiendo
que los egipcios fueron más agudos de lo que a simple vista aparentaban
haber sido alguna vez.
¿Debemos pensar en la existencia de algún tipo de tradición
oral por la cual eran transmitidos los conocimientos matemáticos?
¿Fueron los templos egipcios, auténticos centros iniciáticos
en donde el maestro enseñaba al alumno los misterios de una matemática
prohibida para el resto de la población? Posiblemente esta sea la
única explicación que satisfaga nuestra curiosidad ante la
existencia de números sagrados como pi o phi.
Según la prestigiosa Enciclopedia Británica, el griego Arquímedes
en el siglo III a. C. fue el primero en calcular lo que hoy denominamos
número pi. Sin embargo, tuvieron que pasar más de dos mil
años para que un investigador llegara a la conclusión de que,
mucho antes que los griegos, los egipcios conocían la existencia
de este número mágico. John Taylor en el año 1859 siguiendo
un estudio exhaustivo sobre la Gran Pirámide de Gizeh, llegó
a una conclusión sorprendente: la suma de los lados de la base de
esta pirámide es igual que la longitud de una circunferencia que
tiene como radio la altura de la pirámide.
Cualquiera de nosotros, utilizando una calculadora convencional, puede tener
acceso a estos datos siempre que utilicemos las medidas correctas. El perímetro
de la base de la Gran Pirámide, 921,462 metros (230,253 norte, 230,361
oeste, 230,454 sur, 230,394 este) dividido por el doble de su altura: 293,18
metros (146,59 x 2), nos da, grosso modo, pi (3,1429906).
Este asombroso descubrimiento que algunos egiptólogos como Jean
Philippe Lauer o Mark Lehner han tildado de simple "casualidad",
no hace más que confirmar la existencia de una matemática
avanzada en Egipto hace casi cuatro mil años, o más...
Por definición, el número phi o número de oro es aquel
que aumentado y disminuido en una unidad es igual a su cuadrado e inverso
respectivamente. Desde el punto de vista de las proporciones, el número
phi se obtiene cuando, por ejemplo, una línea AC es dividida por
el punto B, de suerte que AB es a BC como AC es a AB. En otras palabras,
la porción más pequeña es a la más larga como
la larga es al total de la línea. El ratio AB/BC es igual al ratio
AC/AB, siendo este ratio phi, es decir, 1,6180339 (1 más raíz
cuadrada de 5, dividido entre dos). Es decir, aumentado en una unidad, su
cuadrado es 2,618 y disminuido en una unidad, su inverso es 0,618.
A simple vista muy sencillo de calcular, el mérito del cálculo
matemático estriba en lo complicado que resulta hallar el lugar exacto
en donde trazar el punto B de nuestra línea imaginaria. Esta embrollada
operación, que ha llevado a más de un quebradero de cabeza
a intelectuales y a artistas como Leonardo da Vinci o Johan Kepler, ha sido
reinterpretado en nuestro siglo por Schwaller de Lubicz, como uno de los
grandes logros de los antiguos egipcios, mucho antes de que lo hicieran
los constructores de catedrales góticas en el siglo XIV o los griegos
en el V a. C.
Más allá de interpretaciones baladí, el profesor argentino
José Álvarez López, ha demostrado que los antiguos
egipcios lograron lo más parecido a la cuadratura del círculo
en la Gran Pirámide de Gizeh, con matemáticas "mediocres"
y "limitadas". Este cálculo que podemos realizar en nuestra
casa con una calculadora convencional y unas cuantas fórmulas matemáticas
sencillas, ha provocado el sonrojo en más de un científico
moderno.
El profesor Álvarez López, ha señalado que la superficie
de las caras del prisma de Arquímedes en el que se inscribe la Gran
Pirámide, cuyos lados tienen la longitud de sus caras (230 metros)
y su altura es la de la propia pirámide (146,6 metros), es igual
a la de la superficie de una semiesfera cuyo radio es la altura de la pirámide.
Por otra parte, la base de dicha semiesfera crea una circunferencia de igual
longitud que la base de la Gran Pirámide, demostrando así
las teorías de John Taylor.
Si bien el resultado final de todos estos cálculos matemáticos
depende, en gran parte, de los valores otorgados a las medidas de las caras
de la Gran Pirámide o su altura, debemos reconocer que, unidad arriba
o abajo, los resultados, lejos de ser una simple casualidad numérica,
proporcionan datos sorprendentes muy distantes y totalmente anacrónicos
con las "pruebas" literarias y epigráficas que representan
algunos documentos escritos.
El matemático y físico británico Isaac Newton (1643-1727)
fue el encargado de estudiar el sistema de medidas empleado por los antiguos
egipcios para la construcción de sus monumentos. Para ello contó
con las dimensiones de algunas tumbas, longitudes que le sirvieron para
conocer el patrón de medida egipcio. En poco tiempo llegó
a la conclusión de que los antiguos egipcios habían utilizado
un codo de 52,39 centímetros, dividido en 7 palmos de 7,48 o 28 dedos
de 1,87 centímetros respectivamente.
Este codo, que recibe el nombre de real no debe ser confundido con el codo
pequeño empleado por los arquitectos y que se componía de
6 palmos o 24 dedos; es decir, 44,90 centímetros. Otros autores han
aportado valores para el codo de lo más peregrinos, con el fin de
ajustar la longitud de los monumentos a oscuros simbolismos esotéricos
que, a la postre, han resultado totalmente falsos.
© Nacho Ares 2004