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La maldición de Tutankhamón
Nacho Ares
Fragmento extraído del capítulo 7 del libro Egipto el Oculto, ediciones Corona Borealis, Madrid 2002.
Hemos
dejado para esta parte del libro, quizás uno de los apartados más
enigmáticos de la historia de la arqueología egipcia. Que
este capítulo se encuentre en séptimo lugar no es un hecho
casual. Para los egipcios el número siete era interpretado como algo
maligno. La Osa Mayor, la pata de buey de los egipcios, compuesta por siete
estrellas, era la representación estelar del dios Set, criatura maléfica
por excelencia en la mitología egipcia.
La tan manida maldición, explotada sobre todo tras el descubrimiento
de la tumba de Tutankhamón, ha arrojado sobre los periódicos
y revistas especializadas en fenómenos paranormales auténticos
torrentes de tinta. Ante tan abrumadora cantidad de literatura, el lector
puede encontrar teorías y afirmaciones de todo tipo.
A pesar de que la leyenda de la maldición se ha identificado comúnmente
con la tumba de Tutankhamón, existen otros sucesos no menos extraños
que han marcado la vida de más de un egiptólogo, cuando no
acabado con ella. No obstante, la singularidad del caso que supuso el descubrimiento
de la tumba del Faraón Niño, ha hecho que en nuestro trabajo
nos limitemos a analizar en profundidad lo sucedido en torno a esta maldición,
así como sus consecuencias más inmediatas en todos aquellos
que directa o indirectamente participaron en su apertura y estudio.
El gran día
El 4 de noviembre
de 1922, a las once de la mañana, un fellah fue corriendo a avisar
a Mr. Carter del hallazgo de un escalón que parecía conducir
a una nuevo sepulcro hasta ahora desconocido. Se había descubierto
la tumba de Tutankhamón. La célebre pregunta de Carnarvon:
"¿Ve usted algo?", y la no menos afamada respuesta de Carter:
"¡Sí, cosas maravillosas!", daban comienzo a la aventura
arqueológica jamás vivida por un excavador. La importancia
que tuvo este descubrimiento para la Egiptología de principios de
siglo y su legado hasta la actualidad es indescriptible. Desde el punto
de vista periodístico supuso la venta de miles de periódicos
en todo el mundo con amplios repertorios fotográficos en blanco y
negro, o en láminas coloreadas, para intentar acercar al lector la
realidad arqueológica del descubrimiento. Para la Egiptología
propiamente dicha, supuso la constancia histórica y material de innumerables
acontecimientos tanto políticos como religiosos. Para el estudio
del arte del antiguo Egipto, se pasó de la nada a gozar de un vastísimo
repertorio de obras escultóricas y de orfebrería hasta ahora
desconocido. Finalmente, quizás el aspecto más importante
de todos, desde el punto de vista de la cultura material, se tuvo constancia
de infinidad de artilugios, muchos de ellos de la vida cotidiana, que hasta
ese momento eran conocidos únicamente a través de representaciones
pictóricas o por menciones en los textos. Así, aparecieron
innumerables tipos de sillas, cofres, vestidos, lo que hoy llamaríamos
"complementos de moda", carros, arcos, flechas, bastones, vasos,
copas, reposacabezas, collares, mesas, camas, sillas, tronos y un largo
etcétera, en auténticas cantidades industriales. A todo habría
que añadir la seriedad con que se trabajó, formando un grupo
interdisciplinar entre los mejores especialistas ingleses y americanos del
momento, cuyo corolario fue la salvación, dentro de lo que cabe con
los métodos existentes al alcance de los arqueólogos en aquellos
años, de casi el cien por cien de los objetos guardados en esta tumba
hace casi tres mil quinientos años.
El aviso del Inspector del Servicio
de Antigüedades
El consejo de Arthur Weigall, acerca de la no conveniencia de entrar en
la cámara funeraria de la tumba ya que, de lo contrario, Lord Carnarvon
moriría a las seis semanas, no fue tomado en cuenta. El 19 de marzo
de 1923 Carnarvon cayó enfermo. A partir del día 21 comienza
a mejorar aunque el día 30 del mismo mes fue afectado por una grave
pulmonía que le llevó a la tumba, bajo fiebre y delirios de
supuestas llamadas de Tutankhamón. Era el 5 de abril del año
1923 y Carnarvon tenía 57 años de edad. Había pasado
un año y poco más de cuatro meses desde la apertura de la
tumba, pero seis semanas después del inquietante y agónico
aviso de Weigall...
Weigall, Inspector
del Servicio de Antigüedades de Egipto y autor de varias obras sobre
la historia del mundo faraónico, quizás sabedor de que anteriormente
Carter y Carnarvon habían entrado en la mencionada cámara
del sarcófago el mismo día que se abrieron los sellos de la
entrada principal el 22 de noviembre de 1922, y que su apertura oficial
en noviembre de 1923 no era más que una pantomima para la prensa,
¿conocía alguna razón especial para lanzar con tanta
exactitud su advertencia? ¿Fue la envidia la razón de esa
caprichosa exhortación realizada por Weigall a su compatriota Carnarvon?
De todos era sabido que el Lord inglés había sufrido un accidente
de coche en Alemania en 1901, de donde salió mal parado en lo que
respecta a su aparato respiratorio. La bondad del clima egipcio le invitó
a pasar allí los inviernos, alejándose así de las complicaciones
pulmonares que le producían los rigurosos y húmedos inviernos
de su país. Una infección en la sangre producida como consecuencia
de abrirse una herida mientras se afeitaba agravó la situación
del Lord. Esa herida había sido producida por la picadura de un mosquito,
hecho que parecía dar cierta lógica al fallecimiento de Carnarvon...
La muerte, aparentemente natural del noble inglés, se envolvió
de un halo de misterio toda vez que se tuvo conocimiento de dos circunstancias
inexplicables acaecidas en el momento de su muerte. Su perro, un fox terrier
que en esos momentos se encontraba en su castillo de Highclere (Gran Bretaña),
a la misma hora de la muerte de su amo -3:55 a.m. hora inglesa- se levantó,
aulló y murió. En segundo lugar, el propio hijo de Carnarvon
nos relata el misterioso apagón que cubrió de oscuridad toda
la ciudad de El Cairo en el mismo momento de la muerte de su padre.
A toda esta historia se fueron añadiendo las supersticiones locales,
que se hacían eco de un hecho singular acaecido en la casa del Valle
de Howard Carter. El criado contó que una cobra había entrado
en la casa para devorar al canario del arqueólogo inglés,
lance que fue entendido como la venganza del faraón Tutankhamón,
por aquella idea que identificaba la cobra con el poder real.
En un primer momento todas estas historias quedaron un poco de lado debido
a la fastuosidad del tesoro que se había encontrado en la tumba del
joven faraón. Los periódicos se plagaron de grandes repertorios
fotográficos de los objetos que día a día eran retirados
de las habitaciones para recibir los primeros auxilios de restauración
en la cercana tumba de Seti II.
Las otras muertes
Pero cuando estas noticias perdieron la extravagancia de los primeros días,
comenzaron a sucederse los acontecimientos en torno a la "maldición
de Osiris", como se llegó a llamar este evento en aquellos años.
Narramos a continuación algunos de los sucesos más significativos
relacionados con la maldición.
El hermano de Lord Carnarvon, Aubrey Herbert, murió de repente en
septiembre de 1923; el egiptólogo francés Georges Bénédite
murió tras visitar la tumba por una afección respiratoria;
el ayudante de Carter, Richard Bethell, murió en extrañas
circunstancias en 1929. El padre de éste, Lord Westbury, se suicidó
al conocer la noticia de la muerte de su hijo, y mientras transportaba el
cadáver hacia el cementerio, el coche fúnebre atropelló
a un niño de ocho años. El propio director del Servicio de
Antigüedades, Arthur Weigall, el mismo que avisó de la proximidad
de la muerte de Lord Carnarvon si se abría la cámara sepulcral
de la tumba, falleció de unas extrañas fiebres.
Estas muertes por asociación, como muy acertadamente ha señalado
el egiptólogo británico Nicholas Reeves, se alejan en muchos
casos de los miembros directos del grupo que en teoría debían
de haber sido los primeros en caer bajo el poder de la maldición.
Una inscripción sobre una tablilla que decía: "La muerte
tocará con sus alas a todo aquel que ose despertar el sueño
eterno del faraón", y que curiosamente nadie a vuelto a ver,
desató los misterios sobre este episodio del hallazgo de la tumba
de Tutankhamón, justificando, de alguna manera, tan desafortunados
acontecimientos. De esta tablilla se decía que había aparecido
dentro del faldellín de uno de las estatuas Ka de Tutankhamón
que permanecían a cada lado de la puerta de entrada a la cámara
sepulcral, en donde reposaba la momia del faraón.
La muerte de otros arqueólogos
A raíz
de lo sucedido en la tumba del Faraón Niño, surgieron de la
nada otros casos en donde había actuado la maldición de los
faraones y sobre los que nadie se había percatado hasta entonces.
Así, el aventurero italiano Giovanni B. Belzoni, Jean F. Champollion,
quien descifró los jeroglíficos en 1822, y más recientemente
Walter Brian Emery, famoso por sus estudios en la zona de Sakkara, han sido
vinculados a estas misteriosas muertes.
Una momia en la bodega del Titanic fue entendida como la causante del hundimiento
del barco. Luego, cualquier suceso anormal ligado con el país del
Nilo, se interpretaba como una llamada de atención de los faraones
ante el saqueo del que eran víctimas. La variación térmica
sufrida en la sala de las momias del Museo Egipcio de El Cairo provocó
en una ocasión que el brazo de Ramsés II se contrajera, ocasionando
el pánico de los visitantes, algunos de los cuales salieron lanzados
por la ventana, ante el miedo de que Ramsés hubiera decidido castigar
la intromisión de tanto turista. Más recientemente se han
apreciado dificultades técnicas a la hora de trabajar en el interior
de la tumba de Tutankhamón; dificultades que desaparecían,
curiosamente, nada más abandonar la tumba...
La respuesta de Casimiro
La aparición en Varsovia (Polonia) de un incidente similar a las
muertes acaecidas tras el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón,
sugirió una nueva vía de investigación que tuvo como
corolario una propuesta médica al problema de la maldición
de los faraones.
En 1973 catorce investigadores abrieron la cripta en donde se encontraban
los despojos del rey Casimiro, para estudiar entre otros restos la corona,
el cetro y la espada de este monarca. Los trabajos se llevaron a cabo sin
guantes ni máscaras por lo que los investigadores tuvieron un contacto
directo con los objetos que analizaban. En 1974 murieron cuatro miembros
del equipo por motivos respiratorios y en 1985 solamente quedaban dos de
lo que ya se denominaba la "maldición del rey Casimiro".
Uno de los dos supervivientes, el profesor B. Smyk, decidió iniciar
personalmente una investigación sobre las posibles causas de las
muertes de sus compañeros doce años atrás. Sus conclusiones
fueron categóricas y conmovedoras. Tanto en la corona, como en el
cetro y la espada del rey Casimiro se descubrieron unos microorganismos
que nacían de las bacterias y de los hongos de las tumbas. En el
propio fémur del rey aparecieron bacilos del tipo asperguilus flabus,
uno de los más venenosos que existen.
En la cura de la momia de Ramsés II que se realizó en París
en 1976, se hallaron bacilos del tipo asperguilus flabus y asperguilus niger.
Al contrario de lo que sucedió en Polonia, en Francia no falleció
ningún miembro del equipo. Curiosamente, todo el trabajo se realizó
con guantes y máscaras.
Este bacilo, muy venenoso, producido por la descomposición de tejidos
orgánicos, origina problemas respiratorios que llevan inevitablemente
a la muerte a todos los que tienen, de por sí, dificultades en este
sentido. Un cuerpo sano lo rechaza si la cantidad ingerida es pequeña,
mientras que el uso de antibióticos en un cuerpo enfermo no hace
más que acelerar el proceso. Su mecánica se basa en la concentración
de bacilos en los alvéolos pulmonares, hecho que provoca en el individuo
una carestía de oxígeno y por tanto un ahogo prolongado. Una
persona sana es capaz de rechazar estos bacilos, pero a un enfermo le resulta
prácticamente imposible, por lo que la muerte, aun con los métodos
modernos de la medicina, es casi segura.
Muertes por problemas respiratorios
Si volvemos hacia atrás y recapitulamos algunas de las muertes que
acontecieron durante el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón,
recordaremos que muchas de ellas se dieron en personas que ya padecían
dificultades respiratorias, léase Carnarvon, Mace, Bénédite,
Reed, etcétera. Parece que sólo pudieron salvar la vida todos
aquellos que no padecían enfermedades de este tipo, en especial Carter.
El propio profesor Smyk sufrió los mismos mareos que padeciera su
homónimo Carter cincuenta años antes, aunque los dos consiguieron
salvar la vida.
Si pensamos que este tipo de hongos fueron hallados en algunos de los objetos
de la tumba de Tutankhamón, es fácil sospechar la existencia
de un ambiente enrarecido en la tumba, acrecentado por el tiempo que llevaba
cerrada, y que aceleró considerablemente la muerte de algunos de
los miembros ya enfermos del grupo. Recordemos el detalle que tuvo Carter
nada más abrir el primer agujero que daba al interior de la tumba,
dejando pasar un poco de aire frente a la vela que portaba para cerciorarse
de la no existencia de gases nocivos en el interior de la cámara.
Él mismo lo describe como un hecho común entre los "abridores"
de tumbas en Egipto.
¿Cómo explicar
las muertes por asociación?
A simple vista, parece apuntarse una causa racional a la muerte de algunos
de los miembros del grupo de Carter. Lo que no explican los bacilos son
las muertes asociadas a la tumba de familiares y amigos de visitantes y
arqueólogos. ¿Podría entrar en estos casos un porcentaje
elevado de casualidad? o ¿es que la prensa ya estaba alerta para
poder captar cualquier detalle por ínfimo que fuera y relacionarlo
de inmediato con la maldición? Al ser el caso de Tutankhamón
el punto de partida de esta clase de investigaciones no podemos lanzar teorías
sobre posibles casos que se pudieron dar con otros aventureros y arqueólogos
del siglo pasado.
¿Conocían realmente los egipcios los efectos nocivos de este
tipo de bacilos? Los papiros médico-científicos y mágicos
que conservamos de esta civilización milenaria, ofrecen un panorama
importante en lo que respecta al conocimiento que tenían de plantas
medicinales de toda clase. Sin embargo, no podemos afirmar con rotundidad
que los antiguos egipcios conocieran los secretos de los bacilos generados
por la descomposición de tejidos orgánicos, aunque es posible
que los conocieran de forma indirecta; algo similar a lo sucedido con los
procesos de electrólisis que mencionamos a la hora de hablar sobre
la posibilidad de que los egipcios conocieran la electricidad.
Son muchos los testimonios conservados que hacen referencia al saqueo de
tumbas ya en época faraónica. ¿Acaso morían
los ladrones de tumbas ante los ojos incrédulos de los sacerdotes
egipcios? ¿Interpretaron los antiguos sacerdotes la acción
de los bacilos como una represalia del ka del difunto sobre quienes habían
osado quebrantar su eterno reposo?
Es posible que los propios sacerdotes escribieran sentencias de muerte sobre
las paredes de las tumbas para todo aquel que no respetara el descanso del
difunto, convencidos de la efectividad del poder de sus dioses.