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El misterio de la KV55. En busca de los resos de Akhenatón
Nacho Ares
Publicado en Revista de Arqueología nº253
Pocas piezas arqueológicas han causado más sensación en los últimos meses que el polémico ataúd dorado de la tumba número 55 del Valle de los Reyes, recientemente devuelto a Egipto. Sin embargo, lo que nadie ha explicado satisfactoriamente es a quién pudo haber pertenecido este hermoso féretro. Tiyi, Semenkhare o el mismísimo Akhenatón son algunos de los inquilinos propuestos por los investigadores.
El
3 de enero del año 1907 fue descubierta en el Valle de los Reyes,
en la orilla occidental de Luxor, una de las tumbas más curiosas
de todas las descubiertas hasta entonces en este fascinante lugar. Automáticamente
recibió el número 55 en el catálogo de la necrópolis
real del Imperio Nuevo. No poseía grandes riquezas, tal y como luego
sucedería con la tumba de Tutankhamón, descubierta quince
años después, ni tampoco pinturas sobre las paredes que ayudaran
a los arqueólogos a intuir, aunque fuera someramente, el personaje
allí enterrado. Pero, a pesar de todo, algo había en aquella
extraña KV 55 que la convertiría con el paso de los años
en una tumba realmente excepcional.
El artífice del hallazgo fue el abogado millonario americano Theodore
Davis. Ayudado en esta ocasión por un joven arqueólogo profesional,
Edward Rusell Ayrton, parecía haber dado con una tumba del período
de Amarna (ca. 1350 a. de C.). Ubicada a muy pocos metros de la entrada
de la tumba de Tutankhamón (KV 62) junto a la zona de descanso que
hoy se abre en el centro del valle, la entrada al sepulcro conservaba todavía
algunos fragmentos correspondientes al sello de la necrópolis: el
dios Anubis recostado sobre un grupo de nueve prisioneros. Tras cruzar la
puerta, en aquel momento de tensión ni Davis ni Ayrton sospechaban
el curioso hallazgo que estaban a punto de realizar.
Un sepulcro anónimo
La estructura interna del sepulcro era muy sencilla. Después de pasar
la puerta se tenía acceso a un pasillo de unos 10 metros de longitud
y apenas 2 metros de ancho. Tras eliminar los cascotes que cubrían
gran parte de esta escueta galería los arqueólogos se toparon
con una habitación no muy grande de 5 por 7 metros. Al igual que
sucedía con otras cámaras del mismo Valle de los Reyes, la
orientación de la habitación era exacta en dirección
norte-sur. A la derecha de la habitación, en su sector sur, se abría
una apertura en la pared que iba a dar otra cámara más pequeña
aún.
El aspecto de la tumba era realmente caótico. Sobre el suelo se amontonaban
decenas de objetos, muchos de ellos fragmentados. La causa de aquel desolador
caos debió de ser seguramente alguna filtración de agua o
la intransigente acción de los ladrones de tumbas en la antigüedad.
Entre todos
los objetos allí descubiertos por los excavadores, tres destacaban
especialmente por su belleza y su interés arqueológico. Por
una lado, tanto en el pasillo de acceso a la cámara principal como
en la propia cámara, Ayrton encontró los restos de una capilla
de manera antaño dorada. Cuando fue descubierta en el año
1907 nada quedaba de su antiguo recubrimiento. Sobre sus paredes podían
verse relieves de la reina Tiyi, la esposa de Amenofis III, presentando
ofrendas al disco solar de Atón.
De igual forma, en la habitación anexa se descubrieron varios vasos
canopos de mármol empleados en el antiguo Egipto para albergar las
vísceras momificadas del difunto. Hoy conservados en la sala 3 del
Museo Egipcio de El Cairo, forman parte de una de las joyas del arte del
período amarniano.
Sin embargo, la pieza más hermosa de todo el tesoro descubierto en
la KV 55 fue un magnífico ataúd de madera cubierta con láminas
de oro; un verdadero enigma sin rostro toda vez que una mano impía
le había arrancado en la Antigüedad tanto la máscara
que cubría el rostro como los cartuchos que repetían su nombre
a lo largo del ataúd.
Dentro del misterioso ataúd de madera había una momia en muy
mal estado de conservación. La humedad de la tumba había reducido
el cuerpo a un montón de huesos en los que apenas quedaban algunos
restos de carne.
Tras las huellas de la reina Tiyi
El conjunto no podía ser más singular. Un montón de
piezas de un valor incalculable y ni un solo dato fidedigno para identificar
la KV 55 con un nombre concreto. Pero eso a Davis le daba exactamente igual.
La capilla de madera totalmente desmantelada que había aparecido
en varios fragmentos en el pasillo y en la cámara principal, llevaba
el nombre de la reina Tiyi. Además el primer análisis forense
de los restos humanos descubiertos en el interior del ataúd de madera
dorada, hoy en el Museo de El Cairo (CG 61075), dieron como resultado que
el cadáver pertenecía a una mujer.
Estos datos tan endebles le sirvieron al abogado millonario americano, entusiasta
de la arqueología, a determinar que realmente se encontraba en la
mismísima tumba de la reina Tiyi. Sin embargo, el problema de la
KV 55 no se quedó ahí. El médico que analizó
los restos óseos, el Dr. Pollock, no era más que un simple
aficionado. Se trataba de la primera vez que se enfrentaba a una momia y,
como él mismo reconoció posteriormente, su certificación
encaminada a reconocer que se trataba del cadáver de una mujer había
estado totalmente sujeta a la opinión del propio Davis, interesado,
como es lógico en colgarse medallas arqueológicas. Sin lugar
a dudas, encontrar la tumba de la reina Tiyi no solamente suponía
un gran logro desde el punto de vista de la excavación, sino que
también abría nuevas puertas al estudio de las tumbas de las
reinas de la XVIII dinastía de las que, por cierto, todavía
hoy no se tiene la más mínima noticia.
En febrero de 1907 Arthur Weigall, del Servicio de Antigüedades, selló
los restos en el interior de una cesta y los envió a El Cairo para
que fueran estudiados por Elliot Smith. Entonces, todo cambió. Este
prestigioso médico forense era un auténtico experto en momias
egipcias. Sus conclusiones fueron rotundas. Contradiciendo el informe de
Pollock, para Smith no había duda de que esos restos pertenecían
un hombre joven de unos 25 años.
Lejos de apagar la polémica, ésta se avivó ante la
posibilidad de que los restos pertenecieran al faraón Amenofis IV,
Akhenatón. La nueva teoría se sustentaba en esta ocasión
en las menciones a este rey aparecidas en la tumba sobre algunos ladrillos
mágicos descubiertos en la habitación sur o en los vasos canopos
de la misma estancia.
Buscando identidad a una momia
Las hipótesis que se han barajado al respecto son de lo más
variado. No obstante, la edad que parecían mostrar los huesos, recordemos,
un joven de unos 25 años, no cuadraba con la edad que debió
de tener al morir Akhenatón. Por ello, la literatura egiptológica
de la mano de expertos como Aidan Dodson, Salima Ikram o Nasry Iskander
han reconocido que seguramente nos encontremos ante los restos de Semenkhare,
corregente y sucesor del faraón hereje.
Para rizar el rizo, el egiptólogo David Rohl ha planteado la posibilidad
de que el cuerpo perteneciera a dos personas: el cráneo sería
de una mujer y el cuerpo de un hombre. Esto explicaría la dualidad
de hipótesis que han rodeado siempre a la momia de la KV 55. La causa
de este complicado puzzle anatómico, según Rohl, sería
la extremada violencia con la que se trató el cadáver en la
Antigüedad.
Para contrastar esta novedosa hipótesis, RdA se puso en contacto
con dos máximos experto en momias del Museo Egipcio de El Cairo.
El Dr. Nasry Iskander y su ayudante la Dra. Abeer Helmy nos manifestaron
rotundamente que la teoría de David Rohl no tiene sentido. Los últimos
análisis realizados en los restos humanos de la KV 55 por Eugen Strouhal,
de la misión checa en Abusir, han demostrado claramente que pertenecen
a un hombre joven.
Ahora únicamente queda por saber si pertenecieron a Semenkhare, al
propio Akhenatón, o a algún otro personaje del período
de Amarna. Lo único cierto es que todos los objetos descubiertos
en la KV 55 se correspondían a personas diferentes: el ataúd
de madera a Semenkhare, la capilla a Tiyi y muy posiblemente los vasos canopos
a Kiya, segunda esposa de Akhenatón y quizás la madre de Tutankhamón.
Por todo ello, seguramente no nos encontremos ante una tumba de una persona
en concreto sino ante un simple escondite de objetos o caché, algo
relativamente común en el Valle de los Reyes.
El ataúd desaparecido
En enero de
1907 Ayrton descubrió para Davis el ataúd de oro totalmente
entero. Es cierto que estaba en muy mal estado de conservación pero,
como muestran las fotografías de la época, en la cámara
principal de la KV 55 el ataúd mostraba la tapa y la cuba de madera
en la que aparecieron los restos óseos sobre los que acabamos de
polemizar. Tal y como se encontró este ataúd fue trasladado
a El Cairo para que fuera estudiado y conservado en el Museo Egipcio de
la ciudad.
Lo que nadie sabe es cómo, y si se sabe no se dice, la cuba del ataúd,
la parte inferior, desapareció del museo con toda su decoración
de oro en el año 1931. Después de hacer algunos intentos por
recuperarlo, se le perdió la pista para siempre a los pocos meses.
Todo el mundo se olvidó de la cuba hasta que a finales de los años
70 reapareció en el mercado de antigüedades suizo. En la década
siguiente fue estudiado por el Museo Estatal de Arte Egipcio de Munich (Bavaria,
Alemania). Su restauración se llevó a cabo en esta ciudad
y tras decidir ser devuelta a su lugar de origen, el país bávaro
pidió la tapa del ataúd con el fin de hacer una exposición
temporal (octubre 2001) para luego devolver las dos piezas a principios
del siguiente año.
La decoración de oro de la cubeta fue montada sobre una estructura
de plexiglass debido a que la mader original había desaparecido totalmente
debido a su deterioro.
Las autoridades egipcias que saben vender este tipo de historias como nadie,
anunciaron a bombo y platillo a todo el mundo la devolución al país
del “sarcófago de oro de Akhenatón”. Sea o no
el ataúd de este extraordinario faraón, los problemas históricos
planteados por la KV 55 siguen si resolverse. Solamente un estudio exhaustivo
y las pruebas que puedan aportar los análisis de ADN de las momias
reales abrirán nuevas puertas a las innumerables preguntas que todavía
hoy tenemos acerca del período de Amarna.
Tras las huellas de Amarna
En la actualidad y desde hace ya cuatro años una misión arqueológica
británica dirigida por Geoffrey Martin y Nicholas Reeves excava en
el Valle de los Reyes de Luxor. El objetivo no es otro que la búsqueda
de escondites datables en la época de Amarna similares a la cercana
KV 55. Siguiendo el mismo esquema que ya esbozó hace casi un siglo
Howard Carter en esa misma zona central del valle, Martin y Reeves han abierto
una enorme trinchera de 6 metros de longitud por 2 de ancho. La excavación
se prevé que continúe por la senda actual del valle que lleva
hacia el sur, hasta conseguir alcanzar el suelo original de la necrópolis,
varios metros por debajo del nivel actual. Para ello ha sido necesario cortar
momentáneamente el acceso normal por esta vía y colocar un
puente metálico para que los turistas puedan seguir pasando hasta
las tumbas de Seti II o Tutmosis III.
Hasta hoy, bajo los restos de las antiguas casas de obreros que allí
hay, la excavación británica solamente ha podido sacar fragmentos
de cerámica, tejidos, útiles de la vida cotidiana como espejos
y ostraca con textos jeroglíficos. En una de estas lascas de piedra
ha aparecido por primera vez el nombre de una reina, posiblemente de época
ramésida, llamada Taiai y hasta hoy totalmente desconocida. En definitiva,
solamente se han descubierto diferentes materiales que según los
expertos seguramente estaban destinados a ser colocados en las tumbas del
valle pero que por razones desconocidas se quedaron allí. Es posible
que todavía quede mucho por aparecer.
© Nacho Ares 2005