LA PRINCESA DE ÉBOLI,
LA NOBLE QUE SE ENFRENTÓ A TERESA DE JESÚS
POR JUAN ANTONIO CEBRIÁN (Publicado en el Magazine
de El Mundo 4-9-2005)

Una leyenda negra discurre en paralelo a la vida de Ana de Mendoza,
princesa de Éboli. Pese a su fama de conspiradora, jamás
compartió lecho con Felipe II y se mantuvo fiel a su marido
don Ruy Gómez de Silva. Murió en 1592 y acabó
sus días recluida y tomada por loca.
Mujer de alterado comportamiento, fue testigo de alguno de los capítulos
esenciales de nuestro siglo XVI. Conspiradora y pendenciera, se enemistó
profundamente con personajes tan relevantes como el rey Felipe II
o la mismísima Santa Teresa de Jesús.
Nacida en la localidad de Cifuentes (Guadalajara) en junio de 1540,
era unigénita de don Diego Hurtado de Mendoza, y de doña
Catalina de Silva. Por tanto, la pequeña Ana pertenecía
a la nobleza de más alta alcurnia española.
No obstante, su crianza en compañía de los padres no
fue benévola dados los constantes enfrentamientos de los que
sus progenitores hicieron vergonzosa gala a lo largo de los años.
En 1553, la prometieron en matrimonio con don Ruy Gómez de
Silva, noble de origen portugués y con clara ascendencia sobre
el príncipe Felipe, quien lo consideraba uno de sus más
leales servidores. La boda se concertó para dos años
más tarde. Con esta unión, la familia Mendoza aseguraba
su influencia en la corte y el futuro Felipe II unía a su favorito
con la mejor nobleza del país al que iba a gobernar.
En los cinco años siguientes, don Ruy se mantuvo fuera de
España en diferentes misiones que le llevaron a Inglaterra
o Flandes. El matrimonio se celebró en Zaragoza sin la presencia
del novio, recibiendo doña Ana una espléndida dote otorgada
por su progenitor que por entonces ostentaba el cargo de virrey en
Aragón. En esta época, la joven se instaló en
la corte vallisoletana donde se prodigó en múltiples
fiestas y actos públicos constituyendo centro de atención
por su belleza y posición social.
En 1557, don Ruy regresó a España un breve tiempo,
suficiente para dejar embarazada a su esposa que dio a luz unos meses
más tarde en medio de la desolación producida por la
fuga de su padre con una doncella de la corte. Este escandaloso asunto
destrozó la familia Mendoza, pues don Diego desmanteló
su casa dejando a su mujer e hija prácticamente en la ruina
y abandonadas a su suerte en la fortaleza de Simancas.
En 1559, don Ruy volvió a España para recibir, gracias
a su buen trabajo, el título de príncipe de Éboli
que compartió gustoso con su mujer durante los 14 años
más que se prolongó su matrimonio. En este periodo nacieron
otros diez hijos, de los que cinco alcanzaron la edad adulta.
En cuanto a la leyenda negra que se cernió sobre la princesa,
cabe mencionar que está injustificada su presunta relación
amorosa con Felipe II. Lo que sabemos es que esta indómita
mujer era profundamente celosa de su marido al que amó hasta
el fallecimiento del mismo en 1573. Previamente, habían adquirido
el señorío de Pastrana (Guadalajara) dispuestos a engrandecerlo,
por lo que el soberano concedió a don Ruy el título
de duque de Pastrana.
Doña Ana, feliz con esta noticia, dado que esa tierra había
pertenecido a su querida abuela, mandó llamar a la monja Teresa
de Ávila con el fin de fundar dos conventos carmelitas en la
localidad. Las discrepancias no tardaron en aflorar entre estas dos
enérgicas féminas y, al poco, la posterior Santa salió
con cajas destempladas de la ciudad, mientras su oponente intentaba
ridiculizarla contado los secretos que Teresa había reflejado
en su Libro de la Vida, motivo por el cual el texto fue incautado
por la Santa Inquisición evitando que se publicase durante
diez años.
Sobre el famoso parche que cubría uno de sus ojos, circulan
diferentes versiones: unos afirman que perdió el globo ocular
en un duelo de espadas, aunque los más se inclinan porque la
princesa tuviera algún defecto en la mirada queriéndolo
ocultar de esa forma.
También se ha dicho que fue amante de Antonio Pérez,
secretario real de Felipe II, con el que conspiró abiertamente
para entroncar su linaje con la monarquía portuguesa, traicionando
así las aspiraciones españolas de unión con el
país luso. Este capítulo dejó en su estela el
cadáver de Juan de Escobedo —secretario personal de Juan
de Austria— quien al parecer descubrió toda la trama
de intrigas y conspiración. Felipe II ordenó la detención
de los dos conjurados recluyendo a doña Ana, bajo custodia
militar, en la torre de Pinto (Madrid), y seis meses más tarde,
se le permitió el traslado al castillo de Santorcaz donde pudo
recibir la visita de su numerosa prole.
Finalmente, obtuvo permiso para acomodarse en su señorío
de Pastrana con movimientos limitados. Sin embargo, la princesa, desatendiendo
consejos, regresó a su vida ostentosa y extravagante y, al
poco, el rey, harto de tanta excentricidad, nombró un administrador
para el patrimonio del ducado declarando demente a doña Ana,
quien desde entonces vivió en una zona restringida del palacio
ducal hasta su muerte por enfermedad en 1592.
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