Jean Philippe Lauer

Jean Philippe Lauer: Un siglo preguntando a Imhotep

Publicado en la revista Enigmas en octubre de 2000

Jean Philippe Lauer

El 15 de mayo del año 2000 fallecía en París Jean Philippe Lauer, auténtica "reencarnación" del genial arquitecto y sabio del antiguo Egipto, Imhotep. Tomando el testigo de su antecesor, 4.500 años después, Lauer fue capaz de seguir en sus más de siete décadas de trabajo en Sakkara, la pista de los secretos de los antiguos constructores de pirámides.
Tuve la suerte y el privilegio de conocer al mismísimo Jean Philippe Lauer en su propia casa de Sakkara. Desde luego que no podía haber un mejor final para la visita a esta región ubicada a más de 20 kilómetros al sur de El Cairo. Nunca olvidaré la fecha: 15 de febrero de 1998. Acompañado de Mohamed Hassan, un joven inspector del Servicio de Antigüedades, nos pusimos en marcha hacia el sector meridional de la planicie en el taxi que había alquilado -un descompuesto Fiat 128. En lo alto de una minúscula loma pedregosa un cartel indicaba el camino a la Rest House, junto al acantilado. Dando tumbos como aceitunas dentro de una lata, por fin alcanzamos la puerta de la casa. Descendí del coche junto a Mohamed quien se dirigió hacia un egipcio que, sonriente, se había asomado a la puerta al escuchar el ruido del coche. De entre los sonidos guturales que Mohamed dirigió a su compatriota, solamente entendí un "Monsieur Lauer". Tras continuar con la sonrisa, aquel hombre me hizo un ademán invitándome a pasar al interior de la casa. Después de estar buscándole durante más de media hora por toda la meseta de Sakkara, allí estaba.
Sentado ante la ventana de su escritorio, igual que había hecho desde hace más de siete décadas, allí estaba aquel hombrecillo casi centenario, Jean-Philippe Lauer. Levantándose como si no sintiera el peso de los años, me sonrió y se acercó para saludarme.

Una vida a la sombra de la pirámide
Un viejo proverbio árabe dice que "el hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides". Quizás nosotros tendríamos que añadir que "y además, las pirámides temen a Jean-Philippe Lauer". Este arquitecto francés nació en París el 2 de mayo de 1902 y desde diciembre de 1926 estudió y reconstruyó la arquitectura del complejo de Zoser en Sakkara.
Llegó a Egipto en diciembre de aquel año "cuando todavía la inundación del Nilo alcanzaba el borde del acantilado", me comentaba M. Lauer señalándome el comienzo del Valle. Su primer trabajo consistió en colaborar durante ocho meses como dibujante con la expedición francoinglesa dirigida por Pierre Lacau. Sin embargo, desde el primer momento se vio cautivado por la arquitectura de Imhotep, sabio y jefe de las obras del faraón Zoser; una de las figuras más enigmáticas de la historia de Egipto. No en vano sus propios contemporáneos lo divinizaron como dios de la medicina, hijo de la diosa leona Sekhmet, e Inspector de todo lo que el cielo trae; un sugestivo título que conecta a este arquitecto con un lugar desconocido de las estrellas de dónde los egipcios creían originaria su cultura.
Desde aquella Navidad de 1926, M. Lauer dedicó todo su tiempo al estudio de los secretos que aún quedan por desvelar y que tuvo a bien guardarse el inefable Imhotep. Y todavía en aquellos días en los que le conocí seguía dedicando casi diez horas al día al trabajo de reconstrucción del complejo de Zoser. "Sigo revisando las tareas de los obreros en la pirámide escalonada" asegura el propio arquitecto. "Queda todavía bastante por hacer, aunque creo que no me queda mucho tiempo para acabar mi trabajo" me decía con un sonrisa de complicidad que me hizo un nudo en la garganta. "También estoy ultimando los detalles de lo que será el museo de Imhotep en Sakkara". Con este modesto título, llama M. Lauer a lo que será el gran museo de Sakkara que el Servicio de Antigüedades de Egipto quiere dedicarle con su nombre, en agradecimiento a todos los años de trabajo. Por desgracia, y como sucede en todos los lugares, los proyectos parecen palabras que lleva el viento.

El misterio de las pirámides

Con este sugerente título M. Lauer escribió un libro en 1974 sobre el significado e interpretación de estos enigmáticos monumentos -como no podía se de otra manera, poco antes de fallecer sacó una nueva reedición, la cuarta. A lo largo de sus páginas proporcionaba una serie de teorías que, en algunos casos, han sido criticadas por otros arquitectos o egiptólogos.
Sentado junto a M. Lauer y después de beber un sorbito del zumo de melocotón al que amablemente me había invitado, no me resistí a preguntarle cuál era su opinión sobre los extraños conocimientos matemáticos que algunos astroarqueólogos atribuyen a los antiguos egipcios, como el número pi o el número phi. Gesticulando ostensiblemente con los brazos, el anciano arquitecto francés mostró su disconformidad con esas teorías. "¡Todo es fortuito!, no tenemos pruebas que demuestren que los egipcios conocían realmente tales adelantos en la matemática, de lo contrario habrían dejado el legado en otros monumentos y no ocurre así". Entonces comprobé que el entrañable arquitecto no había cambiado en un ápice las posturas planteadas a lo largo de los últimos setenta años en sus libros y artículos.
¿Y qué sucede con la construcción de las pirámides?, contraataqué con otra cuestión punzante, si bien ya conocía la respuesta que me iba a dar. "Eso sí que es un problema -me aseguró sonriendo y mirándome con sus brillantes ojos azules-. "Sin lugar a dudas tuvieron que utilizar algún tipo de rampa. Yo creo que en el caso de la Gran Pirámide tuvo que ser una sola rampa que uniera el suelo con el vértice de la construcción. No pudieron emplear una rampa que diera vueltas alrededor de la pirámide tal y como defienden otros investigadores. Una rampa de este tipo solamente hubiera sido factible para una pirámide pequeña pero no para la de Keops".

a problem!
Pero, todavía no han encontrado algún resto de rampa por aquí, añadí al acabar su exposición, "No, todavía no; quizás en un futuro podamos encontrar alguna", afirmó M. Lauer acompañando la suposición con una sonrisa que apoyaba sus nulas esperanzas.
Haciendo una extraña mezcla de inglés y francés, por fin conseguí hacerle entender mi siguiente pregunta. Si bien nosotros conservamos la titulatura de grandes arquitectos como Imhotep o Hemiunu -supuesto constructor de la Gran Pirámide- ¿cómo es posible que ninguno de ellos se vanaglorie de haber construido una pirámide? Devolviendo la sonrisa a sus labios, solamente pudo encogerse de hombros y contestar: "a problem!".
Después de trabajar tanto tiempo en el estudio de la construcción de las pirámides y su posible significado, M. Lauer todavía no puede explicarse algunas cosas. Por ejemplo, por qué la pirámide de Sekhemkhet -construida poco después que la de Zoser- y la tumba de Hetepheres -la madre de Keops-, fueron cerradas y selladas sin los restos del difunto, algo que ha hecho pensar a más de uno que las pirámides no eran tumbas. "Posiblemente nos encontremos ante algún tipo de cenotafio o algo similar -contesta extrañado. No puedo dar otra respuesta".
Tampoco puede responder al problema que supone para los egiptólogos que únicamente en las últimas pirámides del Imperio Antiguo, como las de Unas, Teti, o Merenre (2350 a. de C.) aparezcan los conocidos Textos de las Pirámides, mientras que en las más antiguas, como la Gran Pirámide (2575 a. de C.), no haya resto alguno ni de textos ni de dibujos. "Tampoco puedo contestar a eso -afirma el arquitecto parisino. Solamente puedo decir que el primero en añadir textos fue Unas, el último faraón de la V dinastía".

La escalera hacia el cielo
Al sur de El Cairo se encuentra, entre Abusir y Dashur, la región de Sakkara. Con 8 kilómetros cuadrados, este lugar, dedicado desde antiguo al dios de los muertos de Menfis, Sokaris -de ahí el nombre de Sakkara-, alberga cientos de tumbas y construcciones de todos los períodos de la historia de Egipto, si bien, entre todos ellos, destaca especialmente el complejo funerario del faraón Zoser (ca. 2650 a. de C.).
"Una sucinta mención en la base de una estatua de este rey -comenta M. Lauer-, descubierta por Cecil M. Firth en la columnata de entrada al recinto, desveló el misterio que rodeaba al nombre del genio que realizó aquella obra de arquitectura, Imhotep. Sus títulos no dejaban dudas de las importancia de este personaje". Estos fueron: Visir del faraón, Príncipe Heredero, Gran Sacerdote de Heliópolis, Maestro de Obras, Maestro escultor, Patrón de los escribas, Hijo de Ptah, Astrónomo, Médico y, como hemos dicho, Inspector de todo lo que el Cielo trae.
Manetón de Sebenito en su Historia de Egipto, ya cantaba la gloria de este arquitecto por haber sido el primero en emplear la piedra como material de construcción en un edificio.


El recinto de Zoser está rodeado por un grueso muro de casi 10 metros de altura y 1500 de perímetro, decorado como la fachada de un palacio egipcio. Por encima de este muro se levanta la pirámide escalonada de este rey. "En un principio no fue más que una simple mastaba, las tumbas primitivas de los egipcios -nos comenta M. Lauer señalando un gigantesco plano-, pero al quedar este edificio oculto por el muro exterior, Imhotep tuvo la genial idea de construir cinco pisos de piedra más, consiguiendo así una pirámide de seis pisos de tipo escalonado, visible desde kilómetros de distancia". El lado de la pirámide mide 123,30 metros por 107,40 y tiene una altura de 59,93 metros.
Según el propio arquitecto francés, casi sin quererlo, "Imhotep acababa de construir una gigantesca escalera que facilitaba el ascenso del faraón hasta las estrellas del cielo". Precisamente de este lugar es de donde la mística egipcia de los Textos de las pirámides, decía que provenía el origen de su cultura. Para completar su fantástica creación, Imhotep orientó la pirámide de norte a sur con inexplicable precisión. Además, el serdab, una sala que estaba destinada a albergar la estatua del difunto, fue construido con una inclinación de 16 grados, orientándola así hacia las estrellas circumpolares, de especial importancia en la religión egipcia, al no ponerse nunca en el horizonte y ser consideradas eternas.

Un legado faraónico
M. Lauer ha tenido la suerte de vivir en directo el trabajo en la tumba de Tutankhamón, el descubrimiento de las tumbas de los reyes de Tanis, el salvamento del templo de Abu Simbel, el hallazgo en 1989 del pueblo de los constructores de las pirámides en Gizeh o el del hallazgo del Valle de las Momias de Oro en el oasis de Bahariya. Y para horror de muchos academicistas intransigentes, este arquitecto francés casi centenario se enorgullecía de no saber ninguna de las lenguas del Próximo Oriente como el arameo, el hebreo o el árabe. Por supuesto que desconocía la escritura jeroglífica, al menos eso afirmaba. Sus nociones de la historia de Egipto eran muy limitadas y su formación arqueológica no pasaba de unas pocas visitas a los monumentos de Roma de la mano de su padre, miembro de la Escuela Francesa en esta ciudad, y de lo que pudo aprender en sus estudios de arquitectura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de París.


Sin embargo, M. Lauer ha manifestado un espíritu admirable desarrollando un trabajo de campo que para sí quisieran muchos académicos de pacotilla que no han salido de las cuatro paredes de su despacho. No obstante, no son pocos los egiptólogos que reconocen el valor del trabajo de este arquitecto. Quizás la mejor definición fue la que le dio Rainer Stadelmann, exdirector del Instituto Arqueológico Alemán en El Cairo y uno de los máximos expertos en pirámides de Egipto: "Monsieur Lauer, gran maestro de pirámides".
De poco más pudimos hablar aquella mañana. Agradecido por la visita inesperada, me acompañó hasta la puerta y sin perder su eterna sonrisa, levantó la mano para decirme adiós. Seguro que nos volveremos a ver, M. Lauer.

© Nacho Ares 2004