¿Dónde están las Reinas de Egipto?
La montaña tebana de Luxor guarda con celo uno de sus secretos más codiciados. Todavía no ha aparecido ninguna de las tumbas de las reinas de la XVIII dinastía, la más poderosa de la historia de esta fascinante civilización. Su ubicación es desconocida, aunque todo parece indicar que no debe andar muy lejos de las encrespadas rocas de esta árida y estremecedora región del Valle del Nilo.
Texto y fotos de Nacho Ares
Contamos por cientos los relieves, pinturas, grabados en vasos de piedra y ornamentos de las reinas de la XVIII dinastía (1567-1090 a. de C.). Tiyi, esposa de Amenofis III, Nefertiti esposa del herético Akhenatón, o Ankhesenamón la de Tutankhamón, fueron las verdaderas reinas del mundo durante una de las épocas de máximo esplendor de la civilización egipcia. Sin embargo, su paso por la tierra se ha quedado en eso: simples representaciones artísticas que en muchos casos no sabemos realmente si hacen justicia al aspecto de estas soberanas. En la actualidad 50 misiones arqueológicas internacionales se encuentran excavando en las ensortijadas lomas de la montaña tebana. Los trabajos que realizan estos egiptólogos son de lo más variado. Por ello, nadie olvida que en cualquier momento puede aparecer el primer peldaño de acceso a una tumba. Un sepulcro que puede ser, en definitiva, el punto de partida de uno de los hallazgos arqueológicos más extraordinarios de todos los tiempos, el auténtico Valle de las Reinas.
La decepción de Biban el Harim
Aunque
parezca insólito, en la orilla oeste de Luxor, la antigua Tebas de
las Cien Puertas según los autores griegos, ya existe un Valle de
las Reinas. A poco más de 1.500 metros del conocido Biban el Moluk,
el Valle de los Reyes, se encuentra Biban el Harim, el Valle de las Reinas.
Sin embargo, se trata de una verdad a medias. Los antiguos egipcios denominaban
a este hermoso lugar con la expresión Ta Set Neferu. Con este término
se referían los antiguos escribas al recinto en el que a partir del
reinado de Amenofis III (1417-1379 a. de C.) se comenzaron a enterrar los
hijos y hijas de los faraones que fallecían en edad infantil.
Tradicionalmente el nombre de Ta Set Neferu se ha traducido como “El Lugar de la Belleza” significado que se identificó con que allí existiera algún tipo de enterramiento de reinas o princesas. Sin embargo, en los últimos años egiptólogos como Christian Leblanc o Christiane Desroches-Noblecourt han señalado la posibilidad de que la expresión Ta Set Neferu deba traducirse realmente como “El Lugar de los Niños”. La explicación es bastante lógica desde el punto de vista arqueológico. De las más de 98 tumbas que allí se conservan muy pocas pertenecen a reinas.
El Dr. Mohamed El Bialy es director general del Servicio de Antigüedades de Tebas Oeste. “El Valle de las reinas -nos explicó El Bialy en su recieente visita a España- se utilizó durante la XVIII dinastía únicamente como lugar de enterramiento de princesas y príncipes, muchos de ellos fallecidos en plena infancia. Durante la XIX (1320-1200 a. de C.) Ta Set Neferu fue empleado para varias reinas y en la XX de nuevo se utilizó para los príncipes y princesas”.
Efectivamente, la primera reina enterrada en este misterioso valle fue Satra (QV38), esposa de Ramsés I, el primer faraón de la XIX dinastía. Este vacío histórico abre la puerta a un enigma arqueológico sin parangón. Si este valle en realidad es el “Valle de los Niños”, ¿dónde se encuentra realmente el verdadero Valle de las Reinas? ¿Dónde están las tumbas de las reinas más poderosas de la XVIII dinastía?
Tras la pista de las hijas de Atón
Es muy posible que las pocas soberanas de la XIX dinastía que fueron enterradas en lo que hoy se conoce como el Valle de las Reinas lo hicieran debido a un estímulo maternal. Sin embargo, no hay un ápice de información de las reinas de la dinastía XVIII. Sabemos que se han encontrado tumbas de algunas soberanas del principio de este período, como la de Ahmosé Nefertari, esposa de Ahmosé I, fundador de esta dinastía, pero desde ese mismo instante los restos de las reinas se diluyen en el viento.
Algunos egiptólogos
han planteado la posibilidad de que el propio Valle de los Reyes fuera al
mismo tiempo una necrópolis para reyes y reinas, y que en las tumbas
de los faraones allí descubiertas también descansaran los
restos de sus esposas, compartiendo así la morada eterna. Esto es
lo que piensan, por ejemplo, egiptólogos como los británicos
Geoffrey Martin y Nicholas Reeves. Junto a la tumba de Tutankhamón
excavan en una trinchera de unos 6 metros de longitud por 2 de ancho, datada
en la época de este rey. Según nos explicó el propio
Martin “esta trinchera es uno de los lugares más importantes
del valle ya que, muy posiblemente, contenga objetos de la época
de Akhenatón y Tutankhamón, el momento de la herejía
de Atón, pudiendo así esclarecer algunos de los aspectos más
oscuros de este período de la historia de Egipto”. Desde hace
meses es un secreto a voces que lo que realmente buscan Martin y Reeves
en este lugar del Valle de los Reyes es la tumba de Nefertiti, esposa de
Akhenatón. De esta reina no se volvió a saber nada después
del año 12 del reinado de su esposo. Sencillamente, se esfumó
de la historia.
La trinchera en la que trabajan ya fue hallada por Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón, hace más de ocho décadas, aunque su excavación fue abandonada al poco tiempo por razones desconocidas. Gracias a la documentación personal de Carter, ha sido posible encontrar de nuevo la ubicación exacta de la trinchera para que, una vez estudiado todo el material de Akhenatón aparecido en el lugar, pueda continuarse su excavación.
Una reina en busca de rey
Lo cierto, sin embargo, es que no existen pruebas de que las reinas de la XVIII dinastía fueran enterradas en las mismas tumbas que las de sus maridos en el Valle de los Reyes. No hay textos, no hay material arqueológico, ni ninguna mención en otro documento descubierto fuera de la necrópolis que así lo mencione. El vacío histórico en este sentido es tan grande que en el caso de Ankhesenamón, hija de Akhenatón y Nefertiti y esposa de Tutankhamón, el misterio alcanza su máximo apogeo. Su nombre parece haberse disipado de la memoria de Egipto justo después de la muerte de su esposo.
Como explica la egiptóloga británica Christiane El Mahdy, aunque en el interior de la tumba de Tutankhamón (KV62) se encontraron regalos de muchos cortesanos de su reinado, es muy extraño que no haya absolutamente ninguno con el nombre de Ankhesenamón. Tampoco aparece su nombre en los pocos textos de la cámara funeraria ni su representación pictórica, que sería lo más normal si vemos otras tumbas del valle. Sobre el muro este de la cámara funeraria de Tutankhamón se representó el cortejo funerario del faraón. Sobre él aparecen los nombres de los personajes más importantes que participan en el acto ceremonial. Lo normal es que también estuviera la reina, Ankhesenamón, pero de ella no hay ninguna noticia. Tampoco encontramos en la tumba de este rey objetos que pudieran ser utilizados en el Más Allá por la reina, luego su tumba tiene que encontrarse en otro lugar.
Gracias a unas cartas correspondientes a la diplomacia de la época
entre Egipto y el reino hitita sabemos que Ankhesenamón escribió
al rey de los hititas con el fin de pedirle un hijo para, tras casarse con
él, convertirlo en faraón de Egipto. Desconocemos hasta qué
punto este hecho pudo realizarse. Lo único que sabemos es que a partir
de ese momento se borra de la memoria de la historia la figura de Ankhesenamón,
igual que pocos años antes había sucedido con su madre Nefertiti.
En otros casos la falta de información nos impide conocer algo más sobre las personas enterradas en algunos lugares tanto del Valle de los Reyes como del de las Reinas. No olvidemos que, por ejemplo, en este último del centenar de tumbas que allí se han descubierto poco más de la mitad han conseguido se identificadas con un personaje en concreto. La gran mayoría permanecen anónimas debido a su pésimo estado de conservación o que simplemente nunca pasaron de ser un simple pozo excavado en la roca.
Reinas y ADN
En
1898 el francés Víctor Loret descubrió en la tumba
de Amenofis II (KV35) dos cámaras anexas con 15 momias reales. En
concreto una de ellas, la conocida con el nombre de the elder lady (“la
dama anciana”) puede tratarse de la reina Tiyi, esposa de Amenofis
III; una de las mujeres más importantes e influyentes de la XVIII
dinastía. En 1975 el profesor James Harris, un reputado dentista
americano, realizó un encefalograma de la momia. Con rayos X se pudo
obtener un estudio de las medidas craneales. Estas medidas se compararon
con las de Tuya, la madre de Tiyi, cuya momia apareció junto a la
de su marido, Yuya, en el Valle de los Reyes en 1905 (KV46). Para consolidar
el estudio se realizó un análisis del cabello de la momia
de la dama anciana con el fin de compararlo con el mechón de la reina
Tiyi aparecido en un diminuto sarcófago en la tumba de Tutankhamón,
hoy en el Museo de El Cairo. Microsondas electrónicas detectaron
que la composición química era idéntica.
Esta rotundidad, no obstante, ha sido puesta en tela de juicio en innumerables ocasiones. Solamente el ADN podría poner la última palabra en este misterio. Sin embargo, las autoridades egipcias se han negado.
En 1881 fue descubierto en la cornisa de Deir el Bahari el llamado escondite
de las momias reales (DB320). En realidad se trataba de una tumba de época
tardía -la tumba fue empleada por la familia de Pinedjem II (935
a. de C.)- en donde ya en la Antigüedad los sacerdotes egipcios escondieron
algunas de las momias reales de las dinastías XVIII, XIX, XX y XXI.
Egipto sufría continuas épocas de crisis que provocaban el
saqueo de tumbas. Para proteger los cuerpos divinos de los reyes un número
de casi 40 momias reales entre faraones, reinas y nobles fueron llevados
hasta el escondite catalogado como DB320: Esta es la explicación
de que hasta hoy nos hayan llegado algunas momias de reinas de la XVIII
dinastía como la de la mencionada Ahmosé Nefertari o la de
Meryetamun, esposa de Amenofis I. Sin embargo, nada sabemos de sus tumbas.
Todo parece indicar que en algún lugar de Egipto todavía queda por descubrir el verdadero “Valle de las Reinas”, cargado, seguramente, de infinidad de respuestas a los misterios que las soberanas de la tierra de los faraones han planteado desde hace siglos. No quedan muchos lugares por explorar en la Montaña Tebana. Para algunos investigadores un posible enclave sería la zona conocida como Dra Abu el Naga, situada junto a la entrada del Valle de los Reyes y que posee diferentes tumbas de nobles del Imperio Nuevo. Quizás en algún lugar recóndito de este espacio se encuentre el anhelado Valle de las Reinas.
Simbolismo mágico de Ta Set Neferu
El lugar en donde se encuentra el Valle de las Reinas también posee un importante aspecto simbólico y mágico que apunta, una vez más, a que su verdadero nombre debería ser el Valle de los Niños.
Antes del Imperio Nuevo, Ta Set Neferu ya era un lugar sagrado, quizás
de ahí el hecho de que luego fuera convertido en necrópolis
real. Su ubicación junto a la montaña tebana la hacía
partícipe de los beneficios de la diosa del lugar Mertseger, “la
que vive en silencio”. Se trataba de la personificación de
la propia montaña tebana y era representada por una mujer con cabeza
de cobra en ocasiones coronada por los cuernos de la diosa vaca Hathor.
De hecho, el propio valle de Ta Set Neferu pudo haber representado el útero
de la Vaca Celeste de quien manaban las aguas que revivían al difunto.
Curiosamente, en uno de los extremos del moderno valle podemos ver un diminuto
acantilado por el que se precipitan con fuerza las aguas que caen en la
montaña los días de tormenta, fenómeno más común
de lo que podríamos pensar de un lugar desértico, pero que
proporciona cantidades ingentes de ese agua vivificadora.
Por otro lado, el circo sobre el que se abre el templo en terrazas de la reina Hatshepsut podría haber sido identificado con los cuernos de la Vaca Celeste, completando así el valor simbólico y mágico de la montaña tebana.
Tesoros del Valle de las Reinas
La tumba más conocida es la de la reina Nefertari (QV66), esposa principal de Ramsés II (1298-1232 a. de C.). Su restauración acabó en 1995, después de haber sufrido en sus paredes los males producidos por el denominado homo turisticus. Cada persona que accede al interior de un monumento deja en el ambiente 20 gramos de agua. Mientras la humedad media en una tumba convencional aumenta después de un día de visitas en un 30 por ciento, en la tumba de Nefertari, los cientos de turistas que la visitaban a diario hacían ascender la humedad al 100 por ciento. Esta circunstancia provocó que, junto al propio cambio climático sufrido por la tumba tras su descubrimiento en 1904, la humedad formara cristales de sal bajo sus pinturas, desprendiéndolas de manera irreversible.

Tras su magnífica restauración el gobierno egipcio hizo caso
omiso de las sugerencias de los expertos quienes aconsejaban su cierre.
Como parecía algo imposible, se decidió, como mal menor, que
las visitas bajaran a 150 personas diarias, hecho que se ha respetado, haciendo
buenas las proféticas palabras de algunos de los restauradores que
afirmaron que “cuando abran la tumba, eso va a ser maricón
el último”.
La otra gran tumba del valle es la de
Amón-Kher-Khopeshef (QV 42). Este príncipe, hijo de Ramsés
III (1182-1151 a. de C.), posee un sepulcro con unas pinturas excepcionales
en donde predominan los fondos amarillos y el azul turquesa típicos
de los últimos Ramsés. Además, en la cámara
del sarcófago hay una vitrina con un feto de seis meses encontrado
allí. Si bien se desconoce a quién pertenece, posiblemente
fuera colocado por razones religiosas, a modo de símbolo del renacimiento.