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Lo que no hay que perderse en Egipto
Nacho Ares
Publicado en la revista Más Allá
Egipto cuenta con el mayor legado arqueológico del
planeta. Se calcula que solamente conocemos el 20 por ciento de lo que debió
de levantarse con esplendor hace casi 5.000 años junto a las orillas
del Nilo. Si este verano has decidido viajar a Egipto, en estas páginas
te recordamos todo aquello que no has de pasar por alto si de verdad quieres
ir al encuentro del misterio; algo que va mucho más allá de
las explicaciones convencionales de los guías locales...
La luz, los colores, la hospitalidad de la gente, el contraste cultural
y, en definitiva, absolutamente todo se multiplica por cien cuando pones
el pie en Egipto. Este país es, ha sido y seguramente lo seguirá
siendo, la cuna de la civilización y de los enigmas históricos.
Decir que Egipto es un país misterioso no es una etiqueta gratuita.
Vaya por delante una simple premisa arqueológica: únicamente
conocemos una quinta parte del esplendor que desarrolló esta civilización
entre el 3100 y el año 40 a. de C., momento de la llegada de Roma,
cuando todo ese esplendor se diluyó como un burdo azucarillo.
Al
pie de las pirámides
El centro neurálgico de las visitas a Egipto gira en torno a las
pirámides de la meseta de Gizeh, junto a El Cairo, atribuidas a Keops,
Kefrén y Micerinos. Poco es lo nuevo que se puede decir de estas
gigantescas construcciones. La Gran Pirámide de Keops (2550 a. de
C.) alcanzaba originalmente los 147 metros de altura y sus lados llegaban
a los 230 metros de longitud.
No hay que dejar pasar por alto su visita aunque los guías locales
nos insistan en suplirla viendo cualquier otra pirámide. La Gran
Pirámide es única en todos los sentidos. Con casi 2,5 millones
de bloques de piedra, sus enigmas clásicos como la orientación
tan exacta de sus caras a los puntos cardinales, el traslado de bloques,
algunos de los cuales superan con creces las 50 toneladas, o el sistema
de construcción, han quedado desplazados a un segundo plano en favor
de nuevas teorías que las relacionan con la constelación de
Orión o la búsqueda de cámaras secretas.
No lejos de las pirámides se encuentra, en la misma meseta, la Esfinge,
un enorme león de piedra de 72 metros de largo y casi 20 de alto.
A la controversia de su datación hay que sumar el enigma del templo
que protege al pie de la calzada. Construido por el faraón Kefrén
(2520 a. C.), su arquitectura no encaja con la tónica de la época,
grandes bloques de piedra con esquinas angulosas y, lo más curioso
de todo, recubierto de losas de granito en época antigua para restaurar
un edificio que apenas tenía 50 años. ¿Qué monumento
se deteriora en ese período de tiempo, a no ser que su antigüedad
no sea de 50 años sino de 5.000?
A unos 20 kilómetros al sur de El Cairo se levanta la necrópolis
de Sakkara en la que destaca la pirámide escalonada de Zoser (2630
a. C.). Ésta fue la primera estructura piramidal de Egipto diseñada
por un extraño personaje, Imhotep, cuya tumba sigue desaparecida
y es el objetivo de numerosas misiones arqueológicas del lugar. No
lejos de allí está la mastaba de Mereruka. En una de sus primeras
salas, decoradas con escenas de la vida cotidiana, vemos cómo vaciaban
vasos de piedras los antiguos egipcios, uno de los grandes enigmas de esta
cultura.
Si queremos completar un buen tour de pirámides no nos tenemos que
olvidar de las de Dashur, a 40 kilómetros al sur de El Cairo, en
donde encontramos la Pirámide Roja, con 104 metros de altura y 220
de lado, la pirámide de Meidum, a 50 kilómetros más
al sur de Dashur.
Objetos imposibles en el Museo de El Cairo
En el centro de la capital, rodeado de otros lugares con no menos encanto,
con sus cien años recién cumplidos, se levanta el Museo de
Arte Egipcio. Casi 100.000 piezas deleitan a sus visitantes, haciendo un
barrido por más de 3.000 años de cultura faraónica.
En la planta baja no hay que dejar de ver la sala 47. Junto a las tríadas
de Micerinos, está el mal llamado sarcófago inacabado de Djedefre,
en donde podemos observar la perfección del corte de la sierra y
el tarugo de piedra que quedó sin cortar en uno de los lados, otra
proeza de la habilidad de los artesanos egipcios.
Un poco más lejos, olvidados junto a la escalera que nos lleva al
piso superior, descubrimos la cabeza de la cobra de la Esfinge de Gizeh,
así como algunos restos de la barba.
En el pasillo oeste, la sala 42 nos ofrece las estatuas de diorita de Kefrén
y junto a una de ellas, la famosa Estela del Inventario: una loseta de piedra
caliza de 40 centímetros de ancho por 65 de alto, datada en la dinastía
XXVI y que habla de las reparaciones que se hicieron en la meseta de Gizeh
por orden de Keops, dando a entender que la Gran Pirámide y la Esfinge
ya estaban allí.
En la sala siguiente, no hemos de olvidar fijarnos en lo singular que resulta
ver a las estatuas de Rahotep y Nofret con los ojos claros, algo muy extendido
en la estatuaria de las primeras dinastías. ¿Es una alusión
a los llamados “venerables del norte” que aparecen en los textos,
pobladores europeos que por razones desconocidas fueron a parar al Valle
del Nilo?
En una sala contigua, se encuentra la pequeña estatua de Keops, la
única imagen conocida del constructor de la Gran Pirámide.
Opuesta a la entrada del museo está la sala 3 dedicada al mundo de
Amenofis IV, el Faraón Hereje, Akhenatón. Este personaje,
visionario de luces en el desierto egipcio, identificado con el Moisés
de la Biblia, sigue siendo uno de los protagonistas más enigmáticos
de la historia de Egipto.
Ascendiendo la escaleras, la primera planta está casi copada por
los objetos de Tutankhamón. En la acristalada sala del tesoro, donde
está la famosa máscara de oro, existen dos piezas interesantes.
Se trata de objetos de hierro, una pequeño amuleto en forma de reposacabezas
y un cuchillo con empuñadura de oro. Los últimos análisis
hablan de hierro de origen meteorítico, lo que explicaría
sus sorprendentes cualidades, muy similares al acero inoxidable.
Desde hace un año, el objeto estrella en la galería de “piezas
imposibles” del Museo de El Cairo es el pájaro-avión
de Sakkara, retornado a la sala 22. Este pequeño “avión”
de 14 por 18 centímetros, tiene el ala izquierda un poco más
larga que la derecha lo que convierte a esta pieza en un objeto tremendamente
aerodinámico.
El país de los templos...
A 600 kilómetros al sur de El Cairo está Luxor, la antigua
Tebas. Allí hay que hacer una división en dos partes: la parte
de los vivos ya la de los muertos. En aquella encontramos algunos de los
templos más importantes del país. Aquí está
el llamado templo de Luxor o el “templo del hombre”, llamado
por Rene Adolf Schwaller de Lubicz. En él descubrimos varios elementos
de sumo interés. Hay que fijarse en el perímetro exterior
del templo. Pegado al muro veremos una especie de banco corrido, la gola
egipcia que decora la parte superior de los muros de los templos. Este detalle
demuestra que los egipcios quisieron hacer ver que el templo está
construido sobre otro más antiguo. A la izquierda del sancta sanctorum
está la capilla del nacimiento, un lugar en el que los relieves reconstruyen
el nacimiento divino de Amenofis III tras la unión de su madre con
el mismísimo dios Amón.
No lejos de allí se encuentra el templo de Karnak. Sus 123 hectáreas
representan el santuario más grande de la Humanidad. Su construcción
sigue una clave matemática: la serie Fibonacci; una sucesión
de números en la que cada término es igual a la suma de los
dos términos precedentes: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, y así
sucesivamente. Partiendo del punto original, es decir el sancta sanctorum
al que daremos el valor 1, la siguiente ampliación tiene el doble
de tamaño, la siguiente la suma de las dos anteriores y así
sucesivamente.
Junto a las gigantescas columnas de su sala hipóstila y los obeliscos
de Tutmosis III y Hatshepsut se encuentra el templo de Ptah en cuyo interior
está la capilla de Sekhmet.
Imprescindibles son también los templos de Dendera y Abydos, aunque
estos dos se encuentran al norte de Luxor y requieren de una excursión
especial hasta más allá de las montañas de Naghamadi,
el desierto en el que en 1945 se descubrió un importante repertorio
de textos gnósticos y del Nuevo Testamento.
...el país de las tumbas
En la orilla occidental de Luxor se encuentra la tierra de los muertos.
Pasando la carretera que cruza junto a los colosos de Memnón encontramos
cientos de miles de tumbas, muchas de ellas sin explorar, que fueron excavadas
en la roca de la montaña tebana a lo largo de la historia egipcia.
El espacio más importante es el Valle de los Reyes, lugar de reposo
de los reyes más destacados del Imperio Nuevo. Allí están
las tumbas de los faraones más importantes: Tutankhamón, Ramsés
II, Tutmosis III... u otras de reyes menos conocidos pero con pinturas más
espectaculares como la de Ramsés VI. En esta última descubrimos
una descripción precisa de la geografía del Más Allá
con sus habitantes, ciudades, bestias y leyendas.
La
tumba de los hijos de Ramsés (KV5) es la que más datos está
proporcionando en los últimos años. Hay que detenerse a observar
la minuciosidad de los dibujos en las partes más profundas de las
tumbas. Algunas de ellas superan los 100 metros y sigue siendo un interrogante
cómo se iluminaron en tal oscuridad son dejar rastro del hollín
de las lámparas. Así lo vemos, por ejemplo, en la tumba de
Merneptah (KV8) en donde además los obreros no pudieron con un bloque
de pedernal que ha llegado hasta nosotros. Así se conserva en la
documentación descubierta en la vecina aldea de los artesanos, Deir
el Medina, y así lo podemos ver en la tumba. Cuesta creer que unos
artesanos que trabajaban la cuarcita como su fiera mantequilla y se venían
abajo ante un simple bloque de pedernal.
Un Egipto de piedra
Los problemas del trabajo de la piedra los descubrimos en todo su esplendor
en la ciudad de Aswan en donde encontramos el fantástico templo de
la diosa Isis, último valuarte de los sacerdotes egipcios en el siglo
VI de nuestra era. Llegamos a esta ciudad después de pasar los importantes
centros de Kom Ombo y Edfu. En Aswan está la cantera de granito rojo
en donde se abandonó un increíble obelisco de 42 metros de
alto y casi 1.300 toneladas. Nadie sabe cómo pensaban sacarlo de
la cantera.
Casi en el extremo sur del país se levanta, perdido en mitad del
desierto, el templo de Abu Simbel, levantado por Ramsés II. Trasladado
de su ubicación original a finales de los 60, conserva hoy el efecto
de los equinoccios, aunque los modernos ingenieros no supieron conservar
la orientación original dada por los egipcios y hoy llega con un
día de retraso. En estas fechas (21 de marzo y 23 de septiembre)
se da el “milagro solar”: los rayos del Sol se introducen hasta
la parte más profunda del templo iluminando tres de las cuatro figuras
que allí permanecen sentadas: la de Harmakis, el propio Ramsés
II y la de Amón. Solamente la del dios Ptah, identificado con las
sombras primigenias, permanece en la oscuridad.
Egipto cuenta con muchos más lugares mágicos. A sus templos,
tumbas y pirámides hay que sumar el encanto de sus gentes y de sus
ciudades. Lugares no menos misteriosos. Lo más importante de todo
es, quizás, que la gran mayoría de ellos son descubiertos
por el propio viajero.
No hay que olvidar
La teoría de Orión
El ingeniero Robert Bauval llamó la atención en 1989 sobre
las similitudes existentes entre la ubicación espacial de las tres
pirámides de Gizeh y las estrellas del cinturón de la constelación
de Orión, Osiris en la mitología egipcia, de manera que las
pirámides en la Tierra ocupan la misma posición que estas
estrellas en el cielo. De igual forma, algunos de los estrechos pasajes
que parten de las cámaras del Rey y de la Reina del interior del
monumento estarían orientados a estas estrellas o a la estrella Sirio,
identificada por lo egipcios con la diosa Isis, esposa de Osiris.
Nuevas cámaras en la Gran Pirámide
En 1993, el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrink, mientras limpiaba
el canal sur que parte de la Cámara de la Reina, a 65 metros de altura
de este pasaje de 20 por 20 centímetros, halló una pequeña
“puertecilla” con dos pomos metálicos en la parte frontal.
En 2002 científicos de National Geographic Society realizaron una
complicada operación ayudándose de un robot, el Pyramid Rover,
con el que perforaron la puerta descubriendo una escueto pasaje sellado
con una nueva puerta. Días después, explorando el canal norte,
los científicos dieron con una puerta idéntica a la del pasadizo
sur.
La datación de Gizeh
Los últimos análisis de carbono 14 realizados sobre elementos
orgánicos descubiertos en las pirámides de Gizeh, retrasan
su cronología al menos 150 años. Algo parecido sucede con
la Esfinge. Atribuida siempre al faraón Kefrén por un texto
fragmentario que había en la llamada Estela del Sueño que
se levanta entre sus patas, este león de piedra es hoy retrasado
a la época de Djedefre (2520 a. C.) o incluso a Keops. No obstante,
la datación más polémica es la geológica. En
1993 Robert Schoch, de la Universidad de Boston, presentó pruebas
basadas en las acanaladuras del león que demuestran su erosión
entre el 5000 y el 7000 a. C., es decir, unos 2.000 años más
antigua de lo pensado. ¿Es la Esfinge un icono prefaraónico,
amoldado en época de los grandes reyes de Egipto?
Meidum y sus cámaras secretas
A simple vista, la pirámide de Meidum parece un zigurat mesopotámico.
Su construcción se atribuye al faraón Esnofru, padre de Keops.
Originalmente debió de medir los 93 metros de altura y 147 de lado.
Siempre se ha creído que la pirámide de Meidum contaba con
una sola habitación. Sin embargo, un equipo francoegipcio descubrió
en 2000 que también existen dos pequeñas habitaciones. Además,
en paralelo y por encima del pasillo descendente que se emplea para llegar
hasta la cámara funeraria se ha descubierto otro pasillo.
El Cairo oculto
Lejos de los itinerarios convencionales de corte faraónico, El cairo
cuenta con otros lugares misteriosos. La iglesia copta de Santa María
del Zeytun protagonizó entre 1968 y 1973 una de las apariciones marianas
más espectaculares y mejor documentadas de la época moderna.
Un poco más al norte, camino del aeropuerto tenemos el palacio del
barón Emban levantado en 1909. Se trata de un exótico edificio
de tradición hindú, hoy abandonado, con una torre en la que
el excéntrico barón se construyó un dormitorio giratorio
que seguía el recorrido del Sol. En sus salas interiores sectas locales
han llegado a realizar rituales satánicos.
Por último, en el centro de la ciudad tenemos la mezquita de Ahmed
Iben Tulún (s. IX), la más grande de El Cairo medieval. Fue
construida con dinero obtenido del saqueo de tumbas. De ahí la creencia
local en una maldición que ha perseguido continuamente a este lugar,
siendo devorado en varias ocasiones por el fuego.
“El templo del hombre”
Rene Adolf Schwaller de Lubicz fue un filósofo y esoterista alsaciano
que pasó a mediados del XX quince años investigando el templo
de Luxor. Atraído por la armonía de sus formas, descubrió
entre sus muros la sección áurea o número de oro. Para
De Lubicz la desviación del eje que caracteriza a este templo se
debió al triple eje trazado por los arquitectos egipcios a partir
del cual todas las partes del edificio, incluso las que se construyeron
en época posterior, poseían una orientación relacionada
con una parte de la anatomía humana. La cabeza coincide con la capilla
interior de Amón, las clavículas lo hacen con paredes y las
costillas con la sala de columnas. Además, el abdomen queda a la
altura del gran patio de Amenofis III y las dos rodillas con los dos colosos
de Ramsés II.
La leona Sekhmet
El santuario más singular ubicado dentro del recinto de Karnak es
el de Ptah, el dios de los artesanos de Menfis. Lo más impresionante
y mágico de todo el lugar es la oscura capilla que hay justo a la
derecha. Rodeada de un pequeño halo de luz procedente de un estrecho
ventanuco ubicado en el techo de la habitación, nos encontramos con
una impresionante estatua de la diosa Sekhmet, la divinidad leonina de los
antiguos egipcios. Este lugar es el predilecto de los sensitivos que se
acercan a experimentar sus energías en el país de los faraones.
Las “armas” de los faraones
En las criptas del templo de Dendera, dedicado a la diosa Hathor, se conservan
relieves de rituales mágicos con instrumentos que algunos investigadores
han identificado con bombillas eléctricas. Toda una afrenta a la
ciencia moderna. En realidad, no son más que estelas de los cultos
de Osiris de este lugar.
Por su parte, tras cruzar la entrada porticada que da acceso al templo de
Abydos, dedicado a Osiris, en la primera sala de columnas a casi 10 metros
de altura existe una inscripción jeroglífica única.
En ella se observa perfectamente un helicóptero, un carro de combate
y, bajo éste, un submarino o un pequeño aeroplano. En realidad
no es el armamento de Ramsés II sino una caprichosa formación
conseguida debido a la superposición de dos inscripciones jeroglíficas.
La tumba de los hijos de Ramsés
La llamada KV 5 del Valle de los Reyes sigue siendo excavada desde que en
1995 Kent Weeks descubriera más de 150 cámaras desconocidas.
Justo enfrente de esta tumba se encuentra la de Ramsés II (KV7) que,
al igual que la de Ramsés VI (KV9), posee extraños dibujos
que han sido identificados con figuras de “extraterrestres”.
No olvidemos que la complejidad de los textos funerarios egipcios no ha
sido desvelada finalmente hasta hace pocas décadas. A comienzos de
siglo, egiptólogos tan importantes como el alemán Adolf Erman
pensaban que todos esos dibujos eran el producto de un artista demente.
Edfu y Kom Ombo
La visita a Edfu se reduce al templo de Horus. El santuario alberga los
únicos restos conocidos hoy sobre los polémicos Seguidores
de Horus que podemos ver en el peristilo; una suerte de héroes que
gobernaron Egipto hace casi 15.000 años. En otro sentido, la iglesia
copta de Santa María de Edfu protagonizó espectaculares apariciones
marianas en 1982.
El templo de Kom Ombo, identificado con el dios cocodrilo Sobek, tiene una
estructura interna doble, guardando la misma disposición de un templo
convencional pero como si hubiera sido proyectado sobre un espejo. Al fondo
hay dos altares o polaridades energéticas: Sobek a la derecha (negativa)
y Haroeris a la izquierda (positiva). El templo fue un lugar de sanación.
Las figuras de los prisioneros tienen las cabezas socavadas debido a que
los enfermos las tocaban en la antigüedad para desprenderse de sus
enfermedades. En el peristilo del fondo se conserva una curiosa representación
de material quirúrgico, con elementos idénticos a los de los
médicos modernos.
Recomendaciones para tu viaje a Egipto
Las temperaturas medias en Egipto en verano no superan los 35-36 grados
con una gran humedad en el norte (El Cairo) y mucho más seco en el
sur (Luxor y Aswan). La ropa que llevemos tiene que ser cómoda. De
algodón a ser posible. En verano una camiseta de manga corta y unos
pantalones también cortos. Las mujeres deben evitar ropas escotadas.
No hay problema en llevar tirantes pero es recomendable llevar en la mochila
un pañuelo para poder taparse los hombros en caso de entrar en algún
lugar público. El calzado ha de ser cerrado y con calcetines de algodón.
Botas, lo mejor, o zapatillas de deporte. Algo cómodo y que ya esté
estrenado. Las gafas de sol son imprescindibles. Igual que algún
sombrero de ala ancha, gorra o pañuelo para la cabeza. Las cremas
para el sol también son necesarias, especialmente en verano. Menos
en los museos, es posible hacer fotografías en todos los sitios de
las visitas. De igual forma, en el Valle de los Reyes o en el resto de necrópolis
del país (Gizeh, Sakkara, Tebas, etc.) tampoco se puede hacer fotos
dentro de ninguna tumba. En los exteriores sí. El vídeo es
un poco más restrictivo y conviene preguntar al guía.
© Nacho Ares 2007