Tutankhamón y Ankhesenamón

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Artículo extraído de mi libro Tutankhamón El último hijo del sol (Madrid 2002)

Por esos anacronismos de la historia, si de Tutankhamón conservamos prácticamente al completo su mobiliario, sus ropas (incluso las más íntimas en la sala 9) sus joyas (todo el tesoro de oro está en la sala 3), sus juegos, etcétera, casi nada es lo que podemos decir de su reinado. Como también afirmaba el descubridor de su tumba, Howard Carter, solamente sabemos que “nació, murió y fue enterrado”.
La aparición de Tutankhamón en la escena de la historia de Egipto es tan enigmática como lo puedan ser otros misterios de esta civilización. Como hemos visto no sabemos absolutamente nada de su verdadera procedencia. Como caído del cielo, en un momento dado empiezan a aparecer menciones a un pequeño príncipe que con el paso del tiempo llega a ser faraón de Egipto.

¿Dónde nació el Faraón Niño?

Ankhesenamon01_nacho-aresMuy probablemente nació en Tebas, donde debió de haber sido educado con toda la exquisitez que requiere la corte egipcia. De allí, seguramente fue trasladado a Tel El Amarna, en concreto, al palacio septentrional de la bella Nefertiti en donde su nombre aparece mencionado en diferentes inscripciones como hijo del rey.
Sin embargo, como ya anunciaba más arriba desconocemos totalmente el origen de este príncipe. Las teorías que acabo de exponer no dejan de ser meras especulaciones históricas, especialmente porque las hipótesis de trabajo de los investigadores han ido encaminadas en la mayoría de los casos a explicar la sucesión de Akhenatón, más que a intentar buscar una respuesta al intrigante origen de la familia de Tutankhamón.
Lo único cierto es que llegado el año 1333 a. de C. Tutankhamón accede al trono bajo el nombre de Tutankhatón y se convierte con todos los derechos en el nuevo señor de la Dos Tierras, cuando tan solo debía de contar con nueve años de edad. Muy posiblemente su ascensión al trono se debiera al matrimonio de este faraón con la tercera hija de Akhenatón y Nefertiti, Ankhesenamón.
La princesa Ankhesenamón no tuvo tiempo de proporcionar la descendencia necesaria para conservar la doble corona de Egipto. En la llamada Cámara del Tesoro de la tumba de Tutankhamón, el equipo de Howard Carter descubrió en dos minúsculos sarcófagos de madera, sendas momias de dos fetos femeninos. Las hipótesis que han intentado explicar tan singular y curioso descubrimiento, y que desglosaré con detenimiento en el capítulo Cuatro, han ido encaminadas a demostrar la inmadurez de la madre para tener hijos. Sin embargo, puede que haya algo más detrás de estos misteriosos fetos.

Matrimonio de conveniencia

Fuera como fuese, las razones de dar salida a tan joven e inexperto matrimonio se debieron a la necesidad de un viraje político y religioso en la vida egipcia. Akhenatón había propiciado el desarrollo de una nueva religión, el atonismo, en donde Atón pasaba a protagonizar absolutamente toda la relevancia de la vida egipcia en detrimento del dios Amón. El poderoso clero de este dios, molesto por la persecución a la que se veían sometidos, no tardó en reaccionar y muy probablemente organizó un pequeño complot para destronar a Akhenatón o, al menos, aprovechar la ausencia de un nuevo faraón maleable, léase Tutankhamón, para volver a recobrar su antiguo poder.
La presencia de Ay junto a Tutankhamón, miembro destacado del clero de Amón, parece indicar que, quizás contraviniendo los deseos del joven faraón, manipuló cuanto quiso el destino del país volviendo a trasladar la capital a la milenaria Tebas. El cambio de nombre de Tutankhatón a Tutankhamón también parece un hecho significativo del brusco giro dado en la vida religiosa de la época. Curiosamente sobre el trono de madera dorada descubierto en su tumba y exhibido hoy en el Museo de El Cairo, pueden leerse los dos nombres del rey: Tutankhatón y Tutankhamón.
Es muy poco lo que se puede decir del reinado de este Faraón Niño. Sabemos gracias a las pinturas conservadas en la tumba de Huy, que enAnkhesenamon02nacho-ares este momento se hicieron varias expediciones a Nubia, algo que, por otra parte, no era nada extraordinario. También el general Horemheb continuó con su expansión y consolidación de los territorios egipcios en la franja oriental del Mediterráneo. Al mismo tiempo fue medrando su posición junto con el sacerdote Ay, hasta colocarse prácticamente como el segundo de abordo del trono de las Dos Tierras.
Durante su reinado también se hicieron algunas obras constructivas como la decoración de la columnata del templo de Luxor, comenzada por Amenofis III así como otras partes erigidas en el templo de Karnak. Pero el hecho más representativo del período de Tutankhamón, por destacar uno, es la vuelta a las doctrinas teológicas tradicionales de Amón, en detrimento del disco solar de Akhenatón. En el mencionado templo de Karnak apareció junto al Tercer Pilono la llamada Estela de la Restauración en la que se recoge este importante momento histórico. Hoy día se conserva en el Museo de El Cairo. Años después, el texto fue usurpado por el general Horemheb quien quiso apropiarse del gesto conciliador con el clero de Amón al grabar su nombre encima del de Tutankhamón.
La estela mide 2,4 metros de altura y se encuentra fragmentada en varias piezas hoy recompuestas. Sobre la luneta se puede ver al faraón Tutankhamón realizando ofrendas al dios Amón de Tebas que porta la típica corona del Bajo Egipto rematada de dos enormes plumas: “Cuando su majestad se hizo rey, los templos de los dioses y las diosas que se extendían de Elefantina a las marismas del Delta… habían caído en el abandono. Los santuarios parecían no haber existido nunca, con los vestíbulos convertidos en hollado sendero. El país estaba sumido en la confusión, los dioses abandonaron esta tierra… Su Majestad administraba esta tierra y ejercía el gobierno cotidiano en las dos márgenes del río. Luego Su Majestad siguió el consejo de su corazón en busca de toda ocasión excelente, en pos de lo que fuera beneficioso para su padre Amón, para embellecer su augusta imagen de oro puro… Todas las [ofrendas] del templo están duplicadas, triplicadas y cuadruplicadas en plata, oro, lapislázuli, turquesa, todas ellas piedras raras y caras, lino real, ropa blanca, lino fino, aceite de oliva, resinas… incienso y mirra, y todas las cosas buenas, sin límite… El corazón de los dioses y las diosas que se encuentran en esta tierra rebosan alegría. Los poseedores de santuarios están contentos. Las tierras llenas de júbilo producen con dicha. Por doquier [en todo el país] hay celebraciones y han empezado a darse las buenas [condiciones].”

Una misteriosa carta a los hititas

Ankhesenamon04_nacho-aresA la muerte de Tutankhamón, cuando solamente debía de contar 18 años de edad, su joven esposa Ankhesenamón se dio cuenta, quizás por primera vez, de la manipulación a la que habían sido sometidos ella y su marido por el clero de Amón. En este punto de la historia de Egipto que debió de rondar hacia el año 1323 antes de nuestra era, se da uno de los momentos más curiosos del período de Amarna y de la dinastía XVIII. En un último intento de conservar la doble corona de Egipto y que ésta no pasara a las ensangrentadas manos de Ay, quien probablemente hiciera asesinar a Tutankhamón, la princesa Ankhesenamón, viendo que no tenía descendencia a la que legar el trono del país, desesperada, escribió una dramática carta al rey de los hititas, Supiluliuma, pidiéndole un hijo para desposarle y convertirle así en faraón de Egipto. Hoy muchos creen que la autora de la carta fue en realidad Nefertiti, esposa de Akhenatón. Sin embargo, no son pocos los que creen que la misteriosa reina de la correspondencia es Ankhesenamón, la esposa de Tutankhamón.
Se conserva una copia de la carta, descubierta en el archivo de Vogazcoy (Turquía). Fue escrita en cuneiforme, la escritura utilizada por la diplomacia de la época. De las docenas de tablillas que forman el repertorio llamado Las Obras de Supiluliuma relatadas por su hijo Mursilis II, la séptima es la que recoge toda esta desesperada aventura de una princesa en busca de rey: “Cuando mi padre (Supiluliuma) estuvo en el país de Carquemish, envió a Lupakki y Tarhunta[?]-zalma al país de Amka. Fueron para atacar a Amka y traer desterrados, ganado vacuno y ovino a mi padre. Pero cuando los egipcios se enteraron del ataque de Amka, tuvieron miedo y como, para colmo, su señor Nibhuruiya había muerto, la reina de Egipto, Dahamunzu [?] envió un mensajero a mi padre y le escribió esto: ‘Mi marido acaba de morir y no tengo hijos. Me dicen que tenéis varios hijos adultos. ¡Enviadme uno: haré de él mi esposo y el rey de Egipto! [Ciertamente] podría elegir uno de mis servidores, pero me horroriza hacerlo esposo mío… ¡Tengo miedo!”.
No se conoce a ningún faraón con el nombre de Nibhuruiya, sin embargo, es posible que se esté haciendo alusión al prenomen de Tutankhamón, Nebkheperura transcrito a caracteres cuneiformes. También podría ser Meferkheperura, Akhenatón, de ahí la idea de que la autora de la correspondencia fuera Nefertiti. Algo parecido debió de suceder con el nombre de la reina, Dahamunzu. Efectivamente, no hubo ninguna reina con este nombre pero es posible que se esté aludiendo a la expresión egipcia Ta Hemet Nesu, “la esposa del rey”, escrita en caracteres cuneiformes, lo que no señala claramente si es Nefertiti o Ankhesenamón.
El rey hitita, sospechando que realmente se trataba de una trampa contra su reino, tras convocar al Consejo de los Grandes prefirió enviar un embajador, de nombre Hattusaziti, para que confirmara este relato: “Cuando mi padre oyó tal cosa, llamó en consejo a los Grandes [y dijo] : ‘¡Nunca ha ocurrido esto en toda mi vida!’ Así las cosas, mi padre envió a Egipto a Hattusaziti, el embajador [con esta orden]: ‘¡Ve y tráeme la verdad! ¡Quizá me engañen! ¡Quizá [en realidad] tengan un hijo de su señor! ¡Tráeme de vuelta la verdad!”
Para desesperación de la reina, el mensajero llegó al cabo de un mes. Según cuenta la tablilla séptima: “Cuando llegó la primavera, Hattusaziti [regresó] de Egipto y con él iba el mensajero de Egipto, el señor Hani”.
El mensajero egipcio Hani traía consigo una segunda carta de la reina egipcia en contestación a las dudas planteadas por Supiluliuma: “‘¿Por qué has dicho que quieren engañarte? Si yo tuviera un hijo, ¿escribiría al extranjero para pregonar el apuro de mi persona y mi país? Y tú has desconfiado de mí y has hablado así. Mi esposo ha muerto y yo no tengo hijos. ¿Es preciso que tome uno de mis súbditos y me case con él? No he escrito a nadie más, sólo a ti. Todo el mundo te atribuye muchos hijos; dame uno, pues, para que sea mi esposo y reine en Egipto’. Así, puesto que mi padre era hombre de buen corazón, escuchó la palabra de la mujer y se ocupó de la cuestión del hijo.”
Tres meses después de que la reina enviara la primera carta, Supiluliuma se convenció de su buena fe y envió a uno de sus hijos, el príncipe Zennanza. Esta parte del relato no se conserva en la tablilla número siete del primer archivo, sino que ha llegado hasta nosotros gracias a un texto hitita llamado Las plegarias del palacio de Mursilis: “Pero cuando mi padre les dio uno de sus hijos, lo mataron mientras lo llevaban allí. Mi padre se dejó dominar por la rabia, fue a la guerra con Egipto y atacó Egipto. Aniquiló los soldados de infantería y los conductores de carros de Egipto. Pero cuando traían a la tierra de Hatti los prisioneros que habían tomado, se declaró entre ellos una plaga y empezaron a morir. Cuando llegaron con los prisioneros a la tierra de Hatti, los prisioneros introdujeron la plaga en la tierra de Hatti. A partir de ese día comenzó a morir gente en la tierra de Hatti.”
Seguramente alguien desde Egipto, enterado de las intenciones de la reina mandó asaltar la caravana que escoltaba al príncipe hitita y asesinarlo. Como se ve, en este apartado de la carta se menciona que el trance supuso el comienzo de una guerra entre Egipto y el país de Hatti, guerra de la que no se tiene constancia histórica ninguna.
Al fin y al cabo, fueron los días más largos de la vida de Ankhesenamón, el tiempo que duraba la momificación de su esposo, durante el cual podía conservar la doble corona de Egipto. De nada valió el último esfuerzo de la reina. Siguiendo el triste destino de sus antecesoras, no se volvió a saber nada de la reina Ankhesenamón. Es posible que se casara con el sacerdote Ay quien sucedió en el trono a Tutankhamón.

Una segunda posibilidad

Son innumerables las lagunas históricas existentes en este apasionante período de la historia de Egipto. La insistencia de Ankhesenamón por conseguir marido viene justificada por el hecho de que a lo largo de la dinastía XVIII, y quizás también en otros períodos de la historia de Egipto, el trono pasaba de rey a rey a través del vínculo matrilineal. Es algo que no está demostrado a través de ningún texto, pero si realizamos un estudio detallado de las sucesiones en este período nos daremos cuenta de que es así. Sin embargo, la última palabra la tienen los análisis de ADN de las momias reales del Museo de El Cairo.
Esto es lo que ha defendido la egiptología tradicional desde hace décadas. Sin embargo, puede que no sea cierto. Tampoco está muy claro que la protagonista de esta romántica historia sea efectivamente la reina Ankhesenamón. Según defiende Nicholas Reeves, que como ya hemos visto es un verdadero especialista en el reinado de Tutankhamón y en el período de Amarna en general, resulta más lógico pensar Ankhesenamon05_nacho-aresque la autora de la carta recibida por el rey hitita Supiluliuma fuera en realidad Nefertiti y no Ankhesenamón.
No hace falta tener mucha imaginación para descubrir que efectivamente algo extraño debió de suceder al final del reinado de Tutankhamón. Tras él subió al trono Ay, el mismo sacerdote que había ayudado a restaurar el poderío de Amón en Egipto. Debía de ser una persona muy anciana ya que a través de la documentación se le puede seguir las pista hasta el reinado de Akhenatón. Posiblemente Ay fuera hermano de Tiyi, esposa de Amenofis III y por lo tanto hijo de Yuya y Tuya. También es posible que Ay fuera el padre de Nefertiti, aunque este detalle, como es habitual en el período de Amarna, no es más que una especulación. Su reinado en Egipto fue realmente fugaz. Desconocemos si llegó a él tras casarse con Ankhesenamón. Aunque este hecho parece lo más probable, no deja de ser insólito que en la tumba de este sacerdote-faraón en el valle oriental, anexo al Valle de los Reyes, la WV23 no aparece un solo trazo de la viuda de Tutankhamón. Ay no duró más de cuatro años en el trono. Todo parece indicar que la sucesión natural era que el trono pasara a manos de un posible hijo suyo, de nombre Nakhtmin, oficial del ejército de Tutankhamón. Esta posibilidad se basa en la inscripción de una estatua doble muy deteriorada en la que aparece el propio Nakhtmin junto a su esposa y de cuya titulatura se deduce la sucesión que acabo de mencionar. Pero después de Ay, sin embargo, aproximadamente en el año 1319 a. de C., fue coronado como rey de las Dos Tierras Horemheb, el mismo general que durante años había esperado en la sombra el momento idóneo para llegar al trono de Egipto. No era de sangre real. Por el contrario su origen era bastante humilde. Pero su fuerte personalidad como militar hizo que fuera nombrado sucesor de Ay a la muerte de éste.

 

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