La venganza del Nilo

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Este artículo lo publiqué en la revista Misterios de la Arqueología y del Pasado (nº 11 agosto 1997) con el título “LA PRESA DE ASWAN DESATA LA MALDICIÓN DEL DIOS HAPI: LA VENGANZA DEL NILO”.

Puedes descubrir más datos del río Nilo en este vídeo.

El viejo proverbio árabe que afirma que “el hombre teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides”, se está convirtiendo con el paso de los años en una extravagante utopía. Desde que en 1959 se comenzaran las obras de construcción de la gigantesca presa de Aswan, el valle del Nilo ha cambiado de tal manera que hoy día no es más que una vela que, con el paso de los años, va consumiéndose sin remisión.
La destrucción paulatina de los monumentos que componen el vastísimo legado arqueológico de Egipto, ha aumentado su velocidad de forma desconcertante en los últimos años. Paradójicamente, hasta comienzos de siglo, la destrucción natural que había sufrido la mayor parte de los monumentos podría considerarse la común para cualquier edificio de su antigüedad. Sin embargo, la explotación turística del país, las restauraciones inadecuadas y, especialmente, el cambio en los biorritmos naturales de Egipto, han originado que, en lo que llevamos de siglo, muchos monumentos que aguantaron el paso del tiempo como un hecho sin importancia, se hayan venido abajo en las últimas décadas ante la mirada impávida de los egiptólogos.

La presa de Aswan: homicidio a la historia

04venganza_nacho-aresEn 1971, el gobierno egipcio inauguró, después de once años de trabajo, la que hoy lleva por nombre Alta Presa de Aswan. Heredera de la construida en el mismo lugar a comienzos de siglo, con casi cuatro kilómetros de longitud, 980 metros en su base y más de 100 de altura, la presa de Aswan forma un gran lago artificial -más que lago, un océano-, de más de 500 kilómetros de longitud y 2000 kilómetros cuadrados de superficie. Sus 165 mil millones de metros cúbicos garantizaban el súbito cerrojazo a las crecidas imprevisibles del Nilo, en ocasiones exageradas, proporcionando al mismo tiempo el regadío necesario para todo el valle y también el 60 % de la electricidad consumida por el país.

Sin embargo, pocos fueron los que pensaron en el irremediable daño que supondría su construcción. La crecida que cada año sufría el Nilo y que tenía lugar a comienzos del verano con la aparición al amanecer de la estrella Sirio, desapareció de la noche a la mañana para siempre. De igual manera, el fertilizante limo negro que dejaba el Nilo una vez se habían retirado sus aguas, auténtica seña de identidad durante siglos del Egipto faraónico, también desapareció repentinamente. Como agravante “menor”, 60 mil personas tuvieron que ser desplazadas de su lugar de residencia para ser ubicadas en zonas más altas del valle. Si bien se pensó en su momento que la construcción de la presa era la única salida de desarrollo del país, para algunos investigadores, los grandes errores técnicos cometidos por los ingenieros han venido a demostrar que, lejos de beneficiar, la presa se ha convertido en un problema añadido.

La otra cara de la moneda

Esta construcción que algunos han llamado faraónica jamás habría sido levantada por un faraón egipcio en su sano juicio. Tal aberración al dios del Nilo Hapi, interrumpiendo su ciclo mágico de crecidas, de ningún modo habría sido aceptado por la sociedad egipcia en la Antigüedad. Un caso muy diferente fueron las reestructuraciones llevadas a cabo en el oasis de El Fayum durante el reinado de Sesostris II (ca. 1890 a. C.) en donde se construyeron canales, esclusas y una presa de retención de aguas, que a la postre convirtieron la región en la más rica del país.
Sin embargo, la presa de Aswan es un crimen al entorno natural de Egipto. Para colmo, el limo negro proveniente de Etiopía que impregnaba los suelos después de la inundación, dando nombre al país en la Antigüedad (Kemet, “La Tierra Negra”), y que en la actualidad ha desaparecido de los campos egipcios, estrangula varias de las turbinas de la presa haciéndolas totalmente inútiles.
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Pero sin lugar a dudas, el resbalón más importante que tuvieron los técnicos que diseñaron la presa hace casi cuarenta años, fue olvidar el principio elemental de los vasos comunicantes. Al no colocar suficientes esclusas a lo largo del Nilo, el nivel del agua es en todos los puntos igual. De esta manera, desde que la presa comenzó a funcionar con normalidad a comienzos de los años 70, el caudal del río ha permanecido bajo aunque constante. Esta circunstancia, aparentemente trivial para unas regiones, ha provocado que en el Delta egipcio, -las zonas pantanosas del norte del país cercanas al mar Mediterráneo-, entrara agua del mar de forma incontrolada, ocasionando la salinización desmesurada del terreno.
La piedra caliza, una de las más comunes en la construcción de los templos y tumbas egipcios, necesita de un ambiente seco y aireado para su perfecta conservación. Al contacto con la humedad forma en su interior cristales de sal que con el paso del tiempo van aumentando de tamaño y acaban por resquebrajar el interior de la roca. Vivo ejemplo de lo que decimos es la degradación de los famosos colosos de Memnón. Desde que la presa existe, la inundación ya no cubre los colosos limpiándolos de sal, por lo que la acumulación de este material en los último veinte años ha provocado las primeras fisuras en la piedra.
Más grave es la situación cuando los cristales aparecen en la superficie de la roca y desprenden las pinturas realizadas sobre estuco en las tumbas, como ocurría en el triste caso de la tumba de Nefertari en el Valle de las Reinas de Tebas.
La propia humedad que provoca el lago en el ambiente, ha originado la aparición de nuevas especies de plantas que crecen entre las rocas de los monumentos, resquebrajando los relieves y los cimientos de los templos.
Esta supuesta relación entre la presa de Aswan y la degradación de los monumentos, teoría defendida junto a otros investigadores por el egiptólogo H. Fahmy y reflejada en un exhaustivo informe, ha sido totalmente rechazada por el gobierno egipcio. Zahi Hawass, director del Servicio de Antigüedades de Egipto en la meseta de Gizeh y uno de los pocos egiptólogos egipcios de renombre, se ha tenido que morder la lengua en favor de su gobierno y tener que salir a la palestra a defender la construcción de la presa, afirmando que no hay nada de cierto en esos rumores.
Aunque no lo fuera, la construcción de la presa ha sido catastrófica desde el punto de vista arqueológico. Si bien la comunidad internacional aplaudió la salvación de los templos rupestres de Ramsés II y su esposa Nefertari en Abu Simbel, el traslado del santuario de Isis desde Filae hasta la actual isla de Ailkia, o los no menos conocidos desplazamientos de los templos de Debod a Madrid, o el de Dendur hasta el Metropolitan Museum de Nueva York, son muchísimos más los edificios que, por motivos técnicos, han quedado irremediablemente en el fondo de las aguas del lago Nasser. Estos templos, para nada menores, que corrieron peor suerte que las grandes construcciones de Ramsés II, por culpa de la falta de presupuestos han cambiado los turistas humanos por otros de menor tamaño que bucean de forma indiferente entre sus columnas y pilonos.
Por su parte, la vasta extensión de agua que forma el lago Nasser ha transformado de forma radical el entorno climático de la zona. Desde su construcción, aparecen en el cielo masas nubosas que nunca se habían visto.

Segunda muerte en el Valle de los Reyes

El Valle de los Reyes, situado en la orilla oeste del Nilo a su paso por la antigua capital Tebas, ha sido desde siempre uno de los lugares más importantes de la historia de Egipto y de la egiptología como ciencia. Allí se encuentran los enterramientos de Amenofis III, Seti I, Ramsés II, y otros prestigiosos faraones de las dinastías XVIII y XIX, de los que, a excepción de Tutankhamón, no se ha encontrado absolutamente nada en sus sepulturas.
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Las inundaciones periódicas que el valle padece, antiguamente eran recogidas por el Nilo. En la actualidad, tras la construcción de la presa, al tener el río siempre el mismo caudal, el agua de las lluvias no se desvía hacia el Nilo, siguiendo su curso natural, sino que se estanca en las proximidades del valle. De esta manera, el agua acaba inundando las tumbas que se encuentran más desabrigadas en los acantilados o es absorbida lentamente por la roca madre, con todos los perjuicios que ello conlleva en lo que respecta a la formación de los cristales de sal.
El investigador norteamericano John Romer, en su libro La violación de Tutankhamón (Barcelona 1994), realiza una crítica, en ocasiones exagerada, al abandono que padecen algunas de las tumbas del Valle de los Reyes y de las Reinas. Según Romer, el descontrol de la situación ha llegado a tal extremo, que algunos egiptólogos prefieren, ante la falta de fondos para la restauración de estos monumentos, fotografiar y copiar las inscripciones de las tumbas, para que a modo de último testimonio, permanezcan en la memoria de investigación del valle y luego pasen al más absoluto de los olvidos del Servicio de Antigüedades. De esta manera, tumbas de miles de años de antigüedad se investigan de manera precipitada como si fueran las excavaciones de urgencia de unas bodeguillas de época medieval encontradas en una ciudad mientras se hacían los cimientos de una casa.

El terrible homo turísticus

Pese a todo, es de ingenuos creer que la construcción de la presa de Aswan es la única causa de la sangrienta destrucción de los monumentos egipcios, si bien, desde el principio ha existido una relación bastante importante entre ambos elementos. Hoy nadie duda que el factor más pernicioso ha sido y será, la presencia del hombre, y máxime esa subespecie que algunos han tenido a bien denominar homo turísticus.
Siguen siendo millones los turistas que cada año visitan el país de los faraones, a pesar de la amenaza del integrismo islámico. Cada turista que accede al interior de una tumba o pirámide deja consigo en el ambiente del edificio una media de 20 gramos de agua. El caso más sangrante conocido hasta la fecha ha sido el de la tumba de la reina Nefertari en el Valle de las Reinas. Mientras la humedad media en una tumba convencional aumenta después de un día de visitas en un 30 %, baremo estipulado dentro de lo “normal”, en la tumba de Nefertari, los cientos de turistas que la visitaban a diario hacían ascender la humedad al 100 %. Esta circunstancia provocó que, junto al propio cambio climático sufrido por la tumba tras su descubrimiento en 1904 por el italiano Schiaparelli, la humedad formara cristales de sal bajo sus pinturas, desprendiéndolas de manera irreversible.
Tras su prolongada y magnífica restauración, llevada a cabo por la fundación americana Getty, el gobierno egipcio ha hecho caso omiso de las sugerencias de los restauradores quienes aconsejaban la entrada limitada a la tumba. En un primer momento la recomendación de Eduard Porta, miembro del equipo de restauración que trabajó en la tumba desde 1985 hasta 1995, fue “cerrar la tumba con candado y tirar la llave al Nilo”. Como esto parecía algo imposible, se decidió que, como mal menor, las visitas se redujeran a 150 personas diarias, hecho que no ha sido respetado por el Servicio de Antigüedades, haciendo buenas las proféticas palabras de Porta quien afirmó que “cuando abran la tumba, eso va a ser maricón el último”.
También, la construcción de la presa ha facilitado la expansión del homo turisticus por algunas zonas como la isla de Filae o los templos de Abu Simbel. En este último lugar se construyó un pequeño aeropuerto y un hotel de lujo para albergar a las hordas de turistas que visitaban el lugar. Por su parte, cuando funcionaba la primera presa de Aswan construida en 1904, el templo de la isla de Filae quedaba sumergido por las aguas del Nilo durante casi todo el año, siendo únicamente posible su visita durante el mes de agosto; el mes en el que se abrían las compuertas de la esclusa para evitar una presión excesiva de la crecida del Nilo. Tras la construcción de la moderna presa, el templo se desmontó y fue trasladado 150 metros al norte a la mencionada isla de Aguilkia a donde van todos los turistas que quieren en cualquier época del año.

Otros factores de degradación

No tenemos que olvidar una serie de condicionantes que ya existen en Egipto por la propia naturaleza del país. Los cambios de temperatura, especialmente en el Alto Egipto pueden ser tan bruscos como los que se dan en el templo de Abu Simbel: en un período no superior a las ocho horas la temperatura puede oscilar entre los 15 y los 41 grados centígrados. Esta variación de 25 grados, qué duda cabe, daña de forma irreparable la estructura de la roca.
Si al cambio térmico le agregamos la erosión del aire, los problemas de restauración se multiplican. Curiosamente, Tutmosis IV, faraón que reinó hacia el 1420 a. C. y que pasó a la historia como uno de los primeros restauradores de la Esfinge, conocedor de esta problemática, mandó construir en la cara norte del león dos muros protectores con el fin de paliar el efecto del viento sobre el cuerpo del animal.
En menor medida, los propios habitantes del país del Nilo, ignorantes del precioso pasado que poseen y, quizás, más interesados en la búsqueda del modus vivendi para sus familias que en la salvación de su prestigioso pasado, no suelen poner reparos en hacer la vista gorda en casos para nada excepcionales. Si bien existe una prohibición por ley de no dejar realizar fotografías en el interior de las tumbas tebanas con el fin de no dañar el color de las pinturas, no hay más que soltar un puñado de dólares para realizar cuantos carretes uno desee. En una ocasión pude observar cómo un turista era reprendido por el vigilante de una tumba del Valle de los Reyes no por el hecho de hacer fotografías cuando está prohibido, sino por realizarlas sin haberle ofrecido la consabida propina.
Por su parte, los espectáculos de luz y sonido celebrados en Gizeh, Karnak y Filae, no hacen más que atacar a los monumentos con potentes focos y bombardearlos con decibelios procedentes de las cercanas pantallas de sonido.

A golpe de cemento

segunda esfinge03El comprensible deseo de autosuficiencia que ha tenido el gobierno egipcio hasta hace unos años, ha provocado daños irreparables en algunos monumentos, debido a los inadecuados sistemas de restauración que se han utilizado. La famosa Esfinge de Gizeh es un buen ejemplo de ello. Debido a las condiciones atmosféricas de la zona, el león del desierto ha sufrido entre los años 1982 y 1987 el desprendimiento de decenas de metros cuadrados de su superficie a lo que hay que añadir los 11 metros del hombro izquierdo que se cayeron en 1988.
Los responsables egipcios, ni cortos ni perezosos, no tuvieron otra ocurrencia que utilizar cemento para volver a poner en su posición los fragmentos desprendidos. Este sistema, pensado además para proteger el cuerpo de la Esfinge de las lluvias que se dan en la zona, no hizo más que empeorar la situación ya que la capa de cemento resultó ser permeable, aumentando, por consiguiente, la humedad interior de la roca y acelerando la aparición de cristales de sal. Esta decisión tuvo como mayor peligro, el que la cabeza de la Esfinge estuviera en un tris de venirse al suelo. Esta es la razón por la que la cabeza ha estado sujetada por una especie de collarín durante una gran número de meses.
Sin embargo, no es la meseta de Gizeh el único lugar en donde se han podido apreciar este tipo de aberraciones a la arqueología. Cualquier visitante de los templos de Edfu, Esna, Luxor, Karnak, o Medinet Habu, puede observar aún hoy, cómo los lugareños se ganan unas piastras como restauradores peritos, tapando los desperfectos de algunos relieves con el cemento contenido en un vaso de Coca-Cola y una espátula.
Curiosamente, los políticos encargados de la restauración de monumentos han ido cayendo a la misma velocidad que los bloques desprendidos de los templos.

El traslado de un coloso

A más de 300 kilómetros al sur de la ciudad de Aswan se encuentran los espeos de Ramsés II y el de su esposa Nefertari en Abu Simbel, sin duda alguna, los estandartes más representativos de lo que ha significado para la arqueología la construcción de la presa. Los templos de Abu Simbel, dos más entre la veintena que finalmente consiguieron salvar la piedra de las aguas, eran el argumento más importante de un gran plan propuesto por la UNESCO el 8 de marzo de 1960. El más grande de ellos, excavado en la roca de la montaña por orden de Ramsés II (ca. 1280 a. de C.), y dedicado a Amón-Re, Harmakis, y Ptah, con casi 40 metros de fachada y 70 de profundidad, presentaba los problemas más difíciles.
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Se sugirieron tres proyectos para su salvación. El primero proponía la construcción de un embalse en forma de arco, que salvaguardara los templos dentro de una gran cubeta. El segundo de ellos proponía algo increíble: literalmente, envolver la montaña con cemento, cortarla y subirla con un torno. De los tres planes presentados, la UNESCO finalmente se inclinó por el tercero. Éste, “simplemente” proponía cortar la montaña en bloques de no más de 20 toneladas y transportarlos a 200 metros de su emplazamiento original con la misma precisión y orientación que tenía en un principio.
Sin embargo, en la actualidad no se ha podido igualar la asombrosa técnica faraónica de hace casi cuatro mil años. Y es que los rayos de sol que se introducían en lo más profundo del templo en dos momento exactos del año (21 de febrero y 21 de septiembre), en el emplazamiento actual llegan un día tarde.

La solución final

Como acertadamente ha señalado el Dr. Hawass, cada lugar necesita un plan de conservación específico, si bien todos ellos deben mantener una misma pauta. Dentro de este plan sería necesario respetar en la medida de lo posible el acceso del turismo a los monumentos, como fuente principal de riqueza del país. Así, se ha propuesto la entrada limitada a ciertas tumbas (¿como en el caso de Nefertari?), colocar cristales especiales sobre las pinturas, prohibir tajantemente las fotografías con flash y el tocar las pinturas de las tumbas, hacer reproducciones de las más famosas, etcétera. Una larga relación de normas y reglas muy atractivas sobre el papel ante las que el Servicio de Antigüedades de Egipto se encuentra totalmente incapacitado y saturado para llevar a cabo.
En el año 1992 el gobierno egipcio aprobó un suculento plan de reorganización de las pirámides de Gizeh elaborado por la UNESCO y financiado con 40000 dólares por el Fondo del patrimonio mundial. El plan destacaba la necesidad de variar las carreteras que daban acceso al complejo piramidal y eliminar los caminos asfaltados que permitían el tránsito de vehículos en el interior de la zona. También se ha barajado la posibilidad de cubrir la Esfinge con una carpa gigante especialmente diseñada para su conservación, de modo similar a como está cubierta la barca solar de la pirámide de Keops.
Pero los años han ido pasando y es muy poco el camino que se ha avanzado en el problema de la restauración de los monumentos que comprenden el impresionante legado del mundo faraónico. Los conflictos religiosos que padece el país han provocado un descenso considerable en el turismo. Como consecuencia de ello, los reclamos turísticos se han disparado en los últimos años sin importar su precio, reabriendo monumentos cerrados, como la tumba de Nefertari, o acelerando restauraciones a golpe de cemento como la de los templos de Karnak o Luxor. Y es que, como dicen los mismos egipcios, todo se arregla con un simple no problem, y una pequeña baksis.

(c) 2016

1 comentario

  1. Victoria

    Publicado el 23 de enero de 2017 en 10:18

    Que pena que la mala actuación del hombre actual sirva para estropear en vez de para preservar. Felicidades Nacho, estupendo artículo.

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