El secreto de Nakht, astrónomo de Amón

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Este artículo se corresponde con el primer capítulo de mi libro La Historia Perdida (EDAF 2003).

Después de décadas de investigación, es sabido que los conocimientos astronómicos de los antiguos egipcios estaban muy por encima de lo que seguramente muchos investigadores hubieran imaginado jamás. Lo más curioso de todo es que el estudio casi secreto de esta ciencia, realizado en el interior de los templos, no ha transcendido hasta nosotros por ninguna fuente; ni siquiera gracias el testimonio de los que trabajaron para ella, auténticos testigos mudos de la historia. Un buen ejemplo de ello es la historia que voy a contar a continuación.
La ciudad de Luxor, la antigua Tebas de los egipcios, alberga, sin lugar a dudas, el mayor complejo arqueológico de todo el Valle del Nilo. No en vano, en la actualidad son más de cincuenta las misiones arqueológicas internacionales que despliegan todo sus medios científicos en la Montaña Tebana para conseguir descubrir los secretos que todavía siguen escondidos en este lugar después de casi una treintena de silencio. En la orilla occidental, la Montaña Tebana recorre la vera del río Nilo a lo largo de una inmensa franja de roca. Allí podemos encontrar los templos más espectaculares de la antigua Tebas como el de Ramsés II, llamado el Rameseum, el de la reina Hatshepsut en Deir el Bahari, o el de Ramsés III en Medinet Habu, cuyos colores parecen que han sido pintados el día anterior a la visita de cualquier turista.
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Sin embargo, si por algo es conocida la región de Tebas es por las miles de tumbas que allí se han conservado hasta nuestros días. Nadie puede pasar por alto la presencia del Valle de los Reyes, con casi 80 tumbas excavadas en la roca, los conocidos hipogeos, el mal llamado Valle de las Reinas con 98, y el inmenso complejo privado que extiende sus sepulcros a lo largo de varios kilómetros de acantilado sobre la aldea de El Gurna o en la zona conocida como Dra Abu El-Naga. Estas tumbas privadas se pueden dividir en dos grandes grupos: las que pertenecen a los artesanos, que vivían en la aldea de Deir el Medina, y las de los nobles que se hicieron construir en lo que hoy es la ya desaparecida aldea de El Gurna. Cuando los modernos turistas visitan el Valle de los Reyes, para llegar hasta él hay que dejar a la izquierda toda esta necrópolis.
Estas tumbas pertenecen al mismo período de la historia de Egipto, el Imperio Nuevo (1567-1085 a. de C.) y son las más espectaculares, precisamente, gracias el esplendor de este período. Sin embargo, aquí no vamos a hablar de la belleza subjetiva de la decoración de estos hipogeos, ni de la importancia política o histórica de los que las ocuparon. Más bien de todo lo contrario; de un extraño silencio que hasta ahora nadie ha podido explicar.

Viaje a Gurna

En pleno corazón de la necrópolis se encuentran algunos de los mejores ejemplos de tumbas privadas de la historia de Egipto. Es el llamado Valle de los Nobles, último lugar de reposo para importantes personajes como Ramosé, gobernador de Tebas y visir bajo el reinado de Amenofis III, Sennefer, príncipe de la Ciudad del Sur, o Menna, el escriba del catastro con Tutmosis IV. Todos ellos tuvieron tumbas a cada cual más hermosa sobre cuyas paredes se describieron, como es lógico, las actividades realizadas por estos altos personajes en vida. De esta forma se garantizaban que en el Más Allá, una vez revividos por las fórmulas mágicas de textos como el Libro de los Muertos, podrían seguir disfrutando de todas sus prebendas en el reino de Osiris.
Sin embargo, hay una tumba, para mí la más hermosa de todas, que destaca por un hecho aparentemente baladí. Las pinturas que describen las actividades del difunto no tienen nada que ver con el oficio que desempeñó en vida. Nos referimos al sepulcro de Nakht (TT 52), el escriba y astrónomo del dios Amón, que desempeñó su importante trabajo durante el reinado de Tutmosis IV (1425-1405 a. de C.) el mismo rey que levantó la conocida Estela del Sueño que hoy se levanta entre las patas de la imponente Esfinge de Gizeh al pie de la pirámide de Kefrén.
Efectivamente la tumba de Nakht es famosa en el mundo entero por la excepcional hermosura de sus pinturas. Casado con una cantora de Amón, este escriba y astrónomo sufrió en su última morada la intolerancia iconoclasta del reinado del faraón Akhenatón (11379-1362 a. de C.), quien mandó borrar de los muros del sepulcro el nombre del dios tebano Amón, que aparecía en todas las inscripciones.
Nada tendría de extraño si el oficio que hubiera desempeñado Nakht en vida hubiera sido el de barquero o artesano. Pero no fue así. El hecho de que, siendo astrónomo, título que se repite hasta la saciedad en el interior de la tumba, no aparezca una sola representación celeste, ni siquiera el dibujo de la más mínima constelación, hace sospechar sobre la insólita discreción que mantuvieron los egipcios en todo lo relacionado con esta ciencia.
Y no es porque no conocieran el método de representar este tipo de iconos astronómicos. La necrópolis tebana está repleta de ellos. ParaNakht03_nacho-ares muestra un botón. La tumba de Senenmut, arquitecto y posible amante de la reina Hatshepsut, la misma persona que diseñó y levantó el templo construido en varias terrazas en el acantilado de Deir el Bahari, posee un techo astronómico sin igual. Sobre un fondo de color blanco aparecen representadas varias esferas delineadas en negro ante las que se han representado dibujos de constelaciones. Algo parecido sucede en varias tumbas del Valle de los Reyes, como la de Ramsés VI, muy cerca de la del Faraón Niño, Tutankhamón. En la cámara del sarcófago, que en la actualidad está siendo restaurada, podemos disfrutar de uno de los techos astronómicos más conocidos de toda la historia de Egipto. La diosa del cielo Nut despliega su cuerpo amarillo sobre toda la superficie azul de la techumbre para dar a luz y devorar cada día al sol. Su cuerpo, tachonado de estrellas, se encuentra recorrido por las constelaciones y las estrellas más importantes de los egipcios. Allí podemos ver a Orión, a la estrella Sirio, a una misteriosa constelación Leo que no tiene nada que ver con la que nosotros identificamos como tal, etcétera. Algo parecido sucede con la cámara funeraria de la tumba de Seti I. El padre del glorioso Ramsés II se llevó al más allá uno de los techos astronómicos más hermosos de toda la Antigüedad. Y, sin embargo, ninguno de ellos era astrónomo ni tenía nada que ver con este arte. Pero Nakht, que sí lo era, prefirió por razones que hoy desconocemos, realizar su particular tránsito hacia la tierra de Osiris dando la espalda a lo que había sido su trabajo diario en el templo de Amón de Tebas.
Efectivamente, nada de lo que hay en la tumba de Nakht recuerda ni siquiera vagamente el papel de un astrónomo de Amón. Tras cruzar un patio exterior se entra en el hipogeo propiamente dicho. Allí, una sala transversal, la única que posee decoración en la tumba de Nakht, da paso a un largo pasillo que finaliza en una capilla en donde se realizaban los rituales del enterramiento.
Las magníficas pinturas que hay en la pared, a la izquierda de la puerta del vestíbulo, hacen alusión al banquete funerario. Allí podemos ver las universalmente conocidas bailarinas que tañen flautas y los arpistas ciegos, animando la presencia de los invitados al banquete, representados con una gracia sin igual en multitud de gestos y posturas.
En la pared de la derecha del mencionado vestíbulo se representó una escena de caza en los marjales del Delta, al norte de Egipto, haciendo alusión a las propiedades que tenía Nakht en aquella parte de Egipto.
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Uno puede pensar que realmente nos podemos encontrar ante una tumba reutilizada, construida en un primer momento para otro noble y que por circunstancias que hoy desconocemos, Nakht tuvo que ocupar. Para ello solamente tendría que haber retocado los nombres del difunto o adecuar mínimamente la repartición de los temas decorativos para acercarla a sus intenciones. Sin embargo, el análisis que se ha realizado no parece demostrar ningún tipo de reutilización, sino que, todo lo contrario, la tumba tebana nº 52 fue estructurada y decorada para el uso exclusivo de Nakht, escriba y astrónomo de Amón. Así pues, tendremos que buscar explicaciones alternativas a este problema.
Lo primero que tenemos que plantearnos es una cuestión que salta a la vista: ¿estaba prohibido por la clase sacerdotal difundir los secretos astronómicos? Esta pregunta, que podría ser interpretada como algo absurdo, es algo que los investigadores cada vez apoyan con más decisión.


El misterio de la observación


Poco es lo que sabemos del método de observación astronómica empleado por los egipcios. Como en tantas cosas de esta milenaria civilización, nos debemos ajustar a las suposiciones planteadas por algunos especialistas.
El conocimiento y seguimiento de las estrellas se realizaba de noche. Se conservan varias listas de estrellas que señalan la posición de cada una de ellas a lo largo de las doce horas de la noche, junto con el movimiento de los planetas conocidos. Pero en definitiva son pequeñas aportaciones que no acaban de echar toda la luz necesaria para poder conocer el verdadero legado astronómico de los antiguos egipcios, toda vez que, además, este campo de estudio fue tan importante para la civilización del Valle del Nilo.
¿Por qué Nakht se negó a transmitirnos sus métodos de conocimiento sobre los cielos del antiguo Egipto?

(c) 2016

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