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En busca de la tumba de Alejandro
Nacho Ares
Publicado en Año Cero y presentado aquí en homenaje
a mi buen amigo Juan Antonio Cebrián
Hace 25 siglos el mundo entero se rindió a sus pies. Con apenas 20 años, Alejandro Magno conquisto todos y cada uno de los grandes imperios de la Antigüedad. En la actualidad, la ubicación de la tumba de este coloso de la Historia sigue sumergida en las brumas del misterio; aliciente que ha motivado a un gran número de arqueólogos a buscar su magnífico sepulcro, aunque todavía ninguno de ellos ha tenido éxito.

“Alá maak ya habibi”, le
dije en señal de despedida a mi improvisado guía Ahmed, el
joven que amablemente me había señalado la ubicación
de la mezquita de Nebi Daniel, en pleno corazón de la zona antigua
de Alejandría. Una “cita con mi mujer” me había
servido de excusa para deshacerme de forma cordial de este espontáneo
que ya amenazaba con toda clase de halagos a pegárseme durante el
resto del día y mostrarme los rincones más fascinantes de
esta ciudad mediterránea.
La mezquita de Nebi Daniel es un lugar singular que no queda a más
de 15 minutos del museo grecorromano de Alejandría. Este diminuto
edificio se levanta en la calle que tiene el mismo nombre que la mezquita,
una de las arterias principales de la ciudad, siempre plagada de los populares
taxis amarillos y negros. Sorteando toda clase de puestos callejeros de
prensa y coranes, incrustada en un pequeño callejón, allí
se encuentra la mezquita de Nebi Daniel. Bajo su verde suelo sagrado se
halla la modesta tumba del profeta Daniel, personaje que nada tiene que
ver con el profeta bíblico del Antiguo Testamento. Pero si por algo
es famosa esta mezquita en el mundo de la Egiptología es por la extendida
creencia de que en algún lugar de las enrevesadas galerías
que recorren su subsuelo se encuentra una de las tumbas más buscadas
de la Antigüedad: la de Alejandro Magno (356-323 a. C.).
Una
historia llena de prodigios
Hijo de Filipo II de Macedonia y de su esposa Olimpia, educado por el filósofo
Aristóteles, Alejandro Magno continuó con éxito a la
muerte de su padre el proyecto de Estado que le llevaría en muy pocos
años a ser el dueño y señor de todo el mundo conocido
de la Antigüedad. Muerto a la temprana edad de 33 años, y convertido
casi en un dios vivo por sus seguidores, siguió protagonizando hechos
extraordinarios inmediatamente después de abandonar este mundo. Según
relata el autor latino Quinto Curcio Rufo del siglo I de nuestra Era, en
su Historia de Alejandro Magno, el cuerpo del emperador macedonio permaneció
insepulto durante un mes, no presentando por ello síntoma alguno
de descomposición. En el libro también se dice que el cuerpo
fue embalsamado, envuelto en miel según algunos testigos, y llevado
en un carro de 46 mulas hasta Grecia. Uno de los generales más destacados
del ejército de Alejandro, Ptolomeo, heredero de Egipto, capturó
el cuerpo y lo enterró en Menfis mientras le preparaba una tumba
espectacular en Alejandría. No en vano, el joven emperador tenía
especial predilección por esta importante ciudad que él mismo
mandaría construir sobre un antiguo foco urbano llamado Racotis.
Sin embargo, con este extraño periplo, se contravenía el deseo
del propio Alejandro, que era ser enterrado en el oasis de Siwa junto al
oráculo de Amón - en el desierto libio de Egipto -, divinidad
que le declaró faraón de la tierra de los faraones nueve años
antes de morir.
A su paso por Menfis, la procesión que trasladaba el cuerpo embalsamado
de Alejandro en el interior de un sarcófago de mármol, hoy
conservado en el museo de Topkapi de Estambul, se detuvo por extrañas
circunstancias. El nuevo soberano de Egipto, ahora Ptolomeo I, colocó
el cadáver en un sarcófago mucho más lujoso, esta vez
de oro, trasladándolo a un recinto cercano a los palacios de la por
entonces capital de Egipto, Alejandría. Más tarde, con el
fin de paliar la grave crisis económica que sufría el país,
se volvió a cambiar de sarcófago, introduciendo el cadáver
de Alejandro en esta ocasión en una urna de cristal. Posteriormente,
la reina Cleopatra VII (69-30 a. de C.) saqueará las tumbas reales
del palacio en donde se encontraba el cuerpo del glorioso emperador, perdiéndose
la pista de su ubicación exacta para siempre.
En busca de Alejandro
Poco más es lo que sabemos de los momentos que sucedieron a la muerte
de Alejandro y, especialmente, a lo que ocurrió después con
su cadáver. En este sentido, las hipótesis son muy numerosas
y todas ellas, más o menos, están basadas en el hallazgo de
algún tipo de prueba histórica ya sea un documento o un resto
arqueológico. Por ejemplo, el helenista E. Brecia opina que la momia
se encuentra en una tumba subterránea sobre la que se construyó
un magnífico templo con pórtico, erigido para la devoción
del ka de Alejandro Magno, tal y como tradicionalmente se llevaba a cabo
con los faraones egipcios. Al parecer, siempre según Brescia, esta
tumba desapareció a finales del siglo III d. de C. por razones hoy
desconocidas, aunque los investigadores se inclinan ante la posibilidad
de un terremoto o las guerras intestinas entre cristianos y egipcios.
Sin embargo, la tradición oral señala que el cuerpo de Alejandro
está enterrado en el llamado Kom el Demas - ciernas en árabe
significa “cuerpo” -. Y precisamente es en este lugar en donde
se encuentra la mezquita del profeta Daniel, una de nuestras visitas obligadas
en la mítica ciudad de Alejandría. Posiblemente, no falte
razón a esta tradición local. La mezquita de Nebi Daniel se
encuentra a muy pocos metros del teatro romano y del resto del centro urbano
de la antigua ciudad de Alejandría. Tras el resbalón arqueológico
de Siwa, en donde una expedición griega dirigida por la arqueóloga
Leana Souvaltzis pretendió haber encontrado la tumba de Alejandro
Magno hace tres años, la última morada de este emperador sigue
siendo hoy un enigma de la arqueología.
La tradición local que identifica la mezquita de Nebi Daniel con
el mismo lugar en el que algún día se abergó la tumba
de Alejandro Magno son muy antiguas. Ya en el siglo XI un viajero hablaba
de este lugar del barrio antiguo de Alejandría como la mezquita del
“profeta con cuernos”. Para muchos este detalle está
haciendo una alusión muy clara a la corona de cuernos que portaba
Alejandro como rey identificado con Amón; el mismo dios que en el
oasis de Siwa le dio en persona el trono de Egipto, liberando al pueblo
del Nilo de la opresión persa.
En esta misma época y durante el resto de la Edad Media la tradición
egipcia vinculaba este lugar con el mismo en donde se había enterrado
al profeta Daniel y además en donde reposaba el rey y profeta Iskander,
es decir, “Alejandro”.
Misteriosos túneles
Bajo el suelo sagrado de la mezquita surge una plétora de misteriosos
e interminables pasillos con recovecos y galerías capaces de estremecer
al más valiente buscador de tesoros. Esta es la razón por
la que quizás nunca se han investigado a fondo. Si al consabido problema
religioso que conlleva la excavación de cualquier mezquita le añadimos
que estas galerías se extienden por los subterráneos de toda
la ciudad, al final, la tumba de Alejandro puede encontrarse en cualquier
sitio. Hace pocos años, mientras se realizaban los sondeos para la
construcción de una nueva carretera que atravesara el núcleo
antiguo de la ciudad, el equipo del arqueólogo francés Jean
Yves Empereur, famoso por haber descubierto el famoso Faro o el palacio
de la reina Cleopatra en la bahía de Alejandría, se topó
en esta ocasión con un enrevesado tiralíneas de túneles.
Su función parecía a primera vista bastante clara. No era
más que una pequeña parte de la vieja necrópolis tardorromana
de la ciudad. Cientos de tumbas discurrían pegadas a la pared a la
espera de ser descubiertas.
Túneles como estos son los que han despertado la imaginación
de los habitantes de la ciudad, quienes han hecho de ellos lo protagonistas
de historias increíbles. Por ejemplo, se cuenta la historia de una
prometida gorda que durante la procesión de su boda, su excesivo
peso le hizo caer en un agujero que iba a dar a uno de estos misteriosos
túneles. Curiosamente, la mujer desapareció para siempre,
a pesar de los intentos de los invitados por buscarla en los laberínticos
vericuetos de los subterráneos alejandrinos.
Otras historias sobre estas galerías están más relacionadas
con la propia tumba de Alejandro y la mezquita de Nebi Daniel. Por ejemplo,
en el año 1850 un empleado del consulado ruso en Egipto, durante
una visita a la ciudad de Alejandría, y tentado por la curiosidad
que había despertado en él las historias que se contaban sobre
los misteriosos túneles que discurrían bajo la mezquita de
Nebi Daniel, decidió bajar un día para descubrir qué
había de cierto en todo aquello. Tras descender por los escalones
de la vieja escalera de madera, lo primero que vio iluminado por la llama
de su antorcha fue el sarcófago que contenía los restos del
profeta Nebi Daniel, un modesto aunque enorme ataúd cubierto por
un hermoso mantel blanco. Iluminado por la anaranjada luz de su antorcha
comenzó a caminar por los estrechos y bajos pasadizos que partían
del subsuelo de la mezquita.
Cuando salió, el funcionario del consulado dijo haber visto en el
interior una apertura de piedra sobre una pared de los misteriosos túneles
que acababa de explorar. A través de ella, se podía ver un
rico ataúd de cristal que contenía en su interior un cuerpo
humano con una diadema en la cabeza. Alrededor también podían
observarse varios fragmentos de viejos papiros. La verdad es que esta descripción
encaja bastante bien con los testimonios de los últimos testigos
de la tumba de Alejandro Magno. Sin embargo, todos los investigadores que
han seguido de cerca este enigma histórico están de acuerdo
en reconocer que probablemente el diplomático ruso mintió.
Desde entonces, ya ha pasado casi un siglo y medio, el aspecto del interior
de la mezquita y de la tumba del profeta no han cambiado en absoluto. Y
lo más interesante de todo, es que cualquiera que descienda por la
escalera verde que lleva a la tumba, puede descubrir al final de la estancia
el comienzo del enrevesado laberinto de túneles en los que, supuestamente,
el diplomático descubrió la tumba de Alejandro.
Este testimonio no es único. Precisamente, el mismo año en
que el diplomático ruso relató su increíble historia,
1850, el griego Ambrosios Schilizzi dijo haber visto en una prospección
realizada a través de una grieta el sarcófago del emperador
macedonio.
Uno de los últimos intentos de excavación en este mismo lugar
fue solicitado por Howard Carter, el mismo arqueólogo británico
que descubrió en 1922 la fabulosa tumba del rey Tutankhamón
en el Valle de lo Reyes. Sin embargo, como era de esperar, el permiso se
le denegó. Aunque abandonado de forma momentánea, la mezquita
de Nebi Daniel sigue siendo el punto más caliente para la búsqueda
de la tumba de Alejandro. Quizás las nuevas tecnologías de
prospección, que apenas requieren el empleo del pico y de la pala
para descubrir cámaras y tesoros, puedan una respuesta definitiva
al enigma que rodea a este extraordinario sepulcro.
La “tumba” de Siwa
En febrero de 1995 las páginas de cultura de todos los periódicos
giraron en torno a una misma noticia. Liana Souvaltzi, una arqueóloga
griega que llevaba excavando en el oasis de Siwa desde hacía cinco
años, acababa de descubrir la tumba de Alejandro Magno. Sin embargo,
nada más conocerse la noticia una delegación griega viajó
al lugar, negando la existencia de tan anhelado hallazgo. El mismo febrero
el ministro de cultura griego Thanos Mikrutsikos declaró en Atenas
siguiendo las indicaciones de Haralambos Kritzas y Yanis Tsedakis (dos arqueólogos
que se acercaron a ver la excavación de Siwa) afirmaron que los tres
fragmentos de texto que aparecieron en la tumba de Siwa pertenecían
a una placa y que no se mencionaba por ningún lado ni a Alejandro
Magno ni a su sucesor Ptolomeo. Además la datación parecía
ser del siglo II d. C., no del IV a. C. Además la directora museo
Salónica, Maria Tsbidu añadió que no se trataba ni
siquiera de una tumba de época macedonia y que ella prefería
llamarlo monumento.
La excavación se abandonó en 1997, cuando el Servicio de Antigüedades
de Egipto confirmara definitivamente que aquel lugar no era la tumba de
Alejandro. Sin embargo, la arqueóloga griega Liana Souvaltzi seguía
en sus trece, defendiendo que bajo los 6 metros de agua que cegaban la tumba
se encontraba realmente la tumba de Alejandro. Circunstancia que provocó
que desde entonces se la tachara de “mujer visionaria y camelera”.
© Nacho Ares 2007