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Estudios de ADN en momias reales egipcias
Nacho Ares
Publicado en monográfico "Momias" Más Allá en el año 2004.

Desde que se descubrieron a finales del siglo XIX los dos escondites reales de momias de la región tebana, el de Deir el Bahari y el del Valle de los Reyes, los egiptólogos han manifestado sus dudas sobre la verdadera identidad de los cuerpos. ¿Eran realmente esos reyes quienes decían ser las inscripciones recogidas en sus ataúdes? Y si es así, ¿por qué existen tantas contradicciones tipológicas, anatómicas y epigráficas?
Cuando uno visita la sala 52 del Museo Egipcio de El Cairo y acerca su rostro al de Ramsés II o al de Merneptah, faraones de la XIX dinastía, siente un extraño cosquilleo al contemplar de cerca a estos importantes protagonistas de la historia de Egipto. Y, seguramente, no es más que simple sugestión. Las últimas investigaciones parecen señalar que nadie es quien dice ser. Los estudios anatómicoforenses y de ADN que se han realizado en los últimos años no dejan lugar a dudas. La única momia que parece ser quien se dice que es, es la de Tutmosis III, el resto de reyes están, literalmente, "descolocados". La clave de toda esta investigación reside un hecho crucial, la extracción y análisis del ADN de cada uno de los cuerpos.
Buscando respuestas
En los últimos años uno de los
grandes proyectos que se están llevando a cabo en el Museo de El
Cairo está directamente relacionado con el ADN. Se trata de realizar
un estudio como nunca se ha hecho hasta entonces, para obtener el ADN de
las veintiocho momias reales que se conservan en este museo.
En cierta ocasión, el doctor Nasry Iskander, director de las momias
del Museo Egipcio de El Cairo, me comentaba que si alguien se hubiera planteado
hace pocos años la posibilidad de trabajar con el ADN antiguo de
las momias, seguro que le hubieran tomado por loco. Parecía algo
increíble. Si los análisis de los grupos sanguíneos
ya parecían algo de ciencia ficción, hablar de ADN era todo
un sueño.
La razón de formalizar un proyecto científico en el que se
trabajara con el ADN de las momias reales del Museo de El Cairo era, precisamente,
buscar una salida definitiva al problema de la identificación de
los cuerpos que ha existido desde siempre. "En 1898 se descubrió
el segundo escondrijo de momias reales —me confesaba el Dr. Iskander—.
Precisamente en el estudio de estos cuerpos estamos trabajando ahora. En
este escondrijo apareció, junto a otras nueve momias reales, la del
faraón Amenofis III, cuyo cuerpo ha sido identificado por algunos
forenses con el de Amenofis IV, Akhenatón, gracias a una serie de
particularidades físicas. Por otra parte, en la tumba 55 del Valle
de los Reyes apareció en el año 1907 la momia del faraón
Semenkhare, también vinculada en un principio con la de Akhenatón.
Además tenemos en el museo una tercera momia, en esta ocasión
anónima, atribuida a este insólito rey. El problema se complica
cuando hacemos un estudio computerizado de una momia que los textos la datan
en la XVIII dinastía y el ordenador proporciona una fecha totalmente
diferente; nadie puede responder a este enigma. Puede que sea Amenofis III,
Amenofis IV o alguno de los hijos de aquél. En cualquier caso, no
tenemos ninguna seguridad, solamente posibilidades. Pero si conseguimos
el ADN, entonces sí que hay seguridad".
Un recibimiento regio
La historia de este increíble puzzle
comienza en la dinastía XXI (1000 a. C.). En aquel momento Egipto
pasaba una época de crisis en la que los saqueos de tumbas estaban
a la orden del día. Ésta es la razón por la cual los
sacerdotes de Tebas decidieron reagrupar las momias reales de sus gloriosos
ancestros en diferentes escondites seguros, a salvo de las manos de los
ladrones. Seguramente algunas de las momias fueron vueltas a vendar después
de haber sufrido el atropello de los saqueadores. Otras, sencillamente,
fueron trasladadas de su lugar de origen hasta un nuevo emplazamiento.
Sobre las tapas de los ataúdes de madera que cubrían los restos
de los faraones se inscribió el relato de lo sucedido, además
de los nombres de las momias. Sin embargo, lo que en un principio no debió
de suponer más que un simple trámite burocrático, una
simple mudanza de momias, debió de convertirse en un verdadero problema
para los sacerdotes. En algunas tapas podemos leer que se han escrito varios
nombres reales, tachando unos y escribiendo otros encima, de lo que se deduce
que, en un momento dado, los sacerdotes perdieron el horizonte de los cuerpos
y ya no sabían a cuál pertenecía cada uno de ellos.
A esto hay que añadir lo parecidos que eran algunos de los títulos
de varios reyes, lo que pudo llevar a confusión a los sacerdotes.
El más
importante de los escondites fue el de Deir el Bahari descubierto en 1881
cuando el Servicio de Antigüedades siguió la pista de una famosa
familia de ladrones de tumbas, los Abd er Rassul, después de descubrir
en el mercado negro de antigüedades de Luxor la presencia de piezas
de incalculable valor. En este escondite aparecieron las supuestas momias
de Amenofis I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II, Ramsés III,
etcétera, al igual que los cuerpos de importantes reinas.
Años más tarde, en 1898, el francés Victor Loret descubrió
en el Valle de los Reyes la tumba de Amenofis II en cuyas habitaciones estaban
las momias de reyes como Amenofis III, Tutmosis IV, Seti II o Siptah entre
otros, así como ataúdes y elementos del enterramiento de algunos
de los monarcas descubiertos en Deir el Bahari. En esta misma tumba, la
KV35, apareció la momia recientemente identificada por la Dra. Joann
Fletcher con la reina Nefertiti, la esposa de Akhenatón.
Jugando al ¿Quién es quién?
Pero las dudas nacieron en el mismo momento
de ser descubiertas las momias. Por ejemplo, Gaston Maspero, director del
Servicio de Antigüedades en aquellas fechas de finales del XIX, dedujo
que la momia que hoy se dice de Tutmosis I era realmente la del faraón
Pinedjem I. Su propuesta nacía del texto que cubría el ataúd
de madera en donde apareció la momia, en donde estaban los nombre
de los dos soberanos. Entonces, ¿de quién era esa momia? A
esto hay que añadir el hecho de que los brazos del supuesto Tutmosis
I estaban colocados a lo largo del cuerpo y no cruzados sobre el pecho,
tal y como sucede con todas las momias reales del Imperio Nuevo, momento
al que perteneció este monarca.
Años después, el médico forense Elliot Smith, un experto
del primer tercio del XX del estudio de momias egipcias, advirtió
las incongruencias anatómicas que existían entre las momias
adjudicadas a los ramésidas. Es el caso, por ejemplo de la momia
de Seti II de la dinastía XIX, cuyos rasgos nada tenían que
ver con sus supuestos parientes sino con los reyes de la dinastía
XVIII.
Diferentes posibilidades
Desde los primeros estudios comparativos anatómicoforenses
del año 1967 hasta los análisis de ADN de Scott Woodward,
todavía inéditos pero finalizados desde hace varios meses,
todos coinciden en un solo detalle. La única momia que parece ser
quien dice que es, además de la de Tutankhamón descubierta
en su tumba en 1922, es la de Tutmosis III, hallada en el escondite de Deir
el Bahari. El resto, sencillamente, no son quienes dicen ser.
Hasta la fecha la investigación publicada más importante es
la del profesor Edward F. Wente del Instituto Oriental de la Universidad
de Chicago (Estados Unidos). En el año 1995 sorprendió a todos
con la publicación de un trabajo serio en el que comparaba las radiografías
de las momias reales del Museo Egipcio de El Cairo tomadas por el Dr. James
E. Harris a finales de los 60.
El primer hecho que llamó la atención del Dr. Wente fue que
la edad de las momias no se correspondía con la de los reyes según
los documentos históricos. Por otro lado, la base de los estudios
del profesor de Chicago estaba basada en la cefalometría de las momias,
es decir, las medidas y proporciones de los cráneos que siempre guardan
ciertas similitudes de padres a hijos. En este sentido, la historia nos
dice que en un momento de la XVIII dinastía, por ejemplo, la sucesión
de reyes fue Tutmosis III, Amenofis II, Tutmosis IV, Amenofis III y Akhenatón.
Sin embargo, la cefalometría de las momias nos dice que tuvo que
ser Tutmosis III, Tutmosis IV, Amenofis II y Amenofis III. Lógicamente,
como reconoce el propio Dr. Wente, hay algo que está mal y no es
precisamente la sucesión histórica sino la identificación
de las momias.
En resumen, la verdadera identificación de algunas momias podría
ser como sigue. Tutmosis I es en realidad, Tutmosis II. El que hoy conocemos
como Tutmosis II es en realidad Seti II. Como hemos dicho, Tutmosis III
estaría bien identificado. Tutmosis IV sería seguramente Amenofis
II o bien el propio Tutmosis IV. Finalmente, la momia de Ay sería
Amenofis III. El resto son dudosas y cuentan con varias interpretaciones.
El último rey
Por supuesto que, como se podrá imaginar, la parafernalia que se levantó a finales de 2003 con la llegada a El Cairo de la momia de Ramsés I, encontrada en el escondite de Deir el Bahari en 1881 y que abandonó el país en circunstancias no aclaradas para a aparecer décadas después en un pequeño museo de Canadá, no es, ni de lejos, la momia de este faraón.
Son
muchos los que se preguntan por qué el gobierno egipcio es tan reticente
a la publicación de los análisis de ADN de las momias reales,
investigación que ya ha finalizado. No tiene sentido intuir problemas
religiosos en relación al rechazo de la cultura musulmana a tocar
los muertos, ya que el trabajo con momias en Egipto siempre ha estado a
la orden del día y lo sigue estando. Tampoco tiene lógica
pensar en cierto miedo de las autoridades locales a reconocer el error en
la identificación de los reyes. Nadie está diciendo que no
se cuente con los grandes faraones. Ellos están ahí. Solamente
hay que cambiar algunas etiquetas de lugar. Nada más.
Es bastante triste que siempre se argumenten decisiones políticas
y que investigadores de la talla de Scott Woodward tenga que lanzar los
resultados de sus investigaciones en forma de píldoras codificadas
en series de televisión.
En cualquier caso, la respuesta a todo este enigma médico e histórico
la podríamos encontrar en el hallazgo de un tercer escondite de momias
reales. Si hacemos caso de los resultados extraídos del análisis
de las momias conocidas y su reubicación, en este nuevo escondite
deben de estar los restos de los soberanos con los que aún no contamos.
Es el caso de reyes tan importantes como Ahmose I, la célebre reina
Hatshepsut, Amenofis III, Amenofis IV (Akhenatón), Ramsés
I, o la no menos inquietante reina Nefertari, la esposa principal de Ramsés
II.
Cómo dar con la clave
El ADN es el ácido desoxirribonucleico,
material genético de todos los organismos celulares y casi todos
los virus. En palabras más sencillas podríamos decir que es
una especie de clave de la vida. En 1973 la universidad estadounidense de
Philadelphia y dos años más tarde la de Manchester en Gran
Bretaña, comenzaron a emplear en sus trabajos con momias egipcias
la más alta tecnología. Pero el paso decisivo no se dio hasta
1983 cuando un equipo de médicos de la Universidad de Cambridge logró
extraer por primera vez el ADN del tejido rehidratado de una momia.
El proceso para la obtención de ADN de una momia es relativamente
sencillo. Únicamente se necesita extraer una diminuta porción
de tejido, empleando para ello unos guantes y una mascarilla con el fin
de evitar el error de mezclarlo con el ADN del propio experimentador. Como
medida añadida, suele tomarse una muestra del cabello de todos los
participantes en la investigación, ya sean científicos o los
simples obreros locales que extraen la momia del yacimiento arqueológico.
El resto del trabajo se lleva a cabo en el laboratorio. Allí el ADN
se coloca en un botecillo mezclado con un líquido especial. La solución
con el ADN antiguo se vierte en una compleja máquina que proporciona
un corriente eléctrica muy fuerte a este líquido gelatinoso,
provocando la aparición del ADN.
© Nacho Ares 2004